A eso vamos, o en ello nos hallamos. Es decir, el abandono de la religión en Occidente está siendo bastante generalizado y repentino, un fenómeno sin parangón. Abarca a todos los credos, tiene especial incidencia en los jóvenes. Es un hecho asombroso, por su magnitud y por su velocidad.
Hay quien aboga por reinventarse, modernizarse, adaptarse a los tiempos, a la macha que marca el mundo, para que seamos entendibles; en definitiva, mimetizándonos al llamado el espíritu de los tiempos. Es decir, como si dijéramos: hacer una nueva religión, cambiándolo todo, especialmente la doctrina, contenido de nuestra fe.
Este clima mundano o espíritu de la época nada tiene que ver con el Reino del que es portador Cristo. Ya lo manifestó el mismo Señor ante Pilatos, representación del mundo en ese lugar y momento: “mi reino no es de este mundo”. O como dice san Juan: “el mundo yace bajo el poder del Maligno”. De modo que cualquier intento a la desesperada por, como se dice coloquialmente, “salvar los muebles”, resulta un vano intento y una traición a la doctrina de la Verdad.
Esto, además de ser una traición o perversión de la verdad revelada, es algo que ya se ha puesto en parte en práctica: en el ámbito protestante hay todo tipo de iglesias con multitud de acondicionamientos mimetizando a la sociedad: en la laxitud «moral», sin compromiso ni responsabilidad; en la «ideología de género» (nombrando todo tipo de géneros como clero, e incluso de parejas; de modo que se puede llegar a dos lesbinas como obispas celebrando una ceremonia, y cosas así); etc.
El resultado de estas experiencias han sido un fiasco: porque no resultan creíbles, para los fieles de toda la vida. Estos modernismo como que no convencen a nadie de los creyentes de vida de piadosa…; y para los modernos, pues tampoco; estos son como «liquido», inconstante, relativistas, sin verdad sostenible en el tiempo, edificados sobre arena. En definitiva, que eso de la nueva religión no funciona para nada.
Pero la realidad es que estamos en unos momentos cruciales para la fe. Estos son los hechos reales y contundentes del abandono de la religión: Holanda, Inglaterra, Alemania, Austria, Italia, España, etc., donde los templos en las celebraciones dominicales cada vez están más vacios, también los seminarios, los monasterios, al igual que el número de bodas, etc. E incluso hay países, como Holanda o Inglaterra en que en las encuestas la mayoría de la población se declara sin ninguna religión (es decir, agnóstica o atea). Y lo más triste es que una realidad que cada vez va a más y a más velocidad; de modo que en poco tiempo –ya está ocurriendo– se tendrán que cerrar muchos templos.
En definitiva, como decimos en el título, «poco fieles, pero fieles«. En Occidente en esto estamos ya: la increencia domina el paisaje y Dios no aparece como una presencia real y trascendente en nuestras vidas; los que verdaderamente creemos –practicando– somos ya pocos, y hasta cada vez más insignificantes, no se nos tiene en cuenta, pobres, sin prestigio, sin resonancia o apariencia social; pero esto no nos ha de desanimar sino más bien tenerlo como un privilegio por haber sido de los agraciados con la fe.
Esta pequeñez nos lleva a pensar en aquello del Resto fiel.
Este resto fiel se distingue hoy día por vivir en estado de gracia, acudir a misa a diario, por rezar el rosario, más que nunca, por hacer adoración, por frecuentar los sacramentos, por practicar la doctrina y dogmas tradicionales, por ser coherentes viviendo moralmente según el Catecismo… Todo ello por amor a nuestro Señor y en aspiración a la santidad.
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