Conversión

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         Ved: yo os pongo hoy delante bendición y maldición. Bendición, si os mostráis obedientes a los mandamientos de Yahvé vuestro Dios, que yo os prescribo hoy. Maldición, si os apartáis del camino que yo os he señalado y os vais tras los dioses que no habéis conocido (Dt 11,26-28).

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           En Nueva Guinea, cuando los papúes se convertían y deseaban ser bautizados, tenía lugar una gran fiesta, oportunidad en la cual muchos paganos asistían a la ceremonia. El misionero Albert Hoffmann cuenta al respecto:

           Lo más importante de ese acontecimiento ocurría la víspera. Se encendía entonces una gran hoguera; los que habían pedido ser bautizados se acercaban, llevando en sus brazos todo lo que formaba parte de su fetichismo: objetos mágicos, estatuillas de dioses, amuletos, y echaban todas esas señales de su antigua creencia en las llamas. Un día, pude observar a una joven que avanzaba también con los brazos cargados de estatuillas y amuletos. Pero, en el momento en que quiso echar todos esos objetos en las llamas, no lo consiguió.

           Debía de estar diciéndose: «Todo esto formaba parte de la vida de mis antepasados. Todo mi pasado está ligado a ello; no puedo separarme de esto”. Retrocedió. Al mismo tiempo, le vino a la mente: «Pero así no puedo pertenecer a Jesús”. Volvió a avanzar tres pasos, pero de nuevo no puedo separarse de su carga y retrocedió una vez más. Entonces me acerqué a ella y le dije: «Es demasiado difícil para ti. Reflexiona aún un poco y te harás anotar para la próxima ceremonia de bautismo». La joven lo pensó un instante, dio tres rápidos pasos, echó todo al fuego y… se desmayó.

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            Sólo alguien que ha vivido una verdadera conversión puede comprender la emoción de esa mujer.

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         El riesgo, las dudas, las contradicciones, la perplejidad, la ambivalencia, la inseguridad,… es parte de la aventura de vivir.

         Nadie en estado de confusión decide. Pero cierta dosis de ambivalencia es normal. No es posible tenerlo todo claro, no dudar nada es imposible; nada se da en estado totalmente puro. La peor decisión es la indecisión. Que las circunstancias, los acontecimientos y el tiempo no decidan por uno mismo.

         Cuanto más importante es el contenido de la decisión tanto más grande se hace una pequeña duda.

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         «Antes de tomar conciencia de cualquier conversión es preciso tomar conciencia de lo anónimo e impersonal que hay en toda vida. Es la distracción, de la que hablaba Pascal, el estadio estético de Kierkegaard, la vida inauténtica de Heidegger, la alienación de Marx, la mala fe de Sartre”[1].

           Funcionamos según el mundo, con esquematismos mentales cerrados, con la lógica de las tinieblas. Y es fundamentalmente en este sentido donde se ha de dar la conversión, en la conversión del juicio: del pensar, del entender, del sentir,…

         La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a él nuestros corazones: Conviértenos, Señor, y nos convertiremos (Lc 5,21). El corazón del hombre endurecido requiere de una gracia especial, de la intervención divina, que le haga un trasplante de corazón, se necesita un corazón no escletorizado, se necesita de un corazón nuevo (cf. Ez 36,26-27).

 

         La conversión no es un acto solo: toda la vida es una continua conversión. A cualquier hora nos espera la gracia de la conversión. (La contrata de los labradores, en el Evangelio). Hasta el último momento de la vida podemos convertirnos.

         Hay muchos caminos. Y cada alma es un misterio.

         La conversión no suele ser espectacular. No es frecuente  este tipo de conversión  a lo san Pablo. Pero sí se nota: en que la persona se vuelve más tierna, bondadosa, etc., cierta calidad de discreción y disponibilidad, una sensibilidad especial para percibir lo que está a su alrededor, una tonalidad amable en el carácter.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] A. DOMINGO MORATALLA, Un humanismo del siglo XX: el personalismo, Ed. Cincel, Madrid, 1986, p.115.

 


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