La fortuna de ser cristiano

También lo podríamos haber titulado «lo maravilloso…», «la dicha…», «los beneficios», «las ventajas…», etc., o por otros, «la envida de ser cristiano». Porque, en realidad, ser creyente de Cristo proporciona muchas cosas buenassentido a la vida, alegría, felicidad, sensación de plenitud, de estar haciendo con la propia vida lo corrupto, lo que debes, lo acertado; proporciona capacidad para seguir la conciencia según la voluntad de Dios, de sentirse amado por quien nos ha creado, nos trata como a hijos  y nos espera a su lado más allá de la muerte para una vida plena y santa que no acaba…  Todo eso y mucho más.

Y esto es algo que cuando evangelizamos deberíamos tener muy en cuenta: hacer saber —transmitir— la Buena Nueva, anunciar —con la palabra y el testimonio (luz en el candil…)— el Reino de Dios, o Reinado, al que pertenecemos y en el que recibimos la vida de santidad, a través de la gracia divina.

Tener fe en el Señor Jesús es una verdadera dicha que nos han aportado, a demás de lo mencionado, es ser miembros cual hijos  del Cuerpo de Cristo, nuestra madre la Iglesia. Que se constituye en una comunión de tres dimensiones: militante o terrena, purgante y triunfante o celeste. Ser cristianos es, pase lo que pase, nunca sentirse solo, sin referencias, desamparado, sino comprenderse parte de esa «comunión de los santos».

Desgraciadamente, hoy día abunda el que padres que por un malentendido de dar «no se sabe qué libertad» para que los hijos de adultos decidan por sí mismos, les dejan trasmitir —comunicar íntegra y verdaderamente— el bien vital de la fe.

No hay cosas más importante que proporcionar a los hijos: la fe. Es algo que deberíamos hacer todos con la gente que queremos, con todo el mundo. Trasmitir la fe es el mayor bien y el mayor gesto de amor que podemos hacer por los demás. Es el tesoro escondido; una fortuna sobreabundante, que Dios quiere para sus hijos.

Y ¿cuáles son las joyas de ese tesoro, las ventajas de ser cristiano, etc., que deberían causar envidia, atraer, y que deberíamos, como afortunados, aportar a un mundo descreído?

El bien-anuncio más importante es de de estos días de Pascua y por el que empezó a esparcirse la fe: la Resurrección del Señor. Esta es una verdad —o dogma de fe— extraordinaria; saber que estamos llamados a resucitar con Cristo, invitados a otra vida, que no acabamos aquí, es algo grandioso y que nos cambia, nos convierte, nos transforma, nos santifica, nos sobrenaturaliza, nos asemeja a la imagen del Hijo. Dios se ha humanizado para «divinizarnos». Y esto es lo que nos espera, porque es lo que Dios quiere y lo que pensó en el momento de decidir crear a la Humanidad.

 Esta es nuestra verdad a comunicar al mundo, una esperanza llena de estupor, maravillosa, magnífica, que nada ni nadie de este mundo nos puede aportar o igualar.

En una entrevista en Catholic World Report Mons. Charles Chaput, Arzobispo Emérito de Filadelfia decía:

  • “No tengas miedo de morir. Ten miedo de no vivir realmente.»
  • “Todos morimos, pero no todos vivimos realmente, ‘vivimos’ en el sentido de comprometernos con las cosas que finalmente importan.”
  • “Muchos de nosotros sufrimos de una especie de desesperación sutil. El miedo a la muerte es venenoso. Lleva a la gente a hundirse en todo tipo de evasiones y distracciones. Y es comprensible. Nadie quiere morir, incluido yo. Pero lo haremos. No hay forma de evitarlo. Leon Kass, el gran bioético judío, hace una pregunta mejor en sus escritos: ¿Por qué querríamos vivir otros 50 o 100 años más allá de una vida normal? ¿Cuál es el propósito? La fe proporciona una respuesta que da sentido a nuestros límites. La fe cambia toda la dinámica de nuestro tiempo en el mundo. Si creemos en un propósito más elevado para nuestras vidas y disciplinamos nuestras elecciones y acciones a la realidad de una vida después de la muerte, eso arroja una luz completamente nueva sobre nuestro tiempo aquí. Reemplaza el miedo con esperanza; y la esperanza nos libera para amar.”
  • “No tener miedo de morir . Tener miedo de no vivir realmente; [hay que] vivir de una manera que nos lleve, y a quienes amamos, a una eternidad de vida con Dios. La muerte no es un final. Es un comienzo. Es la puerta de entrada a un Padre que nos ama”.

Esta forma de encarar la muerte, desde la esperanza cristiana, nos abre a otra perspectiva sobre la vida, y a que la vivamos centrados en lo que realmente importa. Y ¿qué es eso que realmente importa? Aquello que Dios quiere de nosotros: que amemos según su voluntad.

En un artículo (ver aquí) que hablaba sobre cómo afrontan los monjes ese momento crucial de la muerte, se ponía de relieve el hecho de la paz y la alegría, por haber hecho con su vida terrenal, que estaba ya al final, lo que Dios quería de ellos: «Los monjes con quienes he hablado dejan este mundo con la conciencia de haber sido hasta el final lo que Dios les había pedido ser. Lo que no impide caminos tortuosos o últimas horas exigentes. La muerte nunca es fácil… Pero creo que la alegría y la paz de los monjes son fruto de horas y horas de oración. Estos hombres tienen la certeza de haber librado el buen combate«.

Pero además de este hecho maravilloso de que tengamos otra vida…, está el hecho de que seamos creados por un Padre Dios que es amor, de contar con Él en nuestro existir, de su gracia —su Espíritu Santo— que nos hace superar cualquier mal espiritual, con sus ángeles que nos acompañan y cuidan, de los santos que también miran e interceden por nosotros, por la Iglesia de Cristo de cuyo cuerpo formamos parte, los sacramentos, la Eucaristía… y tantos bienes de que por la fe somos conscientes —aunque no siempre de todo reconocidos ni ponderados— los que nos sentimos creyentes.

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