- Tener fe requiere de un coraje poco común, es estar dispuestos a ser incomprendido, y eso es una gracia, una fuerza que maravilla.
- Ser seducidos, fascinados para siempre por un misterio de amor misericordioso, donde se vislumbra el tesoro secreto del Reino.
- Dios está dispuesto a hacer -y hace- el 99%, pero el 1% de nuestra parte puede convertirse en un abismo («insalvable»).
- La conversión (cambio en el pensar, en el sentir, del corazón) es primariamente una gracia de luz, más que de esfuerzo. Dios toma la iniciativa para provocar toda conversión: «Conviértenos, Señor, y nos convertiremos» (Lc 5,21).
- En nuestro caminar es necesaria una continua conversión del corazón; de lo contrario, no se avanza. Con relación a Dios, todo es nuevo y mayor a cada instante.
- Uno de los más graves cuestiones en la vida de todos es la incapacidad de escucha, por obstinación o negación; es decir, la falta de disponibilidad para acoger lo que Dios dice o hace, y la falta de generosidad suficiente o respuesta sincera y comprometida. Dios se queda sin nadie con quien dialogar; su voluntad, su amor, su gracia… se frustran. Esto es tremendo.
- «¡¡Todo es gracia!!» Exclamación exultante de los santos contemplativos, presos de gozo por la presencia del Espíritu Santo en sus almas. ¡Presencia tan cercana a la nuestra!
- Tener los ojos del corazón siempre atentos, afectivos, a observar cuanto pasa y a ser tocados por cuanto vibre con un soplo de vida, requiere de un esfuerzo silencio previo.
- Asumir la realidad con todas sus dificultades según Cristo, sin huir de ella, sin retroceder ni resistirse. La realidad nos transforma según Cristo, al que nos hemos asimilado.
- Seguir a Cristo supone renunciar al mundo, a sus criterios y a su aprobación.
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