Gente sencilla

Dios revela su saber al corazón silencioso que escucha humilde. No de forma audible y en elevados conceptos; sino que le conduce a un íntimo y secreto saber, de amistad, que sucede sin que el pequeño incluso sea consciente de ello. Es un contemplativo, que no lo sabe que lo es. Dios está tan cerca de él que el mismo, por estar envuelto en su presencia, ni lo capta intelectualmente (cuya capacidad conceptual puede ser limitada y hasta simplista). Pero es guiado, llevado, cuidado por Dios, como a un niño frágil, al que Dios protege como un padre a su hijito.

Hoy quiero mencionar en estas líneas a fray Pablo Granados Rubio. Dominico que ha fallecido el 10 de julio, y al que tuve la dicha de conocer. No consta que hiciera grandes cosas; pero eso no importa. Cuantos le conocimos todos le teníamos por un santo.  (Pueden leer el artículo que le ha dedicado el padre dominico Chus Villarroel, AQUÍ). ¡Que el Señor le tenga en su gloria!

El texto del evangelio de la misa de ayer, 13 de julio de 2022,según san Mateo (11,25-27) dice:

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Jesús exultante de alegría y gratitud, y como Hijo que conoce al Padre, nos da a conocer que los misterios de Dios han sido revelados a la gente sencilla. Sí, así, porque al Padre le ha parecido mejor.

Y Jesús, el Hijo, es el indicado para dar a conocer «esas cosas»  -cómo es Dios- , encomendádonos que seamos, como Él es, mansos y humildes de corazón.

Estas son las almas de la predilección del Señor, que gozan del «saber» -sabor- secreto de las cosas de su Reino, a veces, sin que  ellas  mismas lo sepan; solo que las viven, las sienten, las disfrutan, es la gracia del reinado de Dios operando en ellas. Son almas envueltas en esa atmosfera amable, de calma, mansedumbre, suavidad, humildad, sencillez, inocencia, candidez, benevolencia, disponibilidad…

….

Los pequeños, que parecen no saber nada, que pasan inadvertidos, sin hacer ruido, están en posesión de los secretos del Reino. Dios en su magna voluntad ha querido que fueran estos y no otros… ¡Ay de los sabios, ay de esos ricos intelectuales. Qué difícil lo tienen! La ciencia hincha, y esa hinchazón no deja espacio para Dios. 

Aquellas almas pequeñas a las que se revelan los secretos del reino no son precisamente las que conocen la ley, los enciclopedistas de la «teología», la ciencia de Dios. Así ocurre siempre. El error básico es el de los suficientes y entendidos, el de los fariseos: la seguridad de ser los únicos portadores y destinatarios del reino de Dios.

Y es más «estos sabios» (sabiondos) hacen de su saber un dique a la irrupción libre e inesperada de la Sabiduría de Dios, de su Palabra reveladora, de su Espíritu. Revelación que queda reservada para los pobres desprovistos de atuendo mental, a los descomplicados, pequeños y sencillos; las almas cándidas gozan del este privilegio de la revelación de los secretos del reino. Esta es la autentica revolución del evangelio, que escapa a todo intento de manipulación.

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