Implicados

         «Comprender es transportarse a otra vida” (Dilthey).

         «Conocer algo, es hacerme aquello que conozco” (Unamuno)[1].

         «El verdadero amor hace suyas las angustias del angustiado” (San Juan Crisóstomo)[2].

      «Sólo se ríe de las heridas quien jamás fue herido” (Sakaspeare).

      Dice un personaje de A. Camus:

                  ?No  ?dijo Rambert con amargura?, usted no puede comprender. Habla usted en el lenguaje de la razón, usted vive en la abstracción”[3].

         Sí. Como ya apuntaba el filósofo Dilthey hay una distinción fundamental entre las ciencias de la naturaleza «que explican» y las ciencias del espíritu que «comprenden».

         Conocer verdaderamente no es cuestión del intelecto, sino de toda la persona: porque un conocimiento que es pensado pero no sentido, no merece llamarse propiamente conocimiento. Saber, conocer, no es suficiente; se necesita estar ahí presente, verse afectado, comprometido. Tiene que haber compromiso emocional más que intelectual.  El conocimiento que no se hace emoción no mueve a la voluntad. M. Ponty decía acertadamente que «no es la ciencia sino la indignación lo que te hace revolucionario». Es decir, que lo que no es afectivo no es efectivo, realmente.

         “Sentir significa estar implicado en algo. Tal implicación es parte estructural inherente de la acción y el pensamiento y no un mero ‘acompañamiento’. (…) El centro de mi conciencia puede ocuparlo la propia implicación o el objeto en que estoy implicado. Según lo que se encuentre en el centro de mi conciencia el sentimiento (implicación) puede ser ‘figura’ o ‘transfondo’”[4].

         Hasta que no nos vemos implicados no penetramos en el sentir verdadero. Quien no ha sido herido no comprende la profundidad de la herida (ajena). Entremos en el plano existencial del otro, de los demás, para saber algo realmente de ellos, y así comprenderlos.

         Sentir misericordiosamente es transportarte al otro, a la intimidad del otro. Meterse en la profundidad de su piel.

       “En el ‘comprender padeciendo’, que es la tragedia clásica, hay también un horizonte que no es el solo privilegio del conocimiento, por visión objetiva,…”[5]. La realidad humana solo comprende y se comprende dentro de una relación vital. Cualquier otro intento es objetivación.

         Se comprende si se produce empatía, si hay impacto (im-pacto), si nos alcanza, si nos toca dentro, si produce algún efecto «decisivo» en nosotros. De lo contrario, es como si no existiera, como  ?y así es? no tuviera realidad.

         «Conciencia, ‘conscientia’, es conocimiento participado, es consentimiento, y con?sentir es com?padecer”[6].

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

[1] US, p.132.

[2] SB, n.1797, p.875.

[3] La peste, Ed. Sudamericana, Buenos Aires 1983, p.72.

[4] HELLER, A., Teoría de los sentimientos, Fontamara, Barcelona 1982, pp.19 y 23.

[5] ZAMBRANO, Mª., El hombre y lo divino, Fondo de Cultura Económica, México, p.252

[6] US, p.155.

 


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