La liquidez del tiempo

Estos tiempos actuales son los de los seres humanos de la inconsistencia, el relativismo y la nihilidad. Seres humanos conformados a un fluir donde nada es estable ni hay verdad firme ni nada a qué confiarse. Sobre esa corriente —esa si— constante se deslizan los humanos  como barquillos, como meciéndonos plácidamente sobre el torbellino que se ha convertido el hecho de vivir. Peligrosamente.

Éste era el pensar del filósofo griego Heráclito, que vivió 500 a. C.: Todo fluye. Todo está en movimiento. Nada permanece. No nos podemos bañar dos veces en el mismo río.

La permanente movilidad que percibe Heráclito en todas las cosas se fundamenta en una contracción constante, advenediza según se suceden los acontecimientos. De modo que la vida se vuelve contradictoria, y el escepticismo domina el estar en ella y el relacionarse con la realidad.

Hoy a este capear con los contrarios -contradicciones- en uno mismo, y que antes y siempre se ha llamado hipocresía o fariseísmo, se dice eufemísticamente —y hasta bellamente— “cabalgar contradicciones”; pero esto mina interiormente. Al capricho, al cambio de criterio, según lo que más conviene e interesa en cada momento —en definitiva, al salirse con la suya y según el criterio egoísta de conducirse según plazca en cada instante sin ser fiel a nada ni a nadie ni a mí mismo, ni a bien moral, interior, ni a lo que más me realiza como persona-; a eso se apunta el ser humano actual.

Este ser sin certezas, sin verdades estables, en una liquidez y desorden constante, es lo que predomina en el pensamiento progre que lo devasta todo, hasta lo más permanente: la ley interior (la naturaleza y la conciencia). Todo está quedando arrasado: ya no hay principios éticos, a los que someterse, ni valores reales, a los que aspirar. Todo ha está quedando reducido a las leyes exteriores que dicte un estado, o en  su defecto, al propio gen egoísta que tienta —inclina— a pensar solo en sí mismo, sin ser fiel a nada ni a nadie, en un afán materialista de la felicidad y del sentido de la vida.

Sobre esto —este ser humano actual— nada serio se puede edificar. Ninguna palabra dada —o por dar— tiene valor, ninguna promesa resulta creíble, ningún compromiso nos hace responsable. Es el hundimiento de la confianza; sin la cual no se puede realmente vivir como personas.

Estamos sometidos al tiempo efímero, inasible y sin espesura. Estamos a merced de la olas… Sin esperanza ¿Qué será de nosotros?

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