
«Vosotros sois todos hermanos» (Mt 23,8).
«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! » (1Jn 3,1)
«Si recibimos el alma de un solo Dios, ¿qué somos sino hermanos? .» (Lactancio).
El mundo del colegueo, del buenismo de pacotilla, de la empatía postiza de un pathos común (-naturaleza- que se niega), especie de solidaridad (ya desgastada y poco creíble)… es decir un devenir del «igualité, fraternité…». Nostalgia oculta, melancolía de lo que se adivina como necesario y verdadero, y que ya no lo es. Todo esto es pura filfa, politiqués de las élites, pura pose y autofalseamiento que se pretende expandir globalmente. Pero nada, nada de nada.
El doctor E., en otro tiempo era uno de los médicos más ricos de la ciudad de H. Era agnóstico, hasta que un día encontró a Cristo, y entonces renunció a su consulta de la que obtenía pingües beneficios, y abrió una sencilla clínica a disipación de los pobres del «ghetto», de forma gratuita.
Los míseros, los pobres buscan agua y no la hay,
su lengua de sed está reseca.
Yo, el Dios de Israel, no los abandonaré (Is 41,17).
