
En el Evangelio Lc 20,27-40, del día de hoy 22 de noviembre, Jesús, que conoce bien el Cielo, pues ha bajado de él, nos dice varias cosas: Su existencia, a la que resucitarán los muertos y en cuyo lugar tendremos una vida semejante a los ángeles. Es una respuesta a lo saduceos, “casta sociorreligiosa” judía que no creía en la resurrección de no muertos ni en la otra vida.
Evangelio según san Lucas 20, 27-40:
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”
Jesús les dijo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.
Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven’’.
Entonces, unos escribas le dijeron: “Maestro, has hablado bien”. Y a partir de ese momento ya no se atrevieron a preguntarle nada.
- Precisa y tristemente, son aquellos –como los saduceos– que viven lujos (pero sin lujo, sin luz) los que niegan el Paraíso. ¡Ay, de aquellos miserables que pretenden arrebatar la esperanza a los que no tienen otra cosa en esta vida! Es de una refina crueldad el intento de despojar de la esperanza a los descartados, que nada les queda que esperar de este mundo. Pero la Escritura dice: “Los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros.” (Rom 8,18).
- La esperanza es parte de la fe. Si ahora estamos en la perspectiva de cielo, en la esperanza, entonces “le amamos creyendo lo que veremos, pero entonces le amaremos viendo lo que hemos creído...” (san Agustín).
- El cielo será el “lugar” donde un día se realizarán sobreabundantemente todas nuestras expectativas y esperanzas, tras pasar por un mundo distópico e imperfecto, bajo la amenaza y susceptible influencia del príncipe de este mundo.
- El cielo será como encontrase en casa. Saber, sentir, que ese es el lugar de origen y de destino anhelado, nuestro “sitio natural». Estar en presencia del Señor. “¡Lo veremos! ¡Lo veremos! ¿habéis pensado en ello, hermanos, alguna vez? ¡Veremos a Dios! Lo veremos sencillamente, lo veremos tal como es, cara a cara. Lo veremos…” (Cura de Ars). “Tu cara es mi única patria” (Santa Teresa de Lisieux) Dios «será nuestro lugar» (San Agustin).
- «Dios, que ha creado y da la vida a los hombres,… nos prometió a todos la inmortalidad; a nadie excluyó de sus beneficios celestiales.» (Unamuno).
- El cielo será el banquete eucarístico perpetuo, al que todos, sin exclusión, estamos invitados.
- El cielo será como un éxtasis contemplativo de amor fraterno, de comunión de los santos, Cuerpo místico de Cristo,, en el seno de Dios Padre.
- También serán participes de esa comunión los ángeles: querubines, serafines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles.
- Tengamos en cuenta lo que Jesús dijo, sobre el lugar del cielo, hablando de que muchas estancias… (cf. Juan 14,1-6.) y también del lugar en el Reino de los cielos en que Dios Padre será quien asigne el lugar a cada cual. Valga el símil, aunque la gloria será para todos, todos santos, unos según el grado de santidad así se estará repartido el lugar: los más grandes santos, los niños, los mártires, estará en zonas privilegiadas, como si fuera un teatro, en los palcos; los demás, pecadores todos, en graduación, estaremos en el patio de bocatas, desde las primeras filas hasta las últimas. Todo relación será superada hasta niveles desconocidos, animada por el amor trinitario o reinado divino.
- El cielo será para hacernos una análoga pero imperfecta idea como decir ¡Ojalá, no se acabe nunca! El cielo será como un constante hacer todas las cosas nuevas, como aquella vez que vivimos algo maravillo por primera vez, y así por siempre. Olivier Clément dice que allí viviremos el «Milagro de la primera vez: la primera vez que sentiste que ese hombre sería tu amigo; la primera vez que oíste tocar, cuando niño, aquella música que te marcó; la primera vez que tu hijo te sonrió; la primera vez… Después uno se acostumbra. Pero la eternidad es desacostumbrarse».
- “Carisimos, ahora somos hijos de Dios, aunque aun no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es.” (1 Jn 3,2). El cielo es el lugar donde seremos completos, beatos (colmados), colmados en perfección, plenitud, felicidad y santidad. No echaremos nada de menos. Sólo en el cielo seremos hombres tal como Dios nos quiso desde toda la eternidad, como imagen y semejanza perfecta de Él (Gen 1,26), del Hijo hecho Hombre. Decían Blas Pascal: “El hombre supera infinitamente al hombre”, san Ignacio de Antioquía: “Cuando llegue allá (al cielo), entonces seré hombre” y san Agustin : “El séptimo día (el del descanso) seremos nosotros mismos”. “Ahora conozco de un modo imperfecto, pero entonces conoceré como soy conocido” (2 Cor 13,12) (=me conoceré, pues de alguna manera me resulto ser un desconocido, hasta que me ve a la luz de la Luz.
- No habrá lugar al aburrimiento posible, pues el amor será infinito.
- En fin, que el Reino de los Cielos es el lugar de las sorpresas, de las inimaginables y maravillosas sorpresas: “Ni ojo vio, ni oreja oyó, ni pasó a hombre por pensamiento las cosas que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman.” (I Cor 2, 9). Al cielo sólo se entra con Dios dentro. “Alegraos más bien de que vuestros nombres están escritos en el cielo» (Lc 10,20b), cual hermanos de Cristo e hijos de Dios. “Entonces los justos brillaran como el sol en el reino de su Padre.” (Mt 13,43).
Recogemos estas líneas de Leonardo Boff de su libro “Hablemos de la otra vida”[1]:
Se le concede la posibilidad de ser totalmente él, en la plenitud de los dinamismos ocultos dentro de su ser. El nudo de relaciones en todas las direcciones puede ahora actuar libremente, porque con la muerte han cesado todas las limitaciones de nuestro ser-biológico-en-el-mundo. 42
La inteligencia, que en la tierra se siente devorada por una sed insaciable de ver y conocer a la vez que se experimenta constantemente como limitada alcanzando apenas la superficie de las cosas, puede ahora celebrar la embriaguez de su plena luz desvinculada de cualquier tipo de obstáculo. Todo está ahí, visto a partir de su núcleo, en la patencia del corazón de las cosas y del cosmos. 43
El cuerpo, al morir, ya no se experimenta como una barrera que nos separa de los demás y de Dios, sino como la radical expresión de nuestra comunicación con las cosas y con la globalidad del cosmos. El pleno desarrollo del hombre interior ya no conoce límites ahora. Comenzó en forma germinal; puedo florecer, y ahora se abre a la primavera que nunca acaba. “Al morir, decía Franklin, acabamos de nacer”. 43
Las decisiones tomadas a lo largo de la vida pesan en la decisión final porque le fueron dando una orientación al hombre-espíritu, creándole hábitos (una segunda naturaleza). La decisión en la hora de la muerte no es una decisión inicial sino una decisión final: en ella se compendia y se expresa, en un último acto, toda la historia de las decisiones tomadas con anterioridad. 56
La decisión final es la afloración de lo que el hombre sembró y permitió que creciera durante su vida. Las opciones parciales son una preparación y educación para la decisión última. 56
Normalmente sucederá que el hombre, al morir, se abrirá o cerrará totalmente hacia los mismos a que se abrió o cerró en vida.
Ante el cielo deberíamos callar. Estamos ante la absoluta realización humana.
Todo cuanto el hombre soñó, todo lo que sus utopías le proyectaron, todo lo que estaba escondido en su naturaleza y que se retorcía por salir a la luz, ahora aborta y florece. El «Homo absconditues» emerge a fin totalmente como «homo revelatus». 73
“Lo que nunca ojo vio ni oído oyó, ni jamás penetró en el corazón del hombre, es lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Cor 2,9).
El cielo realiza al hombre en todas sus dimensiones: la dimensión orientada al mundo en cuanto presencia e intimidad fraterna con todas las cosas, la dimensión orientada al otro en cuanto comunión y hermanación perfecta, y la dimensión orientada a Dios en cuanto unión filial y acceso definitivo a un encuentro último con el amor. 75
La vida es dialéctica: la violencia campea al lado de la bondad, el amor se ve amenazado por el odio y por la envidia, nuestra comprensión de las cosas y de los hombres es opaca y se extravía en exterioridades. El bien y el mal son ingredientes de toda situación y nunca pueden ser vencidos radicalmente. 75
«Cuando llegue allá (al cielo), entonces seré hombre» (San Ignacio de Antioquía +107, «A los Romanos», 6,2). Sólo en el cielo seremos hombres tal como Dios nos quiso desde toda la eternidad, como imagen y semejanza perfecta de él (Gen 1,26). 76
La vista puede volverse tan aguda que gracias a ella podemos captar el alma de las personas, sus sentimientos y secretos. 79
El cielo es la total realización de los posibilidades de ver, no la superficie de las coas, sino su corazón. (…) Es la patria y el hogar de la identidad en donde todas las cosas se encuentran consigo mismas en su última profundidad y realización. 79
No se debe contraponer el cielo a este mundo. Hay que contemplarlo como plenitud de este mundo, libre ya de todo cuanto lo limita y hiere, lo divide y ata. 79
En su condición terrena el hombre no puede ver a Dios (cfr. Ex 33,20). Sólo por la fe ve sus signo en el mundo. En el cielo veremos a Dios a rostro descubierto (2 Cor 3,18). No debemos imaginar ese ver a Dios estáticamente; no son los ojos los que ven más en le hombre. Ver supone conocer, sentir y manifestarse inmediatamente sin ningún tipo de mediación despersonalizadora. Ver es amar en profundidad. «Cuando te digo que te quiero ver, entiendes que te amo muchísimo».
Cuando el hijo distante regresa a su patria, va a ver a u madre. No la ve escrutador; la ve amando. Está es la casa mantener, en la atmósfera en la que todas las cosas se reconcilian. 81
“Le será entregado el poder y recibirá en galardón el lucero de la mañana” (Ap ,26)
Dios no aumentará, pero sí la participación de la creatura en Dios. Dios es un misterio infinito y no un enigma que se disuelve uan vez conocida. El hombre penetra cada vez más en el misterio de Dios; se le va revelando en infinitas facetas, maravillando al hombre con su novedad y sorpresa; y eso, por toda la eternidad. 89
“Allí descansaremos y veremos. Veremos y amaremos. Amaremos y alabaremos. Esta es la esencia del fin sin fin. Pues ¿qué fin puede ser más nuestro que el llegar al reino que no tendrá fin?” (San Agustín, De civ. Dei, 30,5) 89
El cielo no es el fruto de especulaciones difíciles para la inteligencia y para la fantasía. Es la potenciación de lo que ya experimentamos en la tierra. Cada vez que en la tierra hacemos la experiencia del bien, d la felicidad, de la amistad, de la paz y del amor, ya estamos viviendo, de forma precaria pero real la realidad del cielo. En la vida se dan momentos de profunda tranquilidad y transparencia. Sentimos el mundo en una última reconciliación y con un sentido acogedor. Cuando acontecen, hemos experimentado dentro de la tierra el germen de lo que es el cielo. Cada vez que experimentamos algo profundamente humano hacemos simultáneamente la experiencia de lo limitado. 90
Como decía magníficamente la Carta a Diogneto, al rededor del año 190 de nuestra era: «Los cristianos viven en su propias patrias, pero como forasteros; cumplen con todos sus deberes de ciudadanos y soportan todo como extranjeros. Toda tierra extranjera es para ellos una patria y toda patria un tierra extranjera… Están en la carne pero no viven según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Es tan noble el puesto que Dios les destinó que no les está permitido desertar». 128
(Gaudiún et Spes) Aquí se enseña con claridad que el fin del mundo no es una catástrofe sino una plenitud. 137
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Catena Aurea
Beda, ut sup
Había dos clases de herejías entre los judíos: la de los fariseos, que preferían la rectitud de las tradiciones -y por esto el pueblo los llamaba divididos-; y la otra de los saduceos, que quiere decir justos, atribuyéndose lo que no eran. Cuando se marcharon los primeros, vinieron los segundos a tentarle; por esto sigue: «Además se llegaron algunos de los saduceos», etc.
Orígenes
La herejía de los saduceos no sólo niega la resurrección de los muertos, sino que además dice que el alma muere con el cuerpo. Estos, poniendo asechanzas al Salvador, le propusieron esta cuestión precisamente en el tiempo en que le oyeron hablar a sus discípulos acerca de la resurrección. Por esto sigue: «Y le preguntaron diciendo: Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si muriese el hermano de alguno teniendo mujer, pero sin dejar hijos», etc.
San Ambrosio
Según la letra de la ley, era obligada a casarse la viuda, aun contra su voluntad, para que el hermano del difunto suscitase su descendencia; pero el espíritu de la ley enseña la castidad.
Teofiactus
Los saduceos, apoyándose en este débil fundamento, no creían en la doctrina de la resurrección. Como opinaban que la vida después de la resurrección sería carnal, se engañaban; y por tanto, censurando el dogma de la resurrección como imposible, fingen esta narración diciendo: «Pues eran siete hermanos», etc.
Beda, ut sup
Inventaron esta fábula para tildar de locos a los que dicen que es verdad la resurrección de los muertos. Oponen, por tanto, la torpe invención de esta fábula para negar la verdad de la resurrección; por esto añaden: «Pues en la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer?», etc.
San Ambrosio
En sentido espiritual esta mujer es la sinagoga, que tuvo siete maridos, como se dice de la samaritana: «Cinco maridos has tenido» ( Jn 4,18); porque los samaritanos admitían únicamente los cinco libros de Moisés, mientras que la sinagoga admitía siete especialmente; y de ninguno de ellos obtuvo hijos a causa de su perfidia. Y no pudo tener parte con sus maridos en la resurrección porque dio un sentido carnal al precepto espiritual; porque no se le anunció un hermano carnal, que suscitase la descendencia de su hermano difunto, sino aquel hermano que, una vez muerto el pueblo de los judíos, tomase para sí como esposa a la sabiduría del divino culto, y suscitara de ella una descendencia en los apóstoles, los que habiendo quedado todavía informes en las entrañas de la sinagoga, como reliquias de los difuntos judíos, merecieron ser conservados, en virtud de la elección de la gracia, por la mezcla de una nueva semilla.
Beda
Estos siete hermanos pueden representar a los réprobos que viven estériles de las buenas obras por toda la vida de este mundo, que es una revolución de siete días, sobre los cuales, pasando de unos a otros la muerte, acabará hasta el último de ellos su vida mundana como mujer infecunda.
Teofiactus
Manifestando el Señor que después de la resurrección no habrá vida material, destruyó sus doctrinas y su frágil fundamento; por esto sigue: «Y Jesús les dijo: Los hijos de este siglo se casan», etc.
San Agustín, De quaest. evang. 2,49
Porque los casamientos se hacen para tener hijos; los hijos vienen por la sucesión, y la sucesión por la muerte; por tanto, donde no hay muerte no hay casamientos; y así dice: «Mas los que serán juzgados dignos», etc.
Beda
Lo cual no debe entenderse de tal modo que creamos que únicamente resucitarán los que sean dignos o los que no se casen, sino que también resucitarán todos los pecadores, y no se casarán en la otra vida. Además, el Señor, para excitar nuestras almas a que busquen la resurrección gloriosa, no quiso hablar más que de los elegidos.
San Agustín, ut sup
Así como nuestra palabra se forma y perfecciona con sílabas que se siguen y suceden, así los mismos hombres de quienes es la palabra, siguiéndose y sucediéndose, hacen y perfeccionan el orden de este siglo, que es el tejido de la hermosura temporal de las cosas. Mas como la palabra de Dios, de que gozaremos en la otra vida, no se compone de una continuación o sucesión de sílabas puesto que todo en El es permanente y uniforme, así los que participen de El, para quienes será la vida, ni faltarán muriendo ni aumentarán naciendo, como sucede ahora respecto de los ángeles. Sigue, pues: «Son iguales a los ángeles».
San Cirilo
Así como hay una multitud grande de ángeles que no se aumenta por generación sino por creación, así para los que resuciten no habrá necesidad de ulteriores nupcias. Por esto dice: «Y son hijos de Dios», etc.
Teofiactus
Como diciendo: Dios es quien obra en la resurrección; por tanto, se llamarán hijos de Dios los que sean regenerados por la resurrección; nada carnal se verá en la regeneración de los que resuciten; ni coito, ni matriz, ni parto.
Beda
Serán iguales a los ángeles y a los hijos de Dios, porque renovados por la gloria de la resurrección, sin miedo alguno a la muerte, sin mancha de corrupción y sin ninguna circunstancia de la vida material, gozarán de la presencia constante de Dios.
Orígenes
Pero como el Señor dice por medio de San Mateo esta palabra omitida aquí: «Erráis desconociendo las Escrituras» ( Mt 22,29), por ello os pregunto: ¿en dónde está escrito que no se casan ni se casarán? Planteo la cuestión de dónde está escrito que ni se casarán ni serán dados en casamiento. Y según yo creo, no se ha hallado nada semejante en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Pero todo su error -de los saduceos- se introdujo por la lectura de la Escritura que no entienden, porque dice Isaías: «Mis escogidos no tendrán hijos para maldición» ( Is 65,13), etc. Por esto creen que habrá de suceder esto en la resurrección. San Pablo, interpretando todas estas bendiciones en sentido espiritual, y sabiendo que no eran carnales, dice a los de Efeso: «Nos has bendecido con toda bendición espiritual» ( Ef 1,3).
Teofiactus
También el Señor añadió a la razón ya dicha el testimonio de la Escritura, diciendo: «Y que los muertos hayan de resucitar lo manifestó Moisés, cuando junto a la zarza le dijo el Señor: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Como si dijera: Si los patriarcas volviesen a la nada, y no viviesen en Dios con la esperanza de la resurrección, no hubiese dicho «Yo soy», sino «yo había sido»; porque cuando hablamos de cosas pasadas o que no existen, decimos: Yo era dueño de aquella cosa; así que, cuando dice ahora: Yo soy, da a conocer que El es Dios y el Señor de los vivos, como demuestran además estas palabras: «Y no es Dios de muertos, sino de vivos, porque todos viven en El». Por tanto, aunque hayan muerto, viven en El con la esperanza de resucitar.
Beda
O bien dice esto para deducir, una vez probada la existencia de las almas después de la muerte -lo que negaban los saduceos- la resurrección de los cuerpos que han obrado bien o mal en unión con las almas. En efecto, es verdadera vida la de los justos que viven en Dios aun cuando mueran en cuanto al cuerpo. Para probar la verdad de la resurrección pudo emplear ejemplos más evidentes de los profetas; pero los saduceos únicamente admitían los cinco libros de Moisés, despreciando los oráculos de los profetas.
Crisóstomo
Como los santos llaman suyo al Señor del Universo, no menoscabándole su dominio, sino manifestando su propio afecto, a manera de los que se aman, que no quieren amar con muchos sino expresar cierta predilección singular y especial; así Dios se llamaba especialmente su Dios, no coartando su dominio sino ampliándole; porque la multitud de los súbditos no manifiesta este dominio tanto como la virtud de sus servidores. Por tanto, el Señor no se goza tanto cuando se le llama el Dios del cielo y de la tierra, como cuando se le llama el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Y así como entre los mortales ciertamente los criados son llamados por el nombre de sus señores -como arrendatario de tal señor-, Dios se llama, en sentido contrario Dios de Abraham.
Teofiactus
Refutados los saduceos, los escribas, como enemigos suyos, defienden a Jesús. Por esto sigue: «Respondiendo algunos de los escribas, le dijeron: Maestro, bien has dicho».
Beda
Y como vieron refutados sus sofismas no volvieron a preguntarle ya más, sino determinaron prenderle y entregarle al poder de los romanos. De lo cual se desprende que puede ocultarse el veneno de la envidia, pero que es difícil hacerle desaparecer.
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[1] Sal Terrae, Santander, 1978.
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