El que no ama, permanece en la muerte (1 Jn 3,14).
«Una vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir» (C. Jung).
No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4).
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El rey llamó a un sabio y santo ermitaño que vivía en una gruta próxima a un aldea vecina de su reino, y le explicó apenado:
—Mira, mi hijo, mi amado hijo, quien está llamado a sucederme, está tan triste… y nadie acierta a saber qué tiene. Le he dado todo cuanto ha querido, posee cuanto ningún ser humano pueda desear, no le falta de nada, tiene toda clase de comodidades, atenciones, caprichos…
Y el anciano eremita, tras un breve tiempo de reflexión, sentenció con triste acento:
—Majestad, créame, nadie puede vivir así y pretender estar vivo.
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Al nacer el príncipe Sakiamuni (Buda), los astrólogos predicen que aquel niño renunciará al trono, a su alta estirpe, en su afán de alcanzar una grandeza y un poderío más elevado. El rey, alarmado, confina al príncipe en un magnífico palacio, rodeado de bellísimos jardines, con el fin de que no conozca más que la felicidad que contempla.
Los barrotes aunque sean de oro no dejan de ser prisión.
Hasta cierto punto, ésta es una realidad que se da hoy de forma generalizada, sobre todo entre la juventud occidental.
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«La personalidad cristiana (y humana) consiste en un «ex-tasis», en una salida de sí mismo, sin la cual el individuo sigue enterrado estérilmente en su propio yo. El que no ama permanece en la muerte.» (1)
Quien está cerrado en sí, en su castillo, en su seguridad, en su vida confortable y plácida, no transciende, no sale de sí, está sin vida. Como dice Adorno, «la conformidad es indicio de ausencia de foco interno». La tranquilidad absoluta es carencia de implicación, de sentirse afectado por la vida.
La confortabilidad nos aburguesa, nos retrotrae incapacitándonos para sentir el palpitar de la vida. Nos ausentamos de vivir. Vivir es sentir el “drama” de la vida, es entrega y derroche, es palpar las heridas, las heridas de los demás como si fueran propias. Quien se recluye en su bienestar, muere, muere a la vida, porque no se encuentra con ella, con su realidad dramática. Al hombre «del bienestar», al burgués le está negada, le es inaccesible. «El confort y la vida sedentaria le ha llevado a la idolatría» (Os 13,6).
Quien vive en la confortabilidad adormecedora acaba en ella, se reduce a ella, se detiene en su egoísmo…; no cabe esperar gran cosa de gente así.
La tranquilidad absoluta revela una conciencia muerta. El deseo de comodidades conduce a la deserción de la conciencia, a la tibieza y a la vaguedad, al pecado de omisión -cuanto menos-, a la irresponsabilidad, a la que persona se ausente. Es el ser de la indiferencia: indiferencia ante la vida, ante el bien y el mal. Vive en lo superficial, en la pasividad durmiente; nos aleja del verdadero sentido de vivir, de una causa eleva por la que dar la vida.
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La persona que no ama se hace infecunda. No da el fruto para el que está hecha, renuncia a su ser, hay un sabor a muerte, a desintegración, a pérdida de identidad. Es decir, la persona que lleva una vida disipada, viviendo está muerta (1 Tim 5,6).
«Estar vivo es crecer, desarrollarse, responder; estar muerto (aun cuando esté biológicamente vivo) significa dejar de crecer, fosilizarse, hacerse una cosa. Muchas personas no afrontan nunca la clara alternativa entre los valores de la vida y los valores de la muerte, y por eso no viven en ninguno de los dos mundos, o se convierten en «zombis», cuyos cuerpos están vivos y cuyas almas están muertas. Elegir la vida es la condición necesaria para el amor, la libertad, y la verdad. Es también la condición para amar a Dios.» (2)
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Quien vive en lo superfluo no puede pretender estar vivo.
Hoy nos hemos creado necesidades artificiales. Y con ello hemos hecho de lo insignificante, pasajero, superfluo…, una cuestión determinante, una prioridad vital.
«La necesidad es la madre de todas las acciones humanas» (3). Ahora bien, «las necesidades fisiológicamente no constituyen la única parte de la naturaleza humana que posee carácter ineludible» (4). Hay necesidades humanas más importantes que las biológicas (amor, verdad, bondad, justicia, amistad, trabajo creativo y realizador, libertad, belleza, responsabilidad moral, paz, estima, confianza, esperanza…). Son necesidades superiores.
Quien no atiende estas necesidades, quien las ignora o reprime se falta al respeto a sí mismo; y pronto acabará preguntándose hasta qué punto es digna y merece la pena esa vida que lleva.
Menospreciar estas necesidades superiores puede ser tan destructivo a la larga como pueden serlo a la corta no comer, no dormir o no beber. Estas necesidades que quedan por encima de las necesidades biológicas de supervivencia «superiores», porque le ayudarán a elevarse a niveles cada vez más alto de vida sin límites. (5).
Necesidades superiores, son a las que atiende la voluntad divina.
Los frutos del Espíritu Santo son «amor, alegría, paz, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gal 5,22-23).
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1.- LEON-DUFOUR, X.: «Jesús y Pablo ante la muerte», Cristiandad, Madrid 1982, p.279.
2.- FROMM, E.: «Y seréis como dioses», Paidos Ibérica, Barcelona 1985, pp.158-9.
3.- SAN AGUSTIN: «Enarraciones en los Salmos», En Sierra Bravo, R.: o. c., 1619/794
4.- FROMM, E.: «El miedo a la libertad», Paidos Ibérica, Barcelona 1984, pp.41-2
5.- Cf. Dr. WAYNE W. DYER, «El cielo es el límite», Grijalbo, Barcelona 1981, pp. 336-7.
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