La pseudoespiritualidad (I)

A finales del siglo XX estábamos convencidos de que podíamos cambiar al hombre, de que la ciencia generaba necesariamente el progreso, no sólo técnico, sino también moral. Creíamos que la enseñanza era la clave de la evolución positiva de los individuos y de las sociedades.

 ¡Todo esto era tan sólo una ilusión, un puro espejismo, un autoengaño propio de soberbios! Hemos evolucionado, pero para peor; es decir, involucionado en lo sustantivo. Mucho progresismo en lo técnico y científico, pero cada vez más el mundo se halla a merced de truhanes, de tipos sin escrúpulos, que pretenden someterlo a capricho, esclavizarlo, y humillar al hombre hasta quitarle el nombre, la conciencia, la libertad, la dignidad, la trascendencia, lo que de elevado y magnificente tiene.

Pero que ese hombre anulado, sometido, reprimido y encorsetado romperá por algún lado, hará saltar las costuras, porque no podrá seguir viviendo así o, por mejor, decir siendo así, cuando todo su ser, su espíritu, diga aquí estoy yo.

La única esperanza del hombre es la espiritualidad. Pero no cualquier espiritualidad ni basada en sus propias fuerzas. Hay una sed profunda… La búsqueda religiosa del hombre de hoy es indudable. Como dijo Jünger: «Lo mítico vendrá sin lugar a dudas, se encuentra ya en camino». Ya hay los jóvenes han empezado a buscar de una manera nueva en las religiones, porque presienten que la insatisfacción de esta vida y que están perdiendo algo muy suyo, puro y superior…, el alma.

La Nueva Era (New Are), por ejemplo, supone, en gran parte, una reacción frente a la cultura contemporánea, de ideologías secularistas y materialistas. La búsqueda que con frecuencia conduce a una persona a la Nueva Era es un anhelo auténtico: de una espiritualidad más profunda, de algo que le toque el corazón, de un modo de hallar sentido a un mundo confuso y hasta alienante.

La Nueva Era no es propiamente un nuevo movimiento religioso, ni tampoco lo que normalmente se entiende en sentido estricto por culto o secta. Se trata, en el fondo de una cultura sincretista que incorpora muchos elementos diversos. Es una mezcla de ideologías, tradiciones y doctrinas religiosas: hinduismo, el budismo, yoga, creencias persas, caldeas, egipcias, druidas, el hermetismo renacentista, la alquimia medieval, el animismo, el panteísmo, la teosofía, el esoterismo, el ocultismo, la metafísica, el gnosticismo, espiritismo, terapias alternativas, psicología transpersonal, control mental, ecología radical, astrología, radiestesia, reiki, la cábala…

La Nueva Era enseña que el cosmos es la energía que nos da vida. Se considera a Dios como una «fuerza superior» inmanente, inherente a la creación, es la propia naturaleza, la energía cósmica. Dios no es persona ni el Creador ni el Ser Supremo. Todo es uno y dios. De modo que cada uno de nosotros somos dios. No hay distinciones últimas entre los diferentes seres que pueblan la tierra, incluidos los seres humanos. Los humanos transitamos por ciclos indefinidos de nacimiento, muerte y reencarnación a fin de sacarse de encima lo que se denomina el «karma malo». La Nueva Era no hace distinción entre el bien y el mal. Creer en la existencia del mal sólo podría crear temor y negatividad. La respuesta a la negatividad es el amor como actitud de la mente. El amor sería una energía, una vibración de alta frecuencia; el secreto de la felicidad y de la salud consistiría en vivir en armonía con todo lo que nos rodea,  en sintonizar con la gran cadena del ser.

En un próximo artículo, continuaremos profundizando en esta pseudorreligiosidad, que es una amalgama sincrética o una edificación de mampostería a base de todo tipo constructos ideológicos, metafísicos y falsas religiones, de un hombre enajenado, confuso, caótico, desesperado, roto, susceptible de ser manipulado o automanipulable por su inconsciencia bajo fuerzas ocultas y tenebrosas, a las que se expone a veces inconscientemente.

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