El “dogma” del amor a los pobres

           Los míseros, los pobres buscan agua y no la hay,

          su lengua de sed está reseca.

          Yo, el Dios de Israel, no los abandonaré (Is 41,17).

Nadie que se tenga por cristiano puede olvidar por un instante esta verdad: que los pobres han de ocupar un lugar especialísimo en nuestro pensamiento, en nuestro corazón y en nuestro obrar. Por muchas razones, entre ellas, el que Dios lo ha querido así, es su voluntad, y porque son nuestros hermanos. 

Hombre cerrado en sí mismo, que come y bebe y no piensa en los demás; el hombre encerrado dentro de las solas dimensiones del tiempo, obtuso en lo tocante a las necesidades de otros; el que no le interesa si se trata de Dios  o del prójimo; el hombre que habla de derechos, pero que es insensible a los deberes; el hombre que se considera justo y seguro de sí”[1].

El amor a los pobres nos define como cristianos. Nadie se puede escabullir ante esta realidad insoslayable. Y es que Jesucristo manifestó su preferencia por ellos, y es más, hasta él mismo vivió pobremente (desde el nacimiento en un pesebre, hasta la exposición a la emigración a Egipto, o su humilde vida en una aldea perdida de Galilea, o el rodar de aquí para allá en su vida pública de tres años, durmiendo en cualquier parte y en el suelo…). De modo que aquellos que nos consideramos sus seguidores no nos cabe otra opción que la de mirar con amor misericordioso a los pobres, en los que vemos a Cristo, quien manifestó su identificación con ellos: “aquello que hagáis a uno de estos, me lo hacéis a mí” (Cf. Mt 25,40).

Decía en santo doctor de la Iglesia Juan de Ávila: “Mirad que tenéis hermanos necesitados, y quien no los tiene por hermanos, no tenga a Dios por Padre, del cual se dice: Padre Nuestro”. 

Y san Vicente de Paúl dirigiéndose a sus Hijas de la Caridad, las decía: “No debéis olvidar que los pobres son nuestros dueños; tenemos que amarlos y obedecerles”.

El padre de Personalismo Mounier en una carta a R. Garaudy le decía:   “Mi Evangelio es el evangelio de los pobres. Jamás nada me hará alegrarme de lo que pueda dividir al mundo y a la esperanza de los pobres. Sé que esto no es política, pero es un primer paso en toda política, y una razón suficiente para rechazar a ciertos políticos”[2].

Miembro tuyo es, por más que esté doblado bajo la desgracia. A ti, como a Dios, ha sido abandonado el pobre (Ps 10,14) y aun cuando tú, muy magnificamente, pasas de largo a su lado, acaso con esas palabras te conmueva. A ti se te propone un motivo de humanidad, por más que el ajeno (es decir, el diablo) trate de enajenarte.” (San Gregorio Nacianceno[3]). 

“La frecuencia y la intensidad del deseo de compartir, de dar y sacrificarse no son tan sorprendentes si consideramos las condiciones de la existencia de la especie humana. Lo sorprendente es que esta necesidad se haya reprimido tanto que el egoísmo se ha vuelto la regla en las sociedades industriales (y en muchas otras), y la solidaridad, la excepción; pero paradójicamente, este mismo fenómeno es causado por la necesidad de unión. Una sociedad cuyos principios son la adquisición, el lucro y la propiedad produce un carácter social orientado a tener, y después de que se establece la pauta dominante, nadie desea ser un extraño, o un paria; para evitar este riesgo, todo el mundo se adapta a la mayoría, que sólo tiene en común el antagonismo mutuo”[4].

En la lógica del mundo de las cosas cuanto más das menos te queda. En cambio, en la lógica del Reino, en la lógica de Dios, cuanto más das más creces: “… mi espíritu que más se acrecienta cuanto más lo reparto”[5]. Darlo todo es tenerlo todo.

 “A ti mismo te aprovecha lo que dieres al necesitado; para ti mismo aumenta lo que disminuye tu hacienda. Te alimenta a ti el pan que dieres al pobre, porque quien se compadece del pobre se sustenta a sí mismo de los frutos de su humanidad. La misericordia se siembra en la tierra y germina en el cielo. Se planta en el pobre y se multiplica delante de Dios[6].

Sólo se tiene lo que se da; pues queda escrito en los libros que van a ser leídos para la eternidad.

 

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[1] Cf. GIORDANO CABRA, P., Amarás con todas tus fuerzas (pobreza), Sal Terrae, Santander 1982, p.82-83.

[2] En DOMINGO MORATALLA, A., Un humanismo del siglo XX: el personalismo, Ed. Cincel, Madrid, 1986, p.93.

[3] “Discurso XIV, sobre el amor a los pobres”.

[4] FROMM, E., El arte de amar, Ed. Paidós, Barcelona, 1984,  pp.107-108.

[5] UNAMUNO, M., Diario íntimo, Alianza Editorial, Madrid, 1983, p.157.

[6] SAN AMBROSIO, en SIERRA BRAVO, R, Doctrina social y económica de los padres de la Iglesia, Cia, Bibliografica Española, SA, Madrid 1967,n.1391, pp.677?8.

 

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