«Conozco tus obras. Tu pasas por vivo, pero estás muerto.» (Ap 3,1b).
“En este mundo terreno hacer mal es frecuentemente laudable y hacer bienes en ocasiones locura peligrosa” (Shakespeare[1]).
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Hallábanse reunidos en la antesala los familiares y amigos. Cuando llegó el único hijo, procedente de Estados Unidos. Todos le rodearon comentándole entre lamentaciones la actitud de su padre, que enajenado se negaba a someterse a una operación que le salvaría la vida.
El hijo entró en el dormitorio donde el padre casi agonizaba. Y trató de convencerle de que depusiera su actitud. El Padre después de oírle, le hizo la siguiente reflexión:
—Hijo mío, aunque tengo bienes y riqueza suficiente para esa costosísima operación, he tomado la determinación de que no se me realice, aunque sé a ciencia cierta que sé me constará la vida.
—Pero…, padre…
—Creo, hijo, que no puedo, en conciencia, utilizar esa suma en mi provecho cuando hay tanta gente necesitada a la que se podría aliviar en su pobreza…
El hijo salió a la antesala y dijo a los presentes:
—Mi padre no ha perdido el juicio; él está más cuerdo que todos nosotros juntos.
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Mientras el ser humano mida las cosas de Dios con la cinta métrica, y según la lógica mundana de razonamientos interesados, egoístas y materialistas, está avocado al fracaso, a no entenderlas y, en verdad, a estar muerte, pues sus obras de nada valdrán, serán paja que arrastrará el viento.
Cuando una persona por su excesiva bondad es humillada, burlada, despreciada, tenida por boba o loca, por un mundo que no la comprende; entonces Dios está con ella, vivificándola; y en cambio, «la que lleva una vida disipada, viviendo está muerta» (1 Tim 5,6)
Hoy día choca un tanto ciertas respuestas, pues no se ajustan a los patrones de comportamiento establecidos, ya que el prototipo imperante de ser humano es el de un ser que mira por sus intereses. De ahí que al generoso o bondadoso se le tome poco más o menos que por idiota; esto también alcanza para el justo y honesto.
Ello es producto de la visión distorsionada de la realidad más profunda y verdadera; se ha producido un giro copernicano, llegando a cambiar en sentido de la bueno, noble y elevado. De forma que se ha generalizado, colectivizado, ese estimación pervertida, que aleja de lo propiamente humano; o sea, subvirtiéndose el sentido auténtico del bien y el amor, se ha producido una «natural» deshumanización.
Tener fe requiere de un coraje poco común, es estar dispuestos a ser tenido poco más o menos que por tonto, de perder a los ojos del mundo, y eso es una gracia, una fuerza que maravilla. Esto nunca será comprendido.
Está claro que para hacer el bien o para amar verdaderamente hace falta un grado de “locura”; pues ello conlleva renuncia y sacrificio; y hoy día esto es inaudito. A Cristo -que pasó haciendo el bien y amando demasiado, hasta el extremo- le llegaron a llamar loco.
«Sabemos, en efecto, que solemos llamar neuróticas a aquellas personas cuya manera de vivir contradice las pautas de conducta establecidas, con lo cual llegamos al contrasentido de tomar por locos precisamente a los únicos que objetivamente son maduros (los desinteresados). Viene ya de lejos: Los familiares de Jesús “fueron a echarle mano, porque decían que no estaba en sus cabales” (Mc 3,21).» [2]
«Lo que ocurre es que, precisamente porque la misma sociedad es neurótica, no aparecen como neuróticos los individuos: “Una locura cualquiera deja de serlo cuando se hace colectiva”.
«Los primeros cristianos al recibir el bautismo sabían que se exponían al martirio. Viviendo en la perspectiva del martirio, daban toda su fuerza a la expresión «servirse de este mundo como si no nos sirviésemos de él». No vive en la perspectiva del martirio, es aceptar las máximas del mundo, y así es imposible que la luz permanezca en nosotros.»[3]
No se puede ser víctima (mártir) por Dios, cuando uno pertenece más a la tierra que al cielo.
«Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles» (1 Cor 1,23).
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[1] Macbeth, act. IV, esc. 2
[2] GONZALEZ-CARVAJAL, L., La causa de los pobres, causa de la Iglesia, Sal Terrae, Santander, 1982, p.31.
[3] MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p160.
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