La necesidad de Dios

Hoy día en la generalidad de los individuos de occidente se “piensa” que se puede prescindir de Dios y vivir sin Él. Es decir, el ser humano puede perfectamente ser el mismo, sin necesidad de Dios, y hacer el bien sin su ayuda.

En la actualidad se halla en pleno apogeo, y aún así, por desgracia amenaza ir a más; ya lo atisbó la lúcida María Zambrano, mediados del siglo pasado: Hace muy poco tiempo que el hombre cuenta su historia, examina su presente y proyecta su futuro sin contar con los dioses, con Dios, con alguna forma de manifestación de lo divino“. “En otro tiempo lo divino ha formado parte íntimamente de la vida humana. Mas claro está que esta intimidad no puede ser percibida desde la conciencia actual“.

Es un verdadero drama caer en el gravísimo error de no comprender hasta qué punto necesitamos de Dios  y descartarle de nuestras vidas.  Pues, como dijera san Ireneo de Lyon, “si Dios faltara completa­mente al hombre, el hombre dejaría de existir”. La causa de nuestra miseria es querer ser hombre -ser humano, persona humana- sin Dios. Lo cual es imposible; Dios es la base constitutiva del ser humano, y sin Dios nada de lo personal humano se sostiene, su espíritu forjado con la impronta de personal divina.

Y si la des deshumanización no se manifiesta explicita y contundentemente en un mundo que incrementa el ateísmo es porque Dios no abandona al hombre; de lo contrario, el mundo se convertiría en un infierno, y nos destruiríamos en poco tiempo. Aunque el hombre niegue a Dios, Dios no se niega al hombre; aunque le cueste “sangre, sudor y lagrimas”, como le sucedió en la pasión de su Hijo. Pero existe el riego de una progresiva deshumanización…; ya en Occidente se detectan señales alarmantes. Este mundo, en su soberbia e ignorancia, prescinde de Dios, como si no necesitara ser salvado del peligro de ese alejamiento mortal.

No obstante, hay quien piensa que para ayudar a un ciego a cruzar la calle no necesita la gracia de Jesucristo ni de la ayuda divina. Hay muchas personas que no tienen fe, pero que son, desde el punto de vista moral, afectivo o caritativo, iguales o mejores que los creyentes: en bondad, en abnegación, en honradez o en el ejercicio de las virtudes sociales y familiares. Sin duda; pero Dios sigue íntima, secreta, místicamente dotando a cada persona humana su sabia vital dispensadora de amor, que es gracia, presencia de Dios mismo en el espíritu de cada uno de sus “hijos”, a los que creó por amor, con amor y para que fueran como Él es: amor. Aunque no exista una fe explícita, si existe un consentimiento -inconsciente- a la voluntad de Dios siempre que se actúe con amor y bondad.

Como decía también Camus, el existencialista a última hora convertido: “Tan sólo conozco un problema para el hombre, cómo ser santo sin Dios”. Pretender ser perfectos por nosotros mismo es ignorar nuestra menesterosidad. La mentira de la serpiente consistió en insinuar a Adán que debía hacerse como Dios, precisamente por medio de su propia acción y decisión. Entonces, Adán rechazo la gracia divina y eligió la acción personal. Tratando de convertirse en dios, se quedó sin Dios.

Existe el paganismo virtuoso? No lo creo. El ateo o agnóstico virtuoso moderno no existe. ¿A quién proponen como ejemplo? ¿A Bertrand Russell, que iba persiguiendo a las mujeres de sus amigos? ¿A Bertold Brecht, que hablaba de los obreros pero gastaba en lujos? ¿A Picasso que era un déspota con su mujer? ¿A Marx que tuvo un hijo con su sirvienta y se lo endilgo a Engels? ¿A Rousseau que tuvo cinco hijos y los dejó en la inclusa? La experiencia demuestra que el hombre no puede ser virtuoso sin religión. Así lo afirmaba nuestro ilustre don Ramón y Cajal: “No hay virtud, sin religión”, o Jacinto Benavente: “Sin espíritu religioso no puede haber honradez”; lo que, más o menos, venía a afirmar Dostoievski, “si no hay Dios, todo es posible”. Todo lo que tiene relación con la moral remite en último término a la teología. Eliminado el sentimiento de Dios, desaparece el sentido de culpa, de responsabilidad, de tener que dar cuentas, y, a su vez, el deber de autocontención. Sin referencia a Dios es imposible mantener el verdadero sentido moral, o al menos, dudar de si vale la pena ser fiel a la ética. La razón proporciona deberes éticos, obligaciones morales, puede demostrar su racionalidad, pero no tiene capacidad, por sí  misma, de proporcionar motivaciones. “En este sentido, decía Haberlas, no puede haber motivaciones vinculantes al margen de Dios”.

Aún así, no deja ni dejará de existir quien dijera como decía el existencialista ateo Sastre, “aun en el caso de que Dios existiera, seguiría todo igual”.

Si Dios no existiera, nada seguiría igual, pues el hombre dejaría de ser. Pero Dios existe, y no se retira del ser humano, de cualquier ser humano, sea cual sea su circunstancia…, Dios sigue presente en él, insuflando su aliento, sosteniéndole como persona, hasta que muera. Dios sigue ahí, fiel,  con su imagen y semejanza, con su dinamismo de amor y bien. Aun en el ambiente más adverso, ignorante y sofocante, más allá de cualquier ser por perverso que parezca, puede encontrarse un corazón de hombre. Ningún pecado destruye del todo la bondad de la naturaleza, decía Santo Tomás de Aquino.

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