Hermano árbol

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          “Dije al almendro: hermano, háblame de Dios.

          Y el almendro floreció” (Poema oriental).

 

      “Dichosos aquellos que son capaces de entender el lenguaje de las flores y de las cosas mudas” (Beaudelaire).

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           En una tarde de invierno, a través de la ventana del monasterio que daba a la plazuela en que se levanta un majestuoso árbol centenario, miraba el obispo de la diócesis; el cual preguntó al monje que le acompañaba por aquel hermoso ejemplar. El monje repuso que se trataba, según contaba la leyenda, de un árbol que sembró nuestro santo fundador.

           En esto que vieron pasar frente al árbol a un hombre que dirigiéndose a él le dijo algo. E inmediatamente —¡oh, maravilla!— el árbol floreció.

           —¿A visto usted eso? —dijo asombrado el obispo.

           —Sí, monseñor, a veces ocurre. Es cosa de santos.

        Y al rato pasó otro hombre, y también saludó al árbol, y éste de inmediato se llenó de frutos.

          —¡Pero… ha visto usted! —exclamó el prelado sin salir de su asombro—. ¡Ese hombre debe ser también un santo!

           Y pasado un tiempo, el obispo que permanecía inmóvil en la ventana, vio llegar frente al árbol a otro hombre; se trataba de un mendigo. Se próximo al tronco, y como si hablara a alguien la oído le dijo algo al árbol. Y al instante los frutos del árbol cayeron a sus pies. El mendigo los recogió con cuidado hasta llenar su capacho, y alegre se marchó.

           —¡Oh! ¡Prodigio! ¿También ese miserable debe ser un santo, hermano?

           —Así es, monseñor; pero doblemente santo, por santo y por pobre.

 

     Y pasó otra persona, que saludó también al árbol, y éste, sorpresivamente, tomó un color encarnado, ese color dorado característico de Otoño. Y el obispo enfatizó:

           —Ese,… ese, en cambio, debe ser un gran pecador, cuando al dirigirse al árbol, éste se ha medio secado.

           —No, monseñor —repuso el hermano—. Ese pobre hombre ha alabado a Dios cantando al árbol su hermosura y la belleza con que el Creador le ha agraciado. Y el árbol, que ignoraba que fuera tan maravilloso, se ha ruborizado.

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        Lo de menos de un árbol es su madera, sus frutos, su sombra,… lo más importante es cuando se pone a hablar.

      Para quien está inmerso en la Presencia de la Palabra creadora, todas las cosas se convierten en mediaciones de lo que nos habla. En todo resuena como un estallido la Palabra silenciosa de Dios.

       Sin embargo, dada nuestra manera actual de estar en la realidad, de relacionarnos utilitaria, pragmática y economicistamente con las cosas, pretendiendo explotarlas, manipularlas, acapararlas…, nos incapacitamos para ver su belleza, lo que transparentan, cuanto nos comunican.

      ¿Sabemos de veras lo que significa vivir, sentir la vida compartida con las demás criaturas? Si así fuera seguro que seríamos capaces de hacer hablar incluso a los árboles, …y a la naturaleza entera. Para el hombre de fe profunda, el místico: ¡Todo está vivo y lleno de la presencia de Dios!

        Si alguna vez tu corazón se ha conmovido lleno de admiración ante el resplandor de la belleza de la obra de Dios, ¡estás cerca!… Has empezado a ver signos, signos maravillosos, donde los demás no ven sino cosas.

                            ¡Oh, bosques y espesuras,

                        plantados por las manos del Amado!

                                                                                  (San Juan de la Cruz).

 

 

         “Cuando miras un árbol y ves un árbol, no has visto realmente el árbol.  Cuando miras un árbol y ves un milagro, entonces, por fin, has visto un árbol”[1].

         Para el no creyente, es decir, para el hombre que no dialoga con Dios, Dios “no” habla, o es -aunque en su infinita misericordia lo hiciera, como si callara. Para el hombre de fe, que se comunica con Dios, Dios se hace Palabra, habla: cualquier acontecimiento,… hasta lo más inerte o mudo —una piedra, una planta, un animal, etc.— se puede convertir en una mediación, puente transmisor,… “voz” de Dios.

 

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         Un santo contemplativo puede hacer hablar a las piedras, o mejor dicho, escucharlas.

         La contemplación lleva al embeleso, a la admiración y a la gratitud, a la alegría y al maravillarse, a la mirada amable que reposa absorta, sumergida en la vida y en el presente, y que exultante exclama: ¡Oh! ¡Todo es gracia!

         Merece la pena toda una vida, para llegar a este estado exclamación. Al que tantos santos de Dios llegaron, gracias a Dios mismo y que a ello se prestaron.

 

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[1] A. DE MELLO, El canto del pájaro, Sal Terrae, Santander 1982, p.29.

 

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