La fortuna de ser cristiano

También podríamos haber titulado “la envida de ser cristiano”, “las ventajas…” “la suerte…”, etc. Porque, en realidad, ser creyente de Cristo proporciona todo eso y mucho más. Y esto es algo que cuando evangelizamos deberíamos tener muy en cuenta: hacer saber la Buena Nueva, anunciar -con la palabra y el testimonio (luz en el candil…)- el Reino de Dios.

Tener fe en el Señor Jesús es una verdadera fortuna que nos han aportado, a demás de las vida, nuestros padres, generalmente, y siempre nuestra madre la Iglesia. A ellos, gracias.

Hay, desgraciadamente, padres que por un malentendido de dar “no se sabe qué libertad” para que los hijos de adultos decidan por sí mismos, les dejan trasmitir -comunicar íntegra y verdaderamente- el bien de la fe.

Es algo que deberíamos hacer todos con la gente que queremos, con todo el mundo. Trasmitir la fe es el mayor bien y el mayor gesto de amor que podemos hacer por los demás. Es el tesoro escondido; una fortuna inagotable, que no se acaba por más que se reparta.

Y ¿cuáles son las joyas de ese tesoro, las ventajas de ser cristiano, etc., que deberían causar envidia, atraer, y que deberíamos, como afortunados, aportar a un mundo descreído?

El bien-anuncio más importante es de de estos días de Pascua y por el que empezó a esparcirse la fe: la Resurrección del Señor. Esta es una verdad -o dogma de fe- extraordinaria; saber que estamos llamados a resucitar con Cristo, invitados a otra vida, que no acabamos aquí, es algo grandioso y que nos cambia -o debería hacerlo- en nuestro planteamiento vital: es una esperanza magnífica, que nada ni nadie de este mundo nos puede aportar o igualar.

En una entrevista en Catholic World Report Mons. Charles Chaput, Arzobispo Emérito de Filadelfia decía:

  • “No tengas miedo de morir. Ten miedo de no vivir realmente.”
  • “Todos morimos, pero no todos vivimos realmente, ‘vivimos’ en el sentido de comprometernos con las cosas que finalmente importan.”
  • “Muchos de nosotros sufrimos de una especie de desesperación sutil. El miedo a la muerte es venenoso. Lleva a la gente a hundirse en todo tipo de evasiones y distracciones. Y es comprensible. Nadie quiere morir, incluido yo. Pero lo haremos. No hay forma de evitarlo. Leon Kass, el gran bioético judío, hace una pregunta mejor en sus escritos: ¿Por qué querríamos vivir otros 50 o 100 años más allá de una vida normal? ¿Cuál es el propósito? La fe proporciona una respuesta que da sentido a nuestros límites. La fe cambia toda la dinámica de nuestro tiempo en el mundo. Si creemos en un propósito más elevado para nuestras vidas y disciplinamos nuestras elecciones y acciones a la realidad de una vida después de la muerte, eso arroja una luz completamente nueva sobre nuestro tiempo aquí. Reemplaza el miedo con esperanza; y la esperanza nos libera para amar.”
  • “No tener miedo de morir . Tener miedo de no vivir realmente; [hay que] vivir de una manera que nos lleve, y a quienes amamos, a una eternidad de vida con Dios. La muerte no es un final. Es un comienzo. Es la puerta de entrada a un Padre que nos ama”.

Esta forma de encarar la muerte, desde la esperanza cristiana, nos abre a otra perspectiva sobre la vida, y a que la vivamos centrados en lo que realmente importa. Y ¿qué es eso que realmente importa? Aquello que Dios quiere de nosotros: que amemos según su voluntad.

En un artículo (ver aquí) que hablaba sobre cómo afrontan los monjes ese momento crucial de la muerte, se ponía de relieve el hecho de la paz y la alegría, por haber hecho con su vida terrenal, que estaba ya al final, lo que Dios quería de ellos: “Los monjes con quienes he hablado dejan este mundo con la conciencia de haber sido hasta el final lo que Dios les había pedido ser. Lo que no impide caminos tortuosos o últimas horas exigentes. La muerte nunca es fácil… Pero creo que la alegría y la paz de los monjes son fruto de horas y horas de oración. Estos hombres tienen la certeza de haber librado el buen combate”.

Pero además de este hecho maravilloso de que tengamos otra vida…, está el hecho de que seamos creador por un Padre Dios que es amor, de contar con Él en nuestro existir, de su gracia -su Espíritu Santo- que nos hace superar cualquier mal espiritual, con sus ángeles que nos acompañan y cuidan, de los santos que también miran e interceden por nosotros, por la Iglesia de Cristo de cuyo cuerpo formamos parte, los sacramentos, la Eucaristía… y tantos bienes de que por la fe somos conscientes -aunque no siempre de todo reconocidos ni ponderados- los que nos sentimos creyentes.

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