La ilustrada fraternidad laicista

«Libertad, Igualdad, Fraternidad». Este es el lema de laicismo rampante, originario del llamado siglo de las Luces, que se en enarboló durante la Revolución francesa. La verdad que todo ello resulta bastante sarcástico: Ni fue de las luces ni nada por el estilo, más bien un gran apagón.

A modo de comentario introductor, lo que si iluminaron es que dieron a  luz, por aquel entonces, a un genocida llamado Napoleón, un dictador de la peor especie que llevó a la muerte a miles y miles de jóvenes franceses, que invadió Europa con sus ejércitos, saqueo grandes y milenarias culturas, y violentó a la Iglesia católica y cuanto representaba. En fin…, un tipo despreciable, que en Francia chauvinista lo tiene como un héroe nacional.

Dejando a un lado este dato, pero sin perder de vista de los orígenes violentísimos y sanguinarios (robesperianos, con guillotinas incluidas) a que dieron lugar de los  que estaban por «la libertad, la igualdad y la fraternidad». Corrían las calles ríos de sangre de hermanos, seres humanos a los que se les cortaba la cabeza despedidamente. La cacareada fraternidad dio como origen una gran escabechina.

Lo cierto es que aquello acabó —o por mejor decir, se inicio— en un laicismo patológicamente anticristiano (precisamente a los legítimos abanderados de la fraternidad, la igualdad y la libertad), que enarboló secretamente la Masonería

Pues bien, aquello que se pretendió como libertad, que pretendía emular lo de Cristo «la verdad os hará libres; lo metamorfoseado en «la libertad os hará verdaderos» (dixit Zapatero, ex presidente español); la igualdad ha quedado reducida a un palabro llamado «globalismo», en un mundo más desigual que nunca, pero que pretende uniformizarnos a todos, sin respetar distinción y el valor único y excepcional de cada persona, irrepetible; y por fin, la fraternidad, esta es una palabra cada vez menos usada, claro, revela un contenido insobornable, de valores muy humanos, muy cristianos, que reclaman a su vez una paternidad; nadie puede hablar en términos de hermanos, sin que reclame la figura de un padre… ¿Un Padre de toda la familia humana?

Tan solo esto es posible, si se cree en Dios, como dador de la vida de todos los seres humanos. Solo si se mira a Cristo, como Hijos de Dios y hermano mayor nuestro, podemos sentirnos hermanos. El lazo del amar paternal divino es lo que nos vincula; ese amor que corre común por nuestras venas del alma, es lo que nos constituye como hermanos, que desborda cualquier otra vinculación de origen humano. Un hermano solamente puede llegar al otro hermano mediante Jesucristo; «sin Cristo no reconoceríamos al hermano ni podríamos llegar a él. El camino está bloqueado por el propio yo”, decía D. Bonhoeffer.

Sin Dios, la fraternidad es utopía. Sin Cristo es imposible la fraternidad, en su realización pues no se sustenta por sí sola, sino por el amor oblativo, no simplemente humano. Somos familiares de Dios, y por esos hermanos; lo cual es imposible y por lo mismo insoportable para aquellos que no creen en Dios. “Ved qué grande amor nos ha dado el Padre al hacer que nos llamemos hijos de Dios y en efecto lo seamos. Si el mundo no nos conoce es porque no le ha conocido a Él. Queridísimos, desde ahora asomos hijos de Dios,…” (1 Jn 3,1-2).

«Sois hijos, Dios ha enviado a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre, de suerte que ya no eres esclavo, sino hijo; y su hijo, también heredero por Dios.»  (Gal 4,5b-7).

 “El mismo Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios” (Rom 8,16).

El laicismo ilustrado no puede, nunca podrá, ver a la luz verdadera la fraternidad de los hijos de Dios; le resulta inaccesible, cegadora,  esa luz que es más que humana. A la larga cualquier intento por atrapar e imponer esa realidad fraterna en términos estrictamente laicistas acaba en tinieblas.  

 

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