Sobre el Cielo

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En el Evangelio Mc 12, 18-27, del día de hoy 3 de junio, Jesús, que conoce bien el Cielo, pues ha bajado de él, nos dice varias cosas: Su existencia, a la que resucitarán los muertos y en cuyo lugar tendremos una vida semejante a los ángeles. Es una respuesta a lo saduceos, “casta sociorreligiosa” judía que no creía en la resurrección de no muertos ni en la otra vida.

Evangelio según san Marcos 12, 18-27:

En aquel tiempo, fueron a ver a Jesús algunos de los saduceos, los cuales afirman que los muertos no resucitan, y le dijeron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si un hombre muere dejando a su viuda sin hijos, que la tome por mujer el hermano del que murió, para darle descendencia a su hermano. Había una vez siete hermanos, el primero de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo se casó con la viuda y murió también, sin dejar hijos; lo mismo el tercero. Los siete se casaron con ella y ninguno de ellos dejó descendencia. Por último, después de todos, murió también la mujer. El día de la resurrección, cuando resuciten de entre los muertos, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque fue mujer de los siete”.

Jesús les contestó: “Están en un error, porque no entienden las Escrituras ni el poder de Dios. Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni los hombres tendrán mujer ni las mujeres marido, sino que serán como los ángeles del cielo. Y en cuanto al hecho de que los muertos resucitan, ¿acaso no han leído en el libro de Moisés aquel pasaje de la zarza, en que Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Están, pues, muy equivocados”.

  • Precisa y tristemente, son aquellos –como los saduceos– que viven lujos (pero sin lujo, sin luz) los que niegan el Paraíso. ¡Ay, de aquellos miserables que pretenden arrebatar la esperanza a los que no tienen otra cosa en esta vida! Es de una refina crueldad el intento de despojar de la esperanza a los descartados, que nada les queda que esperar de este mundo. Pero la Escritura dice: “Los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros.” (Rom 8,18).
  • La esperanza es parte de la fe. Si ahora estamos en la perspectiva de cielo, en la esperanza, entonces “le amamos creyendo lo que veremos, pero entonces le amaremos viendo lo que hemos creído...” (san Agustín).
  • El cielo será el “lugar” donde un día se realizarán sobreabundantemente todas nuestras expectativas y esperanzas, tras pasar por un mundo distópico e imperfecto, bajo la amenaza y susceptible influencia del príncipe de este mundo.
  • El cielo será como encontrase en casa. Saber, sentir, que ese es el lugar de origen y de destino anhelado, nuestro “sitio natural». Estar  en presencia del Señor. “¡Lo veremos! ¡Lo veremos! ¿habéis pensado en ello, hermanos, alguna vez? ¡Veremos a Dios! Lo veremos sencillamente, lo veremos tal como es, cara a cara. Lo veremos…” (Cura de Ars). “Tu cara es mi única patria” (Santa Teresa de Lisieux)  Dios «será nuestro lugar» (San Agustin).
  • «Dios, que ha creado y da la vida a los hombres,… nos prometió a todos la inmortalidad; a nadie excluyó de sus beneficios celestiales.» (Unamuno).
  • El cielo será el banquete eucarístico perpetuo, al que todos, sin exclusión, estamos invitados.
  • El cielo será como un éxtasis contemplativo de amor fraterno, de comunión de los santos, Cuerpo místico de Cristo,, en el seno de Dios Padre.
  • También serán participes de esa comunión los ángeles: querubines, serafines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles.
  • Tengamos en cuenta lo que Jesús dijo, sobre el lugar del cielo, hablando de que muchas estancias… (cf. Juan 14,1-6.) y también del lugar en el Reino de los cielos en que Dios Padre será quien asigne el lugar a cada cual. Valga el símil, aunque la gloria será para todos, todos santos, unos según el grado de santidad así se estará repartido el lugar: los más grandes santos, los niños, los mártires, estará en zonas privilegiadas, como si fuera un teatro, en los palcos; los demás, pecadores todos, en graduación, estaremos en el patio de bocatas, desde las primeras filas hasta las últimas. Todo relación será superada hasta niveles desconocidos, animada por el amor trinitario o reinado divino. 
  • El cielo será para hacernos una análoga pero imperfecta idea como decir ¡Ojalá, no se acabe nunca! El cielo será como un constante hacer todas las cosas nuevas, como aquella vez que vivimos algo maravillo por primera vez, y así por siempre. Olivier Clément dice que allí viviremos el «Milagro de la primera vez: la primera vez que sentiste que ese hombre sería tu amigo; la primera vez que oíste tocar, cuando niño, aquella música que te marcó; la primera vez que tu hijo te sonrió; la primera vez… Después uno se acostumbra. Pero la eternidad es desacostumbrarse».
  • “Carisimos, ahora somos hijos de Dios, aunque aun no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es.” (1 Jn 3,2). El cielo es el lugar donde seremos completos, beatos (colmados), colmados en perfección, plenitud, felicidad y santidad. No echaremos nada de menos. Sólo en el cielo seremos hombres tal como Dios nos quiso desde toda la eternidad, como imagen y semejanza perfecta de Él (Gen 1,26), del Hijo hecho Hombre. Decían Blas Pascal: “El hombre supera infinitamente al hombre”, san Ignacio de Antioquía: “Cuando llegue allá (al cielo), entonces seré hombre”  y  san Agustin : “El séptimo día (el del descanso) seremos nosotros mismos”. “Ahora conozco de un modo imperfecto, pero entonces conoceré como soy conocido” (2 Cor 13,12) (=me conoceré, pues de alguna manera me resulto ser un desconocido, hasta que me ve a la luz de la Luz.
  • No habrá lugar al aburrimiento posible, pues el amor será infinito.
  • En fin, que el Reino de los Cielos es el lugar de las sorpresas, de las inimaginables y maravillosas sorpresas: “Ni ojo vio, ni oreja oyó, ni pasó a hombre por pensamiento las cosas que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman.” (I Cor 2, 9). Al cielo sólo se entra con Dios dentro. “Alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo» (Lc 10,20b), cual hermanos de Cristo e hijos de Dios. “Entonces los justos brillaran como el sol en el reino de su Padre.” (Mt 13,43).

 

Recogemos estas líneas de Leonardo Boff de su libro “Hablemos de la otra vida[1]:

Se le concede la posibilidad de ser totalmente él, en la plenitud de los dinamismos ocultos dentro de su ser. El nudo de relaciones en todas las direcciones puede ahora actuar libremente, porque con la muerte han cesado todas las limitaciones de nuestro ser-biológico-en-el-mundo. 42

La inteligencia, que en la tierra se siente devorada por una sed insaciable de ver y conocer a la vez que se experimenta constantemente como limitada alcanzando apenas la superficie de las cosas, puede ahora celebrar la embriaguez de su plena luz desvinculada de cualquier tipo de obstáculo. Todo está ahí, visto a partir de su núcleo, en la patencia del corazón de las cosas y del cosmos. 43

El cuerpo, al morir, ya no se experimenta como una barrera que nos separa de los demás y de Dios, sino como la radical expresión de nuestra comunicación con las cosas y con la globalidad del cosmos. El pleno desarrollo del hombre interior ya no conoce límites ahora. Comenzó en forma germinal; puedo florecer, y ahora se abre a la primavera que nunca acaba. “Al morir, decía Franklin, acabamos de nacer”. 43

Las decisiones tomadas a lo largo de la vida pesan en la decisión final porque le fueron dando una orientación al hombre-espíritu, creándole hábitos (una segunda naturaleza). La decisión en la hora de la muerte no es una decisión inicial sino una decisión final: en ella se compendia y se expresa, en un último acto, toda la historia de las decisiones tomadas con anterioridad. 56

 La decisión final es la afloración de lo que el hombre sembró y permitió que creciera durante su vida. Las opciones parciales son una preparación y educación para la decisión última. 56

Normalmente sucederá que el hombre, al morir, se abrirá o cerrará totalmente hacia los mismos a que se abrió o cerró en vida.

Ante el cielo deberíamos callar. Estamos ante la absoluta realización humana.

Todo cuanto el hombre soñó, todo lo que sus utopías le proyectaron, todo lo que estaba escondido en su naturaleza y que se retorcía por salir a la luz, ahora aborta y florece. El «Homo absconditues» emerge a fin totalmente como «homo revelatus». 73

“Lo que nunca ojo vio ni oído oyó, ni jamás penetró en el corazón del hombre, es lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Cor 2,9).

El cielo realiza al hombre en todas sus dimensiones: la dimensión orientada al mundo en cuanto presencia e intimidad fraterna con todas las cosas, la dimensión orientada al otro en cuanto comunión y hermanación perfecta, y la dimensión orientada a Dios en cuanto unión filial y acceso definitivo a un encuentro último con el amor. 75

La vida es dialéctica: la violencia campea al lado de la bondad, el amor se ve amenazado por el odio y por la envidia, nuestra comprensión de las cosas y de los hombres es opaca y se extravía en exterioridades. El bien y el mal son ingredientes de toda situación y nunca pueden ser vencidos radicalmente. 75

 «Cuando llegue allá (al cielo), entonces seré hombre» (San Ignacio de Antioquía +107, «A los Romanos», 6,2). Sólo en el cielo seremos hombres tal como Dios nos quiso desde toda la eternidad, como imagen y semejanza perfecta de él (Gen 1,26). 76

La vista puede volverse tan aguda que gracias a ella podemos captar el alma de las personas, sus sentimientos y secretos. 79

El cielo es la total realización de los posibilidades de ver, no la superficie de las coas, sino su corazón. (…) Es la patria y el hogar de la identidad en donde todas las cosas se encuentran consigo mismas en su última profundidad y realización. 79

No se debe contraponer el cielo a este mundo. Hay que contemplarlo como plenitud de este mundo, libre ya de todo cuanto lo limita y hiere, lo divide y ata. 79

En su condición terrena el hombre no puede ver a Dios (cfr. Ex 33,20). Sólo por la fe ve sus signo en el mundo. En el cielo veremos a Dios a rostro descubierto (2 Cor 3,18). No debemos imaginar ese ver a Dios estáticamente; no son los ojos los que ven más en le hombre. Ver supone conocer, sentir y manifestarse inmediatamente sin ningún tipo de mediación despersonalizadora. Ver es amar en profundidad. «Cuando te digo que te quiero ver, entiendes que te amo muchísimo».

 Cuando el hijo distante regresa a su patria, va a ver a u madre. No la ve escrutador; la ve amando. Está es la casa mantener, en la atmósfera en la que todas las cosas se reconcilian. 81

“Le será entregado el poder y recibirá en galardón el lucero de la mañana” (Ap ,26)

Dios no aumentará, pero sí la participación de la creatura en Dios. Dios es un misterio infinito  y no un enigma que se disuelve uan vez conocida. El hombre penetra cada vez más en el misterio de Dios; se le va revelando en infinitas facetas, maravillando al hombre con su novedad y sorpresa; y eso, por toda la eternidad. 89

“Allí descansaremos y veremos. Veremos y amaremos. Amaremos y alabaremos. Esta es la esencia del fin sin fin. Pues ¿qué fin puede ser más nuestro que el llegar al reino que no tendrá fin?” (San Agustín, De civ. Dei, 30,5) 89

El cielo no es el fruto de especulaciones difíciles para la inteligencia y para la fantasía. Es la potenciación de lo que ya experimentamos en la tierra. Cada vez que en la tierra hacemos la experiencia del bien, d la felicidad, de la amistad, de la paz y del amor, ya estamos viviendo, de forma  precaria pero real la realidad del cielo. En la vida se dan momentos de profunda tranquilidad y transparencia. Sentimos el mundo en una última reconciliación y con un sentido acogedor. Cuando acontecen, hemos experimentado dentro de la tierra el germen de lo que es el cielo. Cada vez que experimentamos algo profundamente humano hacemos simultáneamente la experiencia de lo limitado. 90

Como decía magníficamente la Carta a Diogneto, al rededor del año 190 de nuestra era: «Los cristianos viven en su propias patrias, pero como forasteros; cumplen con todos sus deberes de ciudadanos y soportan todo como extranjeros. Toda tierra extranjera es para ellos una patria y toda patria un tierra extranjera… Están en la carne pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Es tan noble el puesto que Dios les destinó que no les está permitido desertar». 128

(Gaudiún et Spes) Aquí se enseña con claridad que el fin del mundo no es una catástrofe sino una plenitud. 137

 

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Palabras del papa Juan Pablo II

(Audiencia, 18 de noviembre de 1981)

La resurrección de los cuerpos según las palabras de Jesús a los saduceos

  1. «Estáis en un error, y ni conocéis las Escrituras ni el poder de Dios» (Mt22, 29); así dijo Cristo a los saduceos, los cuales —al rechazar la fe en la resurrección futura de los cuerpos— le habían expuesto el siguiente caso: «Había entre nosotros siete hermanos; y casado el primero, murió sin descendencia, y dejó la mujer a su hermano (según la ley mosaica del «levirato»); igualmente el segundo y el tercero, hasta los siete. Después de todos murió la mujer. Pues en la resurrección, ¿de cuál de los siete será la mujer?» (Mt22, 25-28).

Cristo replica a los saduceos afirmando, al comienzo y al final de su respuesta, que están en un gran error, no conociendo ni las Escrituras ni el poder de Dios (cf. Mc 12, 24; Mt 22, 29). Puesto que la conversación con los saduceos la refieren los tres Evangelios sinópticos, confrontemos brevemente los relativos textos.

  1. La versión de Mateo (22, 24-30), aunque no haga referencia a la zarza, concuerda casi totalmente con la de Marcos (12, 18-25). Las dos versiones contienen dos elementos esenciales: 1) la enunciación sobre la resurrección futura de los cuerpos; 2) la enunciación sobre el estado de los cuerpos de los hombres resucitados[1]. Estos dos elementos se encuentran también en Lucas (20, 27-36)[2]. El primer elemento, concerniente a la resurrección futura de los cuerpos, está unido, especialmente en Mateo y en Marcos, con las palabras dirigidas a los saduceos, según las cuales, ellos no conocían «ni las Escrituras ni el poder de Dios». Esta afirmación merece una atención particular, porque precisamente en ella Cristo puntualiza las bases mismas de la fe en la resurrección, a la que había hecho referencia al responder a la cuestión planteada por los saduceos con el ejemplo concreto de la ley mosaica del levirato.
  2. Sin duda, los saduceos tratan la cuestión de la resurrección como un tipo de teoría o de hipótesis, susceptible de superación [3]. Jesús les demuestra primero un error de método: no conocen las Escrituras;y luego, un error de fondo: no aceptan lo que está revelado en las Escrituras —no conocen el poder de Dios—, no creen en Aquel que se reveló a Moisés en la zarza ardiente. Se trata de una respuesta muy significativa y muy precisa. Cristo se encuentra aquí con hombres que se consideran expertos y competentes intérpretes de las Escrituras. A estos hombres —esto es, a los saduceos— les responde Jesús que el solo conocimiento literal de la Escritura no basta. Efectivamente, la Escritura es, sobre todo, un medio para conocer el poder de Dios vivo, que se revela en ella a sí mismo, igual que se reveló a Moisés en la zarza. En esta revelación El se ha llamado a sí mismo «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y de Jacob»[4], de aquellos, pues, que habían sido los padres de Moisés en la fe, que brota de la revelación del Dios viviente. Todos ellos han muerto ya hace mucho tiempo; sin embargo, Cristo completa la referencia a ellos con la afirmación de que Dios «no es Dios de muertos, sino de vivos». Esta afirmación-clave, en la que Cristo interpreta las palabras dirigidas a Moisés desde la zarza ardiente, sólo pueden ser comprendidas si se admite la realidad de una vida, a la que la muerte no pone fin. Los padres de Moisés en la fe, Abraham, Isaac y Jacob, para Dios son personas vivientes (cf. Lc20, 38: «porque para El todos viven»), aunque, según los criterios humanos, haya que contarlos entre los muertos. Interpretar correctamente la Escritura, y en particular estas palabras de Dios, quiere decir conocer y acoger con la fe el poder del Dador de la vida, el cual no está atado por la ley de la muerte, dominadora en la historia terrena del hombre.
  3. Parece que de este modo hay que interpretar la respuesta de Cristo sobre la posibilidad de la resurrección [5], dada a los saduceos, según la versión de los tres sinópticos. Llegará el momento en que Cristo dé la respuesta, sobre esta materia, con la propia resurrección; sin embargo, por ahora se remite al testimonio del Antiguo Testamento, demostrando cómo se descubre allí la verdad sobre la inmortalidad y sobre la resurrección. Es preciso hacerlo no deteniéndose solamente en el sonido de las palabras, sino remontándose también al poder de Dios, que se revela en esas palabras. La alusión a Abraham, Isaac y Jacob en aquella teofanía concedida a Moisés, que leemos en el libro del Éxodo (3, 2-6), constituye un testimonio que Dios vivo da de aquellos que viven «para El»; de aquellos que gracias a su poder tienen vida, aún cuando, quedándose en las dimensiones de la historia, sería preciso contarlos, desde hace mucho tiempo, entre los muertos.
  4. El significado pleno de este testimonio, al que Jesús se refiere en su conversación con los saduceos, se podría entender (siempre sólo a la luz del Antiguo Testamento) del modo siguiente: Aquel que es —Aquel que vive y que es la Vida— constituye la fuente inagotable de la existencia y de la vida, tal como se reveló al «principio», en el Génesis (cf. Gén1-3). Aunque, a causa del pecado, la muerte corporal se haya convertido en la suerte del hombre (cf. Gén3, 19)[6], y aunque le haya sido prohibido el acceso al árbol de la vida (gran símbolo del libro del Génesis) (cf. Gén 3, 22), sin embargo, el Dios viviente, estrechando su alianza con los hombres (Abraham, Patriarcas, Moisés, Israel), renueva continuamente, en esta Alianza, la realidad misma de la Vida, desvela de nuevo su perspectiva y, en cierto sentido, abre nuevamente el acceso al árbol de la vida. Juntamente con la Alianza, esta vida, cuya fuente es Dios mismo, se da en participación a los mismos hombres que, a consecuencia de la ruptura de la primera Alianza, habían perdido el acceso al árbol de la vida, y en las dimensiones de su historia terrena habían sido sometidos a la muerte.
  5. Cristo es la última palabra de Dios sobre este tema; efectivamente, la Alianza, que con El y por El se establece entre Dios y la humanidad, abre una perspectiva infinita de Vida: y el acceso al árbol de la vida —según el plano originario del Dios de la Alianza— se revela a cada uno de los hombres en su plenitud definitiva. Este será el significado de la muerte y de la resurrección de Cristo, éste será el testimonio del misterio pascual. Sin embargo, la conversación con los saduceos se desarrolla en la fase pre-pascual de la misión mesiánica de Cristo. El curso de la conversación según Mateo (22, 24-30), Marcos (12, 18-27) y Lucas (20, 27-36) manifiesta que Cristo —que otras veces, particularmente en las conversaciones con sus discípulos, había hablado de la futura resurrección del Hijo del hombre (cf., por ejemplo, Mt17, 9. 23; 20, 19 y paral.)— en la conversación con los saduceos, en cambio, no se remite a este argumento. Las razones son obvias y claras. La conversación tiene lugar con los saduceos, «los cuales afirman que no hay resurrección» (como subraya el Evangelista), es decir, ponen en duda su misma posibilidad, y a la vez se consideran expertos de la Escritura del Antiguo Testamento y sus intérpretes calificados. Y, por esto, Jesús se refiere al Antiguo Testamento, y, basándose en él, les demuestra que «no conocen el poder de Dios»[7].
  6. Respecto a la posibilidad de la resurrección, Cristo se remite precisamente a ese poder, que va unido con el testimonio del Dios vivo, que es el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob y el Dios de Moisés. El Dios, a quien los saduceos «privan» de este poder, no es el verdadero Dios de sus Padres, sino del Dios de sus hipótesis e interpretaciones. Cristo, en cambio, ha venido para dar testimonio del Dios de la Vida en toda la verdad de su poder que se despliega en la vida del hombre.

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[1] Aunque el Nuevo Testamento no conoce la expresión «la resurrección de los cuerpos» (que aparecerá por vez primera en San Clemente: 2 Clem 9, 1 y en Justino: Dial 80, 5) y utilice la expresión «resurrección de los muertos», entendiendo con ella al hombre en su integridad, sin embargo, es posible hallar en muchos textos del Nuevo Testamento la fe en la inmortalidad del alma y su existencia incluso fuera del cuerpo. (cf. por ejemplo: Lc 23, 43; Flp 1, 23-24; 2 Cor 5, 6-8).

[2] El texto de Lucas contiene algunos elementos nuevos en torno a los cuales se desarrolla la discusión de los exégetas.

[3] Como es sabido, en el judaísmo de aquel período no se formuló claramente una doctrina acerca de la resurrección; existían sólo las diversas teorías lanzadas por cada una de las escuelas.

Los fariseos, que cultivaban la especulación teológica, desarrollaron fuertemente la doctrina sobre la resurrección, viendo alusiones a ella en todos los libros del Antiguo Testamento. Sin embargo, entendían la futura resurrección de modo terrestre y primitivo, preanunciando por ejemplo un enorme aumento de la recolección y de la fertilidad en la vida después de la resurrección.

Los saduceos, en cambio, polemizaban contra esta concepción, partiendo de la premisa que el Pentateuco no habla de la escatología. Es necesario también tener presente que en el siglo I el canon de los libros del Antiguo Testamento no estaba aún establecido.

El caso presentado por los saduceos ataca directamente a la concepción farisaica de la resurrección. En efecto, los saduceos pensaban que Cristo era seguidor de ellos.

La respuesta de Cristo corrige igualmente tanto la concepción de los fariseos, como la de los saduceos.

[4] Esta expresión no significa: «Dios que era honrado por Abraham, Isaac y Jacob», sino: «Dios que tenía cuidado de los Patriarcas y los libraba».

Esta fórmula se vuelve a encontrar en el libro del Exodo: 3, 6; 3, 15; 46; 4, 5, siempre en el contexto de la promesa de liberación de Israel: el nombre del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es prenda y garantía de esta liberación.

«Dieu de X est synonyme de secours, de soutien et d’abri pour Israel». Un sentido semejante se encuentra en el Génesis 49, 24: «Por el poderío del fuerte de Jacob, por el nombre del Pastor de Israel. En el Dios de tu padre hallarás tu socorro» (cf. Gén 49, 24-25; cf. también: Gén 24, 27; 26, 24; 28, 13; 32, 10; 46, 3).

Cf. F. Dreyfus, o.p., «L’argument scripturaire de Jésus en faveur de la résurrection des morts (Mc XII, 26-27), Révue Biblique 66, 1959, 218.

La fórmula: «Dios de Abraham, Isaac y Jacob», en la que se citan los tres nombres de los Patriarcas, indicaba en la exégesis de los Patriarcas, indicaba en la exégesis judaica, contemporánea de Jesús, la relación de Dios con el Pueblo de la Alianza como comunidad.

Cf. E. Ellis, Jesus, The Sadducees and Qumram, New Testament Studies, 10, 1963-64, 275.

[5] Según nuestro modo actual de comprender este texto evangélico, el razonamiento de Jesús sólo mira a la inmortalidad; en efecto, si los Patriarcas viven después de su muerte ya ahora antes de la resurrección escatológica del cuerpo, entonces la constatación de Jesús mira a la inmortalidad del alma y no habla de la resurrección del cuerpo.

Pero el razonamiento de Jesús fue dirigido a los saduceos que no conocían el dualismo del cuerpo y del alma, aceptando sólo la bíblica unidad sico-fisica del hombre que es «el cuerpo y el aliento de vida». Por esto, según ellos, el alma muere juntamente con el cuerpo. La afirmación de Jesús, según la cual los Patriarcas viven, para los saduceos sólo podía significar la resurrección con el cuerpo.

[6] No nos detenemos aquí sobre la concepción de la muerte en el sentido puramente veterotestamentario, sino que tomamos en consideración la antropología teológica en su conjunto.

[7] Este es el argumento determinante que comprueba la autenticidad de la discusión con los saduceos.

Si la perícopa constituye «un añadido postpascual de la comundiad cristiana» (como pensaba, por ejemplo, R. Bultmann), la fe en la resurrección de los cuerpos estaría apoyada por el hecho de la resurrección de Cristo, que se imponía como una fuerza irresistible, como lo da a entender por ejemplo San Pablo (cf. 1 Cor 15, 12).

Cf. J. Jeremias, Neutestamentliche Theologie, I Teil, Gutersloh 1971 (Mohn) ; cf., además, I. H. Marshall, The Golpel of Luke, Exeter 1978, The Paternoster Press, pág. 738.

La referencia al Pentateuco —mientras en el Antiguo Testamento hay textos que tratan directamente de la resurrección (como por ejemplo, Is 26, 19, o Dan 12, 2)— testimonia que la conversación se tuvo realmente con los saduceos, los cuales consideraban el Pentateuco la única autoridad decisiva.

La estructura de la controversia demuestra que ésta era una discusión rabínica, según los modelos clásicos que se usaban en las academias de entonces.

Cf. J. Le Moyne, o.s.b., Les Sadducéeus, París 1972, Gabalda, pág. 124 y s.; E Lohmeyer, Das Evangelium des Markus, Göttingen 1959, pág. 257; D. Daube, New Testament and Rabbinic Judaism, Londres 1956, págs. 158-163; J. Rademakers, s.j., La bonne nouvelle de Jèsus selon St. Marc, Bruselas 1974, Institut d’Etudes Théologiques, pág. 313.

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Catena Aurea

 

 Glosa

Después que evitó el Señor sabiamente la astuta tentación de los fariseos, nos muestra de qué modo ha confundido también a los tentadores saduceos. «Vinieron después, dice, a encontrarle los saduceos», etc.
 

Teofilacto

Llamábanse saduceos los de una secta herética de los judíos, la cual negaba la resurrección y la existencia de los ángeles y espíritus. Estos, pues, vinieron a Jesús, y elaboraron engañosamente cierta historia, por la cual querían demostrar que la resurrección no se había verificado ni se verificaría. «Y le propusieron esta cuestión: Maestro», etc. En su narración dan siete maridos a esta mujer, para hacer más difícil la resurrección.
 

Beda

Idean este relato para tachar de locos a los que creen en la resurrección de la carne, porque alguna vez pudo suceder esto entre ellos.
 

Pseudo-Jerónimo

En sentido místico, esta mujer estéril, que murió sin dejar ningun hijo de sus siete maridos, ¿qué otra cosa significa que la sinagoga judía abandonada por el Espíritu de las siete formas de los siete patriarcas, que no le dejaron el descendiente de Abraham, Jesucristo? Porque aunque el Niño haya nacido en Judea ( Is 19), fue dado, no obstante, a las naciones. Aquella mujer había muerto para Cristo, y no había de unirse en la resurrección a ninguno de los siete patriarcas. El número siete expresa la perfección total, de tal modo que lo contrario de lo expuesto es lo que dice Isaías: «Tomarán siete mujeres a un hombre» ( Is 4,1), esto es, siete iglesias, las cuales, amadas, corregidas y educadas por el Señor, le adoran en una sola fe. «Jesús en respuesta les dijo: No veis que habéis caído en error», etc.
 

Teofilacto

Es como si dijera: vosotros no entendéis cuál es la resurrección que anuncia la Escritura, porque creéis que los cuerpos en la resurrección han de ser lo que son ahora, y no será así. Por tanto, no conocéis la Escritura. Pero también ignoráis el poder divino, porque consideráis esto difícil, y decís: ¿Cómo podrán juntarse los miembros separados y volver a ellos el espíritu? Pero esto no es nada con respecto al poder divino. «Porque cuando habrán resucitado de entre los muertos, dice, ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres maridos», etc. Es como si dijera: la restauración de la vida será divina y angélica, y no seremos entregados más a la corrupción, permaneciendo siempre los mismos. Por esto no habrá ya matrimonio, puesto que lo hay ahora por la corrupción para que, multiplicándose, no desaparezca el género humano. Seremos entonces como los ángeles, que, aunque sin sucesión nupcial, no desaparecen.
 

Beda

Es de advertir que la traducción latina no corresponde a la frase griega, porque nubere en latín se dice propiamente de las mujeres que se casan, y uxorem ducere de los hombres; pero nosotros debemos entender simplemente nubere de los hombres y nubi de las mujeres, según está escrito.
 

Pseudo-Jerónimo

Así, pues, se equivocan al no entender las Escrituras, porque en la resurrección serán los hombres como los ángeles de Dios, es decir, que ninguno morirá ni nacerá allí, ni habrá allí niños ni viejos.
 

Teofilacto

Y se engañan además por no entender las Escrituras, ignorando cómo puede probarse por ellas la resurrección de los muertos. «Ahora, sobre que los muertos, continúa, hayan de resucitar, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, cómo hablando con él Dios en la zarza?», etc.
 

Pseudo-Jerónimo

Digo en la zarza, a la que sois semejantes, porque ardía sin que se consumieran sus espinas, y a semejanza suya las vuestras, que han germinado bajo la maldición, no pueden ser consumidas por el fuego de mi palabra que os inflama.
 

Teofilacto

Dijo, pues: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob», que equivale a decir: Dios de los vivos. Y añade: «Y en verdad que Dios no es Dios de muertos, sino de vivos». No dijo, pues: Yo fui, sino: Yo soy, porque habla con seres que existen y están presentes. Pero acaso dirá alguno que Dios habló así refiriéndose sólo al espíritu y no al cuerpo de Abraham. A esto diremos que por Abraham se refiere al cuerpo y al espíritu, de modo que Dios sea Dios del cuerpo, y el cuerpo viva en Dios, esto es, según el orden establecido por Dios.
 

Beda

O también porque, una vez probada la permanencia del espíritu después de la muerte, y no pudiendo ser Dios de muertos, sino de vivos, seguía como consecuencia la resurrección de los cuerpos, que con el espíritu obraron el bien y el mal.
 

Pseudo-Jerónimo

Cuando dice: «Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob», nombrando tres veces la palabra Dios, anunció la Trinidad. Cuando dice: «Dios no es Dios de muertos», no nombrándole más que una sola vez, significó una sola sustancia. Viven, pues, los que conquistan para sí la porción que han elegido, y mueren los que la perdieron. «Luego estáis vosotros, dice, en un grande error».
 

Glosa

Porque contradecían a las Escrituras, y derogaban algo del poder de Dios.

 

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[1] Sal Terrae, Santander, 1978.

 

 

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