La Eucarística lo esto todo

El Sacrificio eucarístico es – dice el Concilio Vaticano II- ” fuente y cima de toda la vida cristiana“.

La Eucaristía lo es todo, y nos va la vida en ella. De modo que nunca abandonar la eucaristía, pues sin ella, “no tendréis vida en vosotros”  (Jn 6,53).

La Eucaristía es el sacramento de la vida eterna por excelencia: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54).

Sin la Eucaristía no hay vida interior verdaderamente cristiana, en ella está el secreto de la santidad. Somos santificados cuando nos alimentamos de ella, cuando su amor trasciende la propia vida, cuando somos adoradores y contemplativos del santísimo sacramento. Decía el papa Benedicto XVI quien quiera recibir la luz del Misterio del Amor de Dios manifestado en la Eucaristía, ha de arrodillarse y adorar a “Dios escondido” en la Hostia Santa.

Nadie comprendió mejor este arrodillarse y adorar a “Dios escondido” que la protagonista de esta excepcional y conmovedora historia que unos meses antes de su morir contaba el apóstol de la Hora Santa ante el Santísimo Sacramento el Obispo Fulton J. Sheen:

Mi mayor inspiración no fue un Papa, ni un Cardenal, u otro Obispo, y ni siquiera fue un sacerdote o monja. Fue una niña China de once años de edad.

         Cuando a mediados del siglo XX los comunistas se apoderaron de China encarcelaron a un sacerdote en su propia rectoría cerca de la Iglesia. El sacerdote observó aterrado desde la ventana como los comunistas penetraron en la iglesia y se dirigieron al santuario. Llenos de odio profanaron el tabernáculo, tomaron el copón y lo tiraron al piso, esparciendo las Hostias Consagradas. Eran tiempos de persecución y el sacerdote sabía exactamente cuántas Hostias contenía el copón: Treinta y dos.

         Cuando los comunistas se retiraron, tal vez no se dieron cuenta, o no prestaron atención a una niñita que rezaba en la parte de atrás de la iglesia, la cual vio todo lo sucedido.

         Esa noche la pequeña regresó y, evadiendo la guardia apostada en la rectoría, entró a la iglesia. Allí hizo una hora santa de oración, un acto de amor para reparar el acto de odio sacrílego. Después de su hora santa, se adentró al santuario, se arrodilló, e inclinándose hacia delante, con su lengua recibió a Jesús en la Sagrada Comunión. (En aquel tiempo no se permitía a los laicos tocar la Eucaristía con sus manos).

         La pequeña continuó regresando cada noche, haciendo su hora santa y recibiendo a Jesús Eucarístico en su lengua. En la trigésima segunda noche, después de haber consumido la última Hostia, accidentalmente hizo un ruido que despertó al guardia. Este corrió detrás de ella, la agarró, y la golpeó hasta matarla con la culata de su rifle.

         Este acto de martirio heroico fue presenciado por el sacerdote mientras, sumamente abatido, miraba desde la ventana de su cuarto convertido en celda.

 

         Cuando -continúa el Obispo Sheen- escuché el relato, me inspiró a tal grado que prometí Dios que haría una hora santa de oración frente a Jesús Sacramentado todos los días, por el resto de su vida. Si aquella pequeñita pudo dar testimonio con su vida de la real y hermosa Presencia de su Salvador en el Santísimo Sacramento, entonces como obispo me veía obligado a lo mismo. Mi único deseo desde entonces sería, atraer el mundo al Corazón Ardiente de Jesús en el Santísimo Sacramento.

         La pequeña le enseñó al Obispo el verdadero valor y celo que se debe tener por la Eucaristía; como la fe puede sobreponerse a todo miedo y como el verdadero amor a Jesús en la Eucaristía debe trascender a la vida misma.

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