«Amar significa comprometerse sin garantías, entregarse totalmente con la esperanza de producir amor en la persona amada. El amor es un acto de fe, y quien tenga poca fe también tiene poco amor» (E. Fromm)[1].
“Cabe preguntar si el creyente, cuando pide pruebas, no estará intentando simplemente poder prescindir de la fe y del Espíritu Santo. (…) La adhesión a Jesucristo pertenece al orden de la confianza, de la fe” (E. Charpentier)[2].
*****
Un joven se hizo pasar por muerto para saber lo qué realmente sentía su prometida. Cuando ésta se entero del luctuoso suceso sufrió tal shock que la condujo a una depresión tremenda que la tuvo al borde de la muerte.
Cuando el joven supo de la reacción de la muchacha, comprobando cuánto le amaba, se sintió satisfecho. Se presentó, entonces, ante el cura que les había de casar y le contó lo sucedido y cómo su novia había pasado la prueba; lo cual le proporcionaba la certeza segura para casarse.
Entonces, el cura se puso muy serio y con tono grave le dijo:
– Joven, en efecto, la prueba ha sido un éxito, por lo visto; pero el resultado ha sido un fracaso.
– ¿Cómo? ¡Si me quiere!
– Ella a ti sí, pero no tú a ella. Ella ha pasado la prueba; pero tú no.
*****
«Existen garantías sobre la consistencia de un puente que se acaba de construir, sobre la exactitud de una operación matemática, (…) Pero para aquello que constituye el meollo de lo humano nunca hay garantías: no existen garantías para la belleza de un cuadro, para la fuerza arrebatadora de una sonata, para el amor auténtico de una mujer”[3].
Confiar es parte del amor, y en sí tiene ya fundamento. La confianza es el cimiento sobre el que se edifica el amor.
Quien pide pruebas proclama que su fe es débil. Que quiere prescindir de la confianza, de esa parte fundamental del amor. Quien pide pruebas quiere probar a la persona en la que dice creer. Y esto mismo es ya un cuestionamiento de esa fe misma: un tengo mis dudas. Y ello es en definitiva un ataque corazón mismo del amor, a la relación que ha de sustentarse en la confianza. Sin fe no hay amor posible. Quien se apoya en las pruebas, se aleja de lo humano, de la persona, minimiza la relación entre personas. Entonces surge su cuestionamiento: ¿Qué tiene eso que ver con la realidad del amor? ¿Quien me puede probar que yo amo y que soy amado? En el amor no se puede prescindir de la fe, le es inherente. La relación amorosa, personal, pertenece al orden de la confianza. Quien cree poco ama poco.
Creer, confiar,… hoy día es temerario. Se requiere de mucho valor. Es justamente en el riesgo donde se pone de manifiesto la medida de la confianza, y por ende el amor.
…..
Lo dicho sobre nuestras relaciones personales, es también válido para nuestra relación de encuentro personal con Dios.
Para el creyente pedir pruebas es en el fondo un querer prescindir de nuestra confianza en que Dios no nos va a fallar. Es decir, carecer de la fe y de la gracia, para apoyarnos en algo nuestro, en algo material, palpable…
Creer no requiere pruebas evidentes, patentes, sino latentes: la experiencia inasible del amor de Dios, de una religación con la Trascendencia que se hace presente intimamente en la vida de cada persona, para santificarlal y salvarla.
La confianza en relación con Dios, requiere de coraje, del valor -gracia- del abandono en Dios mismo.
La confianza requiere de la actitud del niño, de la inocencia y sencillez, para no sospechar el posible desengaño; todo le es creible y confianble. El niño vive sumergido en el amor de sus seres queridos, que sabe imposible que le puedan fallar, confia ciegamente en lo real: el amor de una madre. Y porque vive de la fe se encuentra siempre inmerso en el amor de quien le ama.
“La confianza debe ser lo bastante profunda como para no exigir garantías. Cuando el demonio nos sopla: ‘¿Qué garantía tienes?’ y nosotros respondemos: ‘¡Ninguna!, pero no la necesito, no exijo ninguna garantía’, es como si lanzásemos una flecha al corazón de Dios: desde el momento que oye eso, precipita en nosotros el peso de las gracias que no consigue derramar en otra parte”[4].
…..
Insistimos:
Cuando se pierde capacidad de confiarse, se pierde capacidad de amar. De ahí nuestra responsabilidad en nuestras relaciones, y especialmente en las importantes –y en las que se expone el yo íntimo y afectivo–, en las que podemos herir, desengañar y dejar a la otra persona instalada en la desconfianza. Y esto es grave, muy grave.
¡Nunca dejes a nadie alejarse con un sabor de desconfianza!
PD.:
Hoy día, en un mundo construido sobre la desconfía, es decir, todas las relaciones (de pareja, comerciales, etc.) del ser humano están dinamitadas para que no se sustente en puentes vinculante de fe, de puentes de confianza. De modo que la confianza, el amor, y en definitiva la fe religiosa, han saltado por los aires, y hoy día resultan «imposible» creer. De manera que ya nada hay constante, estable, duradero, verdadero…
————————-
[1] FA, p.123.
[2] Para leer el Nuevo Testamento, Verbo divino, Estella (Navarra), 1982, p.19.
[3] SCHWEIZER, E., citado en GC, p.56.
[4] MO, p.242.
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

