La liturgia de la palabra de la misa de hoy, 14 de octubre, además de comentar brevemente el Evangelio (Lc 11,37-41) t
En el Evangelio (Lc 11,37-41) de la liturgia de la palabra de la misa de hoy, 14 de octubre, Jesús habla claro a un fariseo que le había invitado a comer, haciéndole comprender lo equivocado de los fariseos de vivir la religiosidad basándose en una práctica exterior, de apariencias, obviando lo que realmente importa: la actitud interior, lo que brota del corazón. Después comentamos brevemente la primera lectura (Rom 1,16-25) de san Pablo.
Así dijo[1] el papa Francisco refiriéndose a los fariseos: «gente que sigue la religión del maquillaje: la apariencia, el aparentar, el hacer como que, pero dentro…. Para ellos Jesús usa una imagen muy fuerte: vosotros sois como los sepulcros blanqueados, bonitos por fuera pero dentro llenos de huesos, de muertos. (…) Pidamos al Señor que no nos cansemos de ir por este camino, de no cansarnos de rechazar esta religión del aparentar, del parecer, del hacer como que…» «Y proceder silenciosamente, haciendo el bien, gratuitamente como nosotros gratuitamente hemos recibido nuestra libertad interior«.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,37-41):
En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa.
Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: «Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.»
Tras oír hablar a Jesús, el fariseo, seguramente que impactado por la autoridad con la que Jesús se expresaba y el contenido fresco de lo que oyó, le invitó a comer a su casa. Lo cual era un gesto de suma cortesía y de confraternización verdadera. Al comenzar a comer Jesús no se lavó las manos, como era costumbre, antes de comer (seguramente este era una obligación «moral» o mandamientos de unos de esos 613 preceptos que observan los judíos), y este seguramente procedía de algún momento histórico en que por contaminación se habría extendido alguna epidemia a toda la población, y por higiene de salud pública se redacto este precepto, seguramente, y lo que era una obligación puntual para salvar a la población en general, quedó convertido en un imperativo moral para siempre.
De modo que Jesús, ante la sorpresa del fariseo, le dio una explicación del porqué, y a su vez una enseñanza importante. Con tono amable pero firme, hablando en plural sobre los fariseos y sus escrúpulos «morales» exteriores, de apariencia, y de poca autenticidad interior, que es lo verdadero, lo que afecta a la salud de alma, le dijo a su anfitrión para que dejara de estar en la necedad, en la hipocresía: «Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.» La hipocresía emboscada nos hace necios, nos arrebata de la humildad, ensoberbece, es una posición insensata de resistencia -consciente o no- a la salvación. De ahí que Jesús se muestre tan contundente, pues la cosa es grave, generalizado en la sociedad judía de entonces dirigida por los escribas y fariseos. Dice el Papa Francisco: «La hipocresía es el lenguaje del diablo, es el lenguaje del mal que entra en nuestro corazón y se acerca al diablo.».
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (1,16-25):
Yo no me avergüenzo del Evangelio; es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree, primero para el judío, pero también para el griego. Porque en él se revela la justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: «El justo vivirá por su fe.» Desde el cielo Dios revela su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Porque, lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista; Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para la mente que penetra en sus obras. Realmente no tienen disculpa, porque, conociendo a Dios, no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía, al contrario, su razonar acabó en vaciedades, y su mente insensata se sumergió en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles. Por esa razón, abandonándolos a los deseos de su corazón, los ha entregado Dios a la inmoralidad, con la que degradan ellos mismos sus propios cuerpos; por haber cambiado al Dios verdadero por uno falso, adorando y dando culto a la criatura en vez de al Creador. ¡Bendito él por siempre! Amén.
Al que cree en el Evangelio, le procura una fuerza salvadora, es decir, la fe le hace piadoso, justo, santo; esto es lo que procura la salvación. Quien tiene esta verdad prisionera, quien la niega, por su pecado, por vivir en la impiedad y la injusticia, le lleva a opacar, a velar el conocimiento de Dios. Él se ha manifestado a todos, también a los que no han conocido aún el Evangelio, a través de lo tienen a la vista; Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para la mente que penetra en sus obras. Realmente no tienen disculpa. Ensoberbecidos en sus conocimientos humanos, en su hipócrita sabiduría, han dando la espalda a Dios, su razonar acabó en vaciedades, y su mente insensata se sumergió en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron unos necios. Así han acabado centrándose en sus deseos terrenos, sus ídolos, dando de lado a Dios.
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Palabras del papa Francisco
(Homilía en Santa Marta, 16 de octubre de 2018)
Estas no son palabras bonitas, ¿verdad? Jesús habló con claridad; no era hipócrita. Habló con claridad: «Sois sepulcros blanqueados». Bonito cumplido, ¿verdad? Jesús distingue las apariencias de la realidad interior. Estos señores son los «doctores de las apariencias»: siempre perfectos, pero ¿qué hay en el interior? (…) Tengan cuidado con la gente rígida. Tengan cuidado con los cristianos —sean laicos, sacerdotes, obispos— que se presentan como tan «perfectos», tan rígidos. Y tengamos cuidado con nosotros mismos, porque esto debe llevarnos a reflexionar sobre nuestras vidas. ¿Intento fijarme solo en las apariencias? ¿Y no cambio mi corazón? ¿No abro mi corazón a la oración, a la libertad de la oración, a la libertad de la limosna, a la libertad de las obras de misericordia?
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Catena Aurea
San Cirilo, in Cat. graec. Patr
El fariseo, a pesar de su tenacidad, llamó al Señor a su propia casa; por esto dice: «Y cuando estaba hablando, le rogó un fariseo que fuese a comer con él».
Beda
San Lucas no dice: «Y cuando decía estas cosas», para dar a entender que no fue inmediatamente después de decir lo que había narrado antes, sino que pasaron algunos momentos antes que el fariseo le rogase fuese a comer con él.
San Agustín, De cons. Evang. lib. 2, cap. 26
San Lucas, en efecto, difiere en este relato de San Mateo acerca del lugar en donde los dos refieren lo que dijo de la señal de Jonás, de la reina del Mediodía y del espíritu inmundo. Después de este discurso, dice San Mateo ( Mt 12,46): «Todavía estaba hablando a las turbas, cuando su madre y sus hermanos llegaron a la puerta deseando hablar al Señor»; pero San Lucas se separa en este discurso del orden que había seguido con San Mateo, recordando algunas palabras del Señor que San Mateo no había referido.
Beda
Y así, cuando le anunciaron que estaban fuera su madre y sus hermanos, y dice: ( Mt 12,50) «El que hiciere la voluntad del Señor, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre»; es de suponer que había entrado ya al convite por el ruego del fariseo.
San Cirilo, ubi sup
Pero el mismo Jesucristo, que conocía la malicia de estos fariseos, condescendió con ellos para ganarlos, a semejanza de los buenos médicos, que prodigan sus remedios a los enfermos más graves. Por esto sigue: «Y habiendo entrado, se sentó a la mesa». Dio ocasión a las palabras de Jesucristo el indócil fariseo, que se escandalizó, porque creyendo que era justo y profeta, no actuaba conforme a la irracional costumbre de su pueblo; por lo cual, sigue: «Entonces el fariseo, discurriendo consigo mismo, comenzó a decir: ¿Por qué no se habrá lavado antes de comer?».
San Agustín. De verb. Dom., serm. 30.
Los fariseos acostumbraban a lavarse con agua todos los días antes de comer, como si esto pudiera purificar su corazón. Así pensó, pues, el fariseo, pero no dijo nada. Sin embargo, lo oyó quien veía el interior del corazón. Por esto dice: «Y el Señor le dijo: Ahora vosotros los fariseos limpiáis lo de fuera del vaso y del plato: mas vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad».
San Cirilo, ubi sup
Podía el Señor haber usado de otras palabras para amonestar a aquel mal fariseo; pero aprovechó la ocasión y formó su argumento de lo que tenía más a la mano. Así que, como estaban en la mesa y durante la comida, toma por ejemplo la copa y el plato. Y enseña que así como los vasos que se presentan en la mesa, deben estar limpios de toda suciedad exterior, así todos los que sirven al Señor sinceramente deben estar lavados y limpios, no sólo de la impureza del cuerpo, sino de la que está oculta en lo interior del alma.
San Ambrosio
Aquí nuestros cuerpos son comparados con las cosas terrenas y frágiles, que al menor golpe se quiebran. Lo que está en lo interior del alma se revela fácilmente por medio de los sentidos y los movimientos del cuerpo, del mismo modo que se ve por fuera lo que una copa contiene. Por tanto no cabe duda de que con la palabra copa se da a conocer las pasiones del cuerpo. Observemos que no es lo exterior de esta copa y de este plato lo que nos mancha, sino lo interior, porque dijo el Señor: «Mas vuestro interior está lleno de rapiña y de maldad».
San Agustín. De verb. Dom. serm. 38
¿Cómo no perdonó a aquel hombre que le había convidado? Pero fue más indulgente reprendiéndolo para perdonarlo en su tribunal justiciero. Después nos da a conocer que el bautismo, que se recibe una sola vez, limpia por la fe. Esta fe está en lo interior, no en lo exterior; y como los fariseos la menospreciaban lavando lo de fuera, quedaban muy manchados interiormente,. Es lo que condenaba el Señor, diciendo: «¡Necios! ¿No sabéis que el que hizo lo de fuera hizo también lo de dentro?»
Beda
Como diciendo: El que hizo las dos dimensiones del hombre desea que ambas estén limpias. Lo cual es contrario a los maniqueos, que dicen que Dios sólo ha creado el alma, pero que la carne ha sido creada por el diablo. Esto también se opone a los que detestan como muy graves los pecados corporales (como son la fornicación, el hurto y otros semejantes) y consideran leves los espirituales, que condena no menos el Apóstol ( Gal 5).
San Ambrosio
El Señor, como buen maestro, nos enseña de qué modo debemos limpiar la impureza de nuestro cuerpo, diciendo: «Esto no obstante, lo que resta, dad limosna: y todas las cosas os son limpias». Ve aquí cuántos remedios. La misericordia nos purifica, la palabra de Dios nos purifica, según lo que está escrito ( Jn 15,3): «Ya habéis quedado limpios por la palabra que os he dicho».
San Agustín, De eleemosyna
El misericordioso aconseja que se ejercite la misericordia. Y, como desea preservar a todos los que ha redimido a tan gran precio, enseña que pueden purificarse de nuevo los que se han manchado después de la gracia del bautismo.
Chris., in Cat. graec. Patr., ex-homiliis in Joannem.
Dice, pues: Dad limosna, no injusticia; porque hay limosna que carece de toda injusticia. Esta lo limpia todo y es mejor que el ayuno, más difícil, pero menos meritorio. Pues la limosna es el lustre del alma, la enriquece y la hace aparecer buena y hermosa. El que piensa compadecerse de la miseria de otro, empieza a abandonar el pecado. Porque así como el médico que cura con frecuencia a los heridos, se compadece fácilmente reconociendo su propia fragilidad, y por los sufrimientos ajenos, así nosotros, si nos ocupamos en socorrer a los necesitados, menospreciaremos fácilmente lo presente, y nos elevaremos hasta el cielo. No es pequeño el remedio de la limosna, puesto que puede aplicarse a todas las heridas.
Beda.
Dice: «lo que resta», esto es, lo que no es necesario para comer y vestir. Porque no manda que se haga la limosna de modo que tú mismo te reduzcas a la indigencia, sino que, satisfechas las necesidades de tu cuerpo, des al pobre todo cuanto puedas. También puede entenderse de este modo: Lo que resta, esto es, el solo remedio que queda a los que andan preocupados por sus muchas maldades es dar limosna. Esta palabra se refiere a todas las obras de misericordia, porque da limosna no sólo el que da de comer al que tiene hambre y otras necesidades por el estilo, sino también el que perdona a quien le falta y ruega por él, y el que corrige a otro castigándolo con alguna pena para que se enmiende.
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[1] Homilía Santa Marta, 11 de octubre de 2016.
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