Intocables. A los que Dios toca.

Dios tiene una especial predilección por aquellos que todo el mundo desprecia, por los excluidos, los pordioseros, los apestados (que tienen la peste y/o que apestan)… Los malditos, en definitiva.

Tal vez es que Dios como padre que es, y madre, siente inclinación a prestar atención al hijo más necesitado, al más débil.

Recuerdan la película de Ben-Hur en que la hermana y la madre están apartadas de la población, viviendo en unas, junto a otros leprosos. Más o menos refleja claramente cómo era la existencia de esta pobre gente: además de la terrible enfermedad, la miseria…, estaba también la exclusión social. Tremendo. Peor que animales.

En el libro “La ciudad de la alegría” se narran cómo para curar a unos leprosos se tenían se sanar los dedos hechos muñones; al colocar la mano sobre la mesa para la cura, cuenta que salían de los dedos putrefactos, corroídos por la lepra, gusanos que corrían por la mesa. (Si da grima contarlo, ¡cómo será el vivirlo o padecerlo!).

En las lectura de la Palabra de ayer domingo, Dios nos hablaba de ese mal de la lepra. En el evangelio de San Marcos 1,40-45: En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme.” Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Quiero: queda limpio.”

Aquel intocable, expulsado de la comunidad, de la convivencia, se arrastra hasta Jesús, y cuando todo el mundo  se habría alejado de aquel apestado e intocable, el Señor, se le extiende la mano y le toca.

El amor misericordioso de Dios es más poderoso que cualquier impedimentos establecido. Jesús no es políticamente correcto; se salta lo establecido, y el lugar de huir se acerca, sana y salva al ser humano destruido por el mal físico y moral.

Los que seguimos a Cristo, los cristianos, no tenemos más guía de conducta que la de nuestro Maestro. San Francisco lo entendió muy bien, tanto que venciendo la gran repugnancia que le causaban los leprosos, llegó hasta besar a uno en la mano.

Otras cristianos y santos nos han dado ejemplo del ejemplo de Cristo: El Padre Damián, que acabaría dando la vida por los leprosos en Molokai (Hawai), contagiado. San Isabel de Hungría, el padre Raúl Folleró, la Madre Teresa de Calcuta, etc. . Y hoy día tanta leproserías (hasta 800) atendidas por misioneras y misioneros y voluntarios y hermanos en la fe.

 

Recogemos unas palabras del papa Francisco, al respecto:

“Ninguna enfermedad es causa de impureza: la enfermedad ciertamente toca a toda la persona, pero de ningún modo afecta o le inhabilita para su relación con Dios. Así, una persona enferma puede permanecer unida a Dios”.

“El pecado sí que te deja impuro. El egoísmo, la soberbia, la corrupción, esas son las enfermedades del corazón de las cuales es necesario purificarse, dirigiéndose a Jesús como se dirigía el leproso: ‘Si quieres, puedes purificarme’”.

“Cada vez que acudimos al sacramento de la Reconciliación con el corazón arrepentido, el Señor nos repite también a nosotros: ‘Quiero, queda purificado’”.

“La lepra del pecado desaparece, volvemos a vivir con alegría nuestra relación filial con Dio y quedamos plenamente reintegrado en la comunidad”.

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