El “dogma” del amor a los pobres

  Mounier en una carta a R. Garaudy le decía:

         “Mi Evangelio es el evangelio de los pobres. Jamás nada me hará alegrarme de lo que pueda dividir al mundo y a la esperanza de los pobres. Sé que esto no es política, pero es un primer paso en toda política, y una razón suficiente para rechazar a ciertos políticos”[1].

         El amor a los pobres nos define como cristianos. Nadie se puede escabullir ante esta realidad insoslayable. Cristo manifestó su preferencia por ellos, y aquellos que nos consideramos sus seguidores no nos cabe otra opción que la de mirar con amor misericordioso a los pobres, en los que vemos a Cristo, quien manifestó su identificación con ellos: “aquello que hagáis a uno de estos, me lo hacéis a mí” (Cf. Mt 25,40).

         “Mirad que tenéis hermanos necesitados, y quien no los tiene por hermanos, no tenga a Dios por Padre, del cual se dice: Padre Nuestro” (San Juan de Ávila)

         San Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad: “No debéis olvidar que los pobres son nuestros dueños; tenemos que amarlos y obedecerles”

         “Hombre cerrado en sí mismo, que come y bebe y no piensa en los demás; el hombre encerrado dentro de las solas dimensiones del tiempo, obtuso en lo tocante a las necesidades de otros; el que no le interesa si se trata de Dios  o del prójimo; el hombre que habla de derechos, pero que es insensible a los deberes; el hombre que se considera justo y seguro de sí”[2].

         “La frecuencia y la intensidad del deseo de compartir, de dar y sacrificarse no son tan sorprendentes si consideramos las condiciones de la existencia de la especie humana. Lo sorprendente es que esta necesidad se haya reprimido tanto que el egoísmo se ha vuelto la regla en las sociedades industriales (y en muchas otras), y la solidaridad, la excepción; pero paradójicamente, este mismo fenómeno es causado por la necesidad de unión. Una sociedad cuyos principios son la adquisición, el lucro y la propiedad produce un carácter social orientado a tener, y después de que se establece la pauta dominante, nadie desea ser un extraño, o un paria; para evitar este riesgo, todo el mundo se adapta a la mayoría, que sólo tiene en común el antagonismo mutuo”[3].

          En la lógica del mundo de las cosas cuanto más das menos te queda. En cambio, en la lógica del Reino, en la lógica de Dios, cuanto más das más creces: “… mi espíritu que más se acrecienta cuanto más lo reparto”[4].

          “A ti mismo te aprovecha lo que dieres al necesitado; para ti mismo aumenta lo que disminuye tu hacienda. Te alimenta a ti el pan que dieres al pobre, porque quien se compadece del pobre se sustenta a sí mismo de los frutos de su humanidad. La misericordia se siembra en la tierra y germina en el cielo. Se planta en el pobre y se multiplica delante de Dios”[5].

         Sólo se tiene lo que se da, sólo se encuentra lo que se pierde, sólo germina lo que se entierra.

         Darlo todo es tenerlo todo.

          Los míseros, los pobres buscan agua y no la hay,

          su lengua de sed está reseca.

          Yo, el Dios de Israel, no los abandonaré (Is 41,17).

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] En DOMINGO MORATALLA, A., Un humanismo del siglo XX: el personalismo, Ed. Cincel, Madrid, 1986, p.93.

[2] Cf. GIORDANO CABRA, P., Amarás con todas tus fuerzas (pobreza), Sal Terrae, Santander 1982, p.82-83.

[3] FROMM, E., El arte de amar, Ed. Paidós, Barcelona, 1984,  pp.107-108.

[4] UNAMUNO, M., Diario íntimo, Alianza Editorial, Madrid, 1983, p.157.

[5] SAN AMBROSIO, en SIERRA BRAVO, R, Doctrina social y económica de los padres de la Iglesia, Cia, Bibliografica Española, SA, Madrid 1967,n.1391, pp.677‑8.