Los festejos del orgullo gay

A partir de hoy y por cuatro días se celebra el anual “orgullo gay” en Madrid. En años históricos se celebraba como una manifestación para reivindicar unos derechos; ya consiguieron todos (y más), es decir, que se ha convertido en causa de orgullo. Ahora esta concentración gay anual, a falta de la consecución de derechos, se ha trasformado en un carnaval, no exento de connotaciones políticas radicales, ideologías sectarias, mercantilización y demás (empresas, grupos de presión e interese varios…). 

Dejando a un lado el tema de la transformación a desfile carnavalesco y hasta fiesta elitista, en que las reivindicaciones carecen de lugar al ser absolutamente satisfechas y al convertirse el movimiento LGTB es parte del “establishment”, pasemos a la almendra tras la hojarasca.

Esto de querer hacer convencer de que un hombre, con barba, con pelo en el pecho, con un pene monumental, etc. (y otro tanto distinto se puede decir de las mujeres), de que mirándose en un espejo la persona se vea como lo contrario de lo que tiene ante los ojos, resulta cuanto menos sorprendente.

Otra cosa es que ese persona que se ve así, no merezca el respeto y el trato que corresponde a su dignidad de ser humano que es; otro tanto, el que mentalmente, racionalmente e inteligentemente ser igual que los demás, en su lógica y capacidad; otro tanto, el que se les tenga la máxima consideración y cariño -y hasta “discriminación favorable”, para restituirles en su honor y derechos, a los que se han visto privados-, por cuanto ha tenido que sufrir de marginación y desprecio en tiempos pretéritos.

Ahora bien, todo esto no es razón para que ahora “abusen de su posición de fortaleza de que gozan” para tratar de imponer su visión de esa realidad de género sobre toda la sociedad, haciendo proselitismo (es decir: afán o empeño en tatar de convencer y ganar seguidores o partidarios para una causa o una doctrina) constantemente por todos los medios (en las calles, internet, redes sociales, televisión, medios de comunicación, espectáculos, cartelerías, películas y series), especialmente en uno tan sensible como es la escuela, en un intento por adoctrinar a la infancia.

Es grave el tratar de influir en esas edades tiernas sobre el tema de la sexualidad, creando confusión sobre la identidad de género en las mentes infantiles. Y sobre todo, saltándose a los padres, los responsables primeros de la educación de sus hijos, quienes guiados por el amor a ellos -y no por otros intereses- velan por su bien.

Que se les de todos los derechos habidos y por haber a todos estos colectivos LGTB; pero que no se ingieran en la educación de los niños, ¡de ningún niño, y menos, si es ajeno!

¿Por qué… quién se hace responsable de las posibles consecuencias y efectos a medio y largo plazo… de esta especie de proselitismo en las aulas?

Vean:

En Gran Bretaña: aumenta un 4.400 por ciento el número de niños sometidos a tratamiento para cambiar de sexo. El gobierno británico se pregunta por qué tantos niños cambian de sexo. Entre los políticos, los médicos o los pedagogos hay quienes temen que se facilite el cambio de sexo a los niños con demasiada ligereza, sin entender realmente a qué responden tales deseos ni saber qué consecuencias tendrá.

El estudio oficial examinará si las redes sociales y la enseñanza sobre la transexualidad en las escuelas pueden estar influyendo en los niños para que se planteen cambiar de sexo.

Hay que preguntarse a cuántas personitas está afectando todo esto… y lo que podría suponer, tal vez, de irremisiblemente trágico en sus vidas. Se hace necesario e imprescindible repensar seriamente todo esto.

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