Cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Co 12,10). La debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres (1 Co 2,25). Nosotros necios… nosotros débiles… nosotros despreciados (…). Hemos venido a ser como la basura del mundo y el desecho de todos (1 Co 4,10-13).
Tu los miras y los tomas en tus manos: El desvalido se confía a Ti (Sal 9-10,14).
***** Dios escoge a los débiles: Empieza quedándose con Abel; llama a Abrahám, sin cualidades especiales, con una mujer estéril, nómada o seminómada sin tierra, hombre poco apto para cualquier empresa; en la misma línea esta la elección de Jacob y José; Moisés, un niño abandonado a morir en las aguas, medio tartamudo y fugitivo; David, un pastorcillo, o Amos, pastor cultivador de hijos a quien Yahvé tomó de detrás del rebaño, o Isaías, hombre de labios impuros en un pueblo de labios impuros, o Jeremías, que tan sólo era un muchacho y tartamudo; Judit y Ester, manos de mujer en un mundo de hombres, que Dios escoge para actuar y salvar; María, una mujer «normal», callada, silenciosa, una jovencita humilde y sencilla (la de «la pequeñez de su esclava»); los pastores, una clase marginada, en Belén fueron los primeros en recibir la Nueva Buena; María Magdalena, una mujer y prostituta, fue la primera en saber la Nueva Buena de la Resurrección; el buen ladrón, un delincuente, el primero en entrar en el paraíso; Pedro, un tozudo pescador; Pablo, un fanático perseguidor del cristianismo. (…) San Francisco, todo humildad, que nada tuvo teniéndolo todo; san Juan de la Cruz, al que santa Teresa le llamara cariñosamente «medio fraile», por su apariencia insignificante; el santo cura de Ars, que de ser sentenciado como incapacitado para ejercer el sacerdocio, a llegar a confesar a la reina de Francia; santa Teresita de Lisieux, con pocas letras y con veinte años, declarada doctora de la Iglesia; …y la pléyade de aquellos que desde su humildad, sencillez e insignificancia llegaron a ser santos y beatos. Y por fin, las múltiples apariciones marianas a gentecilla minúscula, sin importancia, inocente…, perdidos en pueblecitos y aldeas remotas. Israel, un pueblo de tribus, minúsculo, probablemente condenado a extinguirse, que habría de alumbrar en su seno al Salvador. Jesucristo, el «tododébil», la pobreza personificada, nacido en un pesebre…, El maldito que cuelga del madero. *****
Lo débil, lo marginal, lo inútil… elegido para confundir la lógica de lo fuerte y la razón: Dios eligió lo necio del mundo para confundir a los sabios, lo débil para confundir a los fuertes, lo vil, lo despreciable, lo que es nada, para anular lo que es, para que nadie se gloríe de la delante de Dios (1 Cor 1,26-29). Así habla Yavé: No se glorie el sabio en su sabiduría, no se glorie el fuerte en su fortaleza, no se glorie el rico en su riqueza (Jer 9,22).
Cuanto más pequeños seamos más grandes nos hará ser. Mantenerse en la pequeñez y en debilidad se necesita —paradójicamente— de una fuerza extraordinaria. A nuestro orgullo se le hace doloroso tener que admitir que no existe mayor fuerza que la de atreverse a ser débil con esa debilidad. Dios ha dado suficientes pruebas de su misericordia para que no tengamos nada que temer de nuestra debilidad, y temamos, en cambio, a la fortaleza de nuestro orgullo y a la dureza de nuestro corazón. «Dios me ha concedido esta gran misericordia de no poner en mí nada sobre lo cual pueda apoyarme: ni talento, ni ciencia, ni sabiduría, ni fuerza, ni virtud» (San Juan Bautista María Vianney , el Cura de Ars)[1]. La debilidad tiene la virtualidad de abrirse a lo que le venga de fuera que le pueda ayudar y fortalecer. Lo débil se dispone -se confía- a ser ayudado. “¡Es tan bueno sentirse uno débil y pequeño!” (Santa Teresa de Lisieux)[2]. ..ooOoo..
Cristiano es uno que ha aprendido a ser pobre, débil, vulnerable… dispuesto a perder, a dar la vida, a ser crucificado, a no luchar, a no defenderse, a no resistir a las tinieblas con sus armas. Aprendamos de Dios, que se muestra como un niño, débil e indefenso, en medio de las fuerzas del mundo. El mal lucha con todo tipo de violencias, poderes y armas, Dios sólo con las del amor. El amor nos hace débiles según el mundo, y la prepotencia de éste no lo comprende, pues es de otro orden. Jesús ante la tentación de apoyarse en el poder terrenal lo rechazó tajantemente. Cada vez que la muchedumbre quiso proclamarle rey, cada vez que los discípulos quisieron apartarle de un camino que conducía a lo inevitable se opuso retirándose al desierto… ..ooOoo..
«Dios nos dice: Tenéis que ser fuertes con mi fortaleza y alegres con mi alegría, porque no tengo otra cosa que daros»[3]. Temamos nuestros alardes de fuerza, y no precisamente nuestra debilidad. «Te basta mi gracia; mi fuerza actúa mejor donde hay debilidad» (2 Cor 12,9). Estar del lado del débil es un principio cristiano. Lo que no tiene importancia para el mundo, sí para la lógica evangélica. Lo que a los ojos del mundo parece como más débil e insignificante, a los ojos de Dios es lo más fuerte. Creamos esto; creámoslo sinceramente.
……………………….. [1] En DIAZ ALVAREZ, M.: «El cura de Ars», Paulinas, Caracas 1981, p.17. [2] Manuscritos 20.4. [3] ELEVY, L.: o. c., p.83. |
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