
Hoy, 19 de junio, el Evangelio de la Liturgia (Mt 6,19-23) recoge la predicación de Jesús en que trsata de lo que es verdaderamente importante en lavida, que no son precisamente auellos de tgejas abajo, en las que se afanan muchos hombres, sino lo eu sed atesora en el cielo. Y lo sentencia: «donde está tu tesoro allí está tu corazón«. Frase cargada de contenido y que encierra verdad, que responabiliza sin que podamos fazarnos de ella así como así, como si nada.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (6,19-23):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque donde está tu tesoro allí está tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!»
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Reunido el Pleno del Ayuntamiento, tomó la palabra el Alcalde e informó:
—He recibido un comunicado del obispado anunciándome que el próximo domingo de Ramos vendrá el mismísimo Jesucristo en persona a visitarnos. Ante tan excelsa y extraordinaria visita hemos de disponernos a dar con todos los honores el recibimiento que corresponde a tan divina dignidad. Por lo tanto, según el bando municipal que redactaré de inmediato, todo el pueblo queda obligado a propiciarle todo tipo de atenciones, poniendo cuanto tenemos a su disposición, sin regatear esfuerzo y sacrificio alguno.
De esta manera el pueblo se dispuso con las mejores galas a acoger la llegada del Señor. El día señalado vieron venir por la lontananza a un hombre vestido de pobre.
—«¡Ya llega!, ¡Ya llega!» —exclamó el primero que apostado a la entrada del pueblo le vio aparecer.
—Sí, efectivamente El es —confirmó el sacerdote del pueblo—. Viene como a El le gustó siempre ser: pobre.
Le agasajaron según lo previsto, dispensándole todo tipo de atenciones: le dieron una suculenta comida y le vistieron con las mejores prendas, y a la partida le ofrecieron un cofre repleto de monedas de oro, para que atendiera a las necesidades de los pobres y marginados.
Al día siguiente llegó un hombre; y se presentó en el Ayuntamiento:
—Perdonad, pero me retrasé. Tuve que arreglar el día de ayer unos asuntos allá arriba en el cielo.
—¡Cómo! ¡Eres tu Jesús! —exclamó sorprendidísimo el alcalde—. ¡Corred, corred; salgamos en busca del mendigo de ayer, y recuperemos cuanto le dimos!
Todo el mundo salió por los caminos persiguiendo el tesoro que el «falso» Jesús se había llevado. Y Dios se quedó solo.
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¡Cuántos corren tras el falso tesoro del falso dios!, alejándose del Verdadero Tesoro que se encuentra con nosotros, dentro de nosotros.
Llegó Jesús, y se fueron. Porque allí donde está Dios, no puede estar prevalente el negocio mundano, su negación; son opciones -planteadas en terminos absolutos- contrapuestas. No hay lugar para dos señores.
Cuando el interés propio nos arrastra, nos hace alejarnos; cuando el oro sustituye a Dios, entonces somos ateos.
Hay quien en la vida persigue un tipo de riqueza -de los muchos tipos de ella existentes en un mundo empequeñecido que oferta gran variedad de ambiciones, que son efímeros placeres y orgullos marchitos-, e ignora el verdadero tesoro. ¡Riqueza que son verdadera pobreza!
La Escritura nos pone en guardia contra ese amor a la riqueza de la manera más seria. Lo hace mediante ejemplos tal como los de Balaam (Núm 22-24 y 2 Pe 2,15-16), de Giezi (2 Re 5) y de Judas (Mt 26,14-16 y 27,3-5). El amor al dinero llevó al primero por caminos perversos; el segundo enfermó de lepra y el tercero cometió la más grande traición que se pueda cometer.
“Nadie saldrá de este mundo cargado de bienes terrenos, sino desnudo de todas las cosas, incluso de su mismo cuerpo. Mas los que hubieran predicado la virtud tendrán una riqueza espiritual y llevarán de compañera de viaje la luz de su caridad para con los pobres” (San Cirilo de Alejandría)[1].
“El Reino de Dios no tiene precio, y sin embargo cuesta exactamente lo que tengas (…). A Pedro y a Andrés les costó el abandono de una barca y de unas redes; a la viuda le costó dos moneditas de plata…” (San Gregorio Magno)[2].
Si nos determinamos por atesorar lo máximo posible según la mundanidad, estaremos parasitados por los bienes materiales, de modo que allí donde estén estos está nuestro corazón, nuestro ser, yo. Recordemos el destino de estos bienes: ser roidos por la polilla y la carcoma; y esta será la suerte de nuestra alma, si nos apegamos definitivamene a ellas. Avisados estamos.
Siendo formados en la caridad y en toda riqueza de plenitud de la inteligencia para llegar al conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo, en el que se encuentran ocultos todos los tesoros… (Col 2,2-3).
Te daré los tesoros secretos,
las riquezas escondidas,
para que sepas que yo soy Yavé,
el Dios de Israel, que te ha llamado por tu nombre (Is 45,3).
«Siguiendo a Cristo, tratando de vivir de manera conforme a su Palabra, atesoramos riquezas que ni se echan a perder ni nadie nos puede robar. Se trata de tesoros “en el cielo”, pero que ya operan aquí en la tierra, en forma de luz y sabiduría para ver y discernir (elegir y realizar) valores y dimensiones que, sin esa luz del Evangelio, permanecen escondidos y en la oscuridad.» (José M. Vegas).
Si nuestro corazón está cegado por la osrudidad de la avaricia de los interes, especialmente del señor dinero, ¡cuánta será la oscuridad!
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Palabras del papa León XIV
(Audiencia general, 17 de diciembre de 2025)
La vida humana se caracteriza por un movimiento constante que nos impulsa a hacer, a actuar. Hoy en día se exige en todas partes rapidez para obtener resultados óptimos en los ámbitos más diversos. ¿De qué manera la resurrección de Jesús ilumina este aspecto de nuestra experiencia? Cuando participemos en su victoria sobre la muerte, ¿descansaremos? La fe nos dice: sí, descansaremos. No estaremos inactivos, sino que entraremos en el descanso de Dios, que es paz y alegría. Pues bien, ¿solo tenemos que esperar, o esto puede cambiarnos desde ahora?
Estamos absortos en muchas actividades que no siempre nos satisfacen. Muchas de nuestras acciones tienen que ver con cosas prácticas, concretas. Debemos asumir la responsabilidad de numerosos compromisos, resolver problemas, afrontar fatigas. También Jesús se involucró con las personas y con la vida, sin escatimar esfuerzos, sino entregándose hasta el final. Sin embargo, a menudo percibimos que el hecho de hacer demasiado, en lugar de darnos plenitud, se convierte en un vórtice que nos aturde, nos quita la serenidad, nos impide vivir mejor lo que es realmente importante para nuestra vida. Entonces nos sentimos cansados, insatisfechos: el tiempo parece dispersarse en mil cosas prácticas que, sin embargo, no resuelven el significado último de nuestra existencia. A veces, al final de días llenos de actividades, nos sentimos vacíos. ¿Por qué? Porque no somos máquinas, tenemos un «corazón», es más, podemos decir que somos un corazón.
El corazón es el símbolo de toda nuestra humanidad, la síntesis de pensamientos, sentimientos y deseos, el centro invisible de nuestras personas. El evangelista Mateo nos invita a reflexionar sobre la importancia del corazón, al citar esta hermosa frase de Jesús: «Porque allí donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).
Es, entonces, en el corazón donde se conserva el verdadero tesoro, no en las cajas fuertes de la tierra, no en las grandes inversiones financieras, hoy más que nunca enloquecidas e injustamente concentradas, idolatradas al precio sangriento de millones de vidas humanas y de la devastación de la creación de Dios.
Es importante reflexionar sobre estos aspectos, porque en los numerosos compromisos que afrontamos continuamente, aflora cada vez más el riesgo de la dispersión, a veces de la desesperación, de la falta de sentido, incluso en personas aparentemente exitosas. En cambio, leer la vida bajo el signo de la Pascua, mirarla con Jesús Resucitado, significa encontrar el acceso a la esencia de la persona humana, a nuestro corazón: cor inquietum. Con este adjetivo «inquieto», san Agustín nos hace comprender el impulso del ser humano que tiende a su plena realización. La frase completa remite al comienzo de las Confesiones, donde Agustín escribe: «Señor, tú nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (I, 1,1).
La inquietud es la señal de que nuestro corazón no se mueve al azar, de forma desordenada, sin un fin o una meta, sino que está orientado hacia su destino último, el de «volver a casa». Y el auténtico destino del corazón no consiste en la posesión de los bienes de este mundo, sino en alcanzar lo que puede colmarlo plenamente, es decir, el amor de Dios, o, mejor dicho, Dios Amor. Sin embargo, este tesoro solo se encuentra amando al prójimo que se encuentra en el camino: hermanos y hermanas de carne y hueso, cuya presencia interpela e interroga a nuestro corazón, llamándolo a abrirse y a donarse. El prójimo te pide ralentizar, mirarlo a los ojos, a veces cambiar de planes, tal vez incluso cambiar de dirección.
Queridísimos, he aquí el secreto del movimiento del corazón humano: volver a la fuente de su ser, disfrutar del gozo que no termina, que no decepciona. Nadie puede vivir sin un sentido que vaya más allá de lo contingente, más allá de lo que pasa. El corazón humano no puede vivir sin esperar, sin saber que está hecho para la plenitud, no para el vacío.
Jesucristo, con su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, ha dado un fundamento sólido a esta esperanza. El corazón inquieto no se sentirá defraudado si entra en el dinamismo del amor para el que ha sido creado. El destino es seguro, la vida venció y en Cristo seguirá venciendo en cada muerte de lo cotidiano. Esta es la esperanza cristiana: ¡bendigamos y demos gracias siempre al Señor que nos la ha dado!
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 11 de agosto de 2013)
Pensad y responded en silencio y en tu corazón: tú, ¿tienes un corazón que desea, o tienes un corazón cerrado, un corazón adormecido, un corazón anestesiado por las cosas de la vida? El deseo: seguir adelante hacia el encuentro con Jesús. Y la segunda: ¿dónde está tu tesoro, aquello que tú deseas? —porque Jesús nos dijo: Donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón—. Y yo pregunto: ¿dónde está tu tesoro? ¿Cuál es para ti la realidad más importante, más valiosa, la realidad que atrae mi corazón como un imán? ¿Qué es lo que atrae tu corazón? ¿Puedo decir que es el amor de Dios? ¿Están las ganas de hacer el bien a los demás, de vivir para el Señor y para nuestros hermanos? ¿Puedo decir esto? Cada uno responda en su corazón. Pero alguien puede decirme: Padre, pero yo soy uno que trabaja, que tiene familia, para mí la realidad más importante es sacar adelante a mi familia, el trabajo… Cierto, es verdad, es importante. Pero, ¿cuál es la fuerza que mantiene unida a la familia? Es precisamente el amor, y quien siembra el amor en nuestro corazón es Dios, el amor de Dios, es precisamente el amor de Dios quien da sentido a los pequeños compromisos cotidianos e incluso ayuda a afrontar las grandes pruebas. Este es el verdadero tesoro del hombre. Seguir adelante en la vida con amor, con ese amor que el Señor sembró en el corazón, con el amor de Dios. Este es el verdadero tesoro. Pero el amor de Dios, ¿qué es? No es algo vago, un sentimiento genérico. El amor de Dios tiene un nombre y un rostro: Jesucristo, Jesús. El amor de Dios se manifiesta en Jesús. Porque nosotros no podemos amar el aire… ¿Amamos el aire? ¿Amamos el todo? No, no se puede, amamos a personas, y la persona que nosotros amamos es Jesús, el regalo del Padre entre nosotros. Es un amor que da valor y belleza a todo lo demás; un amor que da fuerza a la familia, al trabajo, al estudio, a la amistad, al arte, a toda actividad humana. Y da sentido también a las experiencias negativas, porque este amor nos permite ir más allá de estas experiencias, ir más allá, no permanecer prisioneros del mal, sino que nos hace ir más allá, nos abre siempre a la esperanza. He aquí que el amor de Dios en Jesús siempre nos abre a la esperanza, al horizonte de esperanza, al horizonte final de nuestra peregrinación. Así, incluso las fatigas y las caídas encuentran un sentido. También nuestros pecados encuentran un sentido en el amor de Dios, porque este amor de Dios en Jesucristo nos perdona siempre, nos ama tanto que nos perdona siempre.
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Catena Aurea
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 20,2
Después de que manifestó la malicia de la vanagloria, creyó el Salvador muy oportuno hablar del menosprecio de las riquezas. Ninguna otra cosa hace desear tanto las riquezas como el deseo de la gloria. Por esto los hombres presentan gran número de criados, caballos cubiertos de oro y mesas adornadas con plata. No para reportar de ello alguna utilidad sino para hacer ostentación delante de muchos. Y esto es lo que dice el Señor cuando continúa: «No queráis atesorar para vosotros tesoros en la tierra».
San Agustín, de sermone Domini, 2, 13
Si alguno hace estas cosas con el objeto de conseguir algún beneficio terreno, no podrá decirse que tiene el corazón limpio aquel que se complace con las cosas de la tierra. El que se une a una naturaleza inferior, mancha la suya, aunque aquélla a la que se ha unido no esté manchada en su especie. Y así como el oro se deteriora cuando se mezcla con plata pura, así también nuestra alma se mancha cuando se mezcla con la tierra, por muy buena que sea en su clase 1.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15
Como nuestro Señor nada había enseñado acerca de la limosna, de la oración y del ayuno, sino que sólo había reprobado el su fingimiento, ahora de las tres cosas mencionadas deduce tres consecuencias de enseñanza. La primera de ellas afecta a la limosna de esta manera y en este orden: «No queráis atesorar para vosotros, etc». «Cuando das limosnas, no quieras tocar la trompeta delante de ti»; y después prosigue: «No queráis atesorar para vosotros tesoros en la tierra». Aquí, en primer lugar, da consejo para que se haga limosna; en segundo lugar manifiesta cuál sea la utilidad de la limosna; y en tercero, exhorta a que el temor de la pobreza que pueda sobrevenir, no impida a la voluntad dar limosna.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 20,2
Habiendo dicho: «No queráis atesorar para vosotros tesoros en la tierra», añade: «En donde los consume orín y polilla», para demostrar que los tesoros de la tierra, tanto por el lugar como por las personas los dañan, perjudican, mientras que los del cielo producen gran utilidad. Por esto decía: «¿Por qué temes que se te acabe el dinero si das limosna? Da, pues, limosna y ella te traerá el aumento de las riquezas, porque se añadirán las que están en el cielo, las cuales perderás si no das limosna». Y no dijo: «Las dejarás a otro», porque esto es agradable a los hombres.
Rábano
Pone tres cosas, según las tres clases de riquezas: los metales se destruyen por el orín, los vestidos por la polilla. Pero hay otras cosas a las que no afecta ni el orín ni la polilla, como son las piedras preciosas, y por eso pone su destrucción a los ladrones que pueden robar toda clase de riquezas.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15
En otros textos se encuentra: «Porque los destruyen la comida y la polilla». Todos los bienes del mundo pueden destruirse de tres maneras. O por sí mismos, como cuando se vuelven viejos y se llenan de polilla, según acontece a los vestidos. O por los mismos dueños que se los comen, viviendo con lujuria. O por los extraños, cuando engañan a los propios dueños por medio del fraude, o por la fuerza, o por las calumnias, o por otro modo cualquiera. Es decir, todos los que se llaman ladrones, porque desean hacer que las cosas ajenas les sean propias. Pero dirás: ¿Acaso los que hacen estas cosas también las pierden? Pero que mientras que unos, hablando con propiedad, no las pierden, sí las pierden los otros, a quienes se las arrebatan. En verdad, las riquezas mal conservadas pueden perderse fácilmente, si no de una manera material, de una manera espiritual, porque no aprovechan a su dueño para conseguir su salvación.
Rábano
Hablando de una manera alegórica, el orín significa la soberbia, que oscurece el brillo de las virtudes, y la polilla, que muerde el buen deseo, y por esto descompone lo compacto de la unidad. Ladrones son los herejes y los demonios, que siempre están dispuestos a quitarnos las gracias espirituales.
San Hilario, homiliae in Matthaeum, 5
Por lo demás, la alabanza celestial es eterna y no puede ser robada por el hurto del ladrón, ni mortificada por el orín y la polilla de la envidia. Y por ello prosigue: «Mas atesorad para vosotros tesoros en el cielo, en donde ni lo consume orín ni polilla, y en donde los ladrones no los desentierran ni los roban».
San Agustín de sermone Domini, 2, 13
Yo no considero en este lugar el cielo como una cosa corpórea, porque todo cuerpo es tierra. Debe despreciar todas las cosas del mundo aquél que atesore para sí tesoros en el cielo, del que se ha dicho: «El cielo son los cielos para Dios» ( Sal 113,16), esto es, en el firmamento espiritual. El cielo y la tierra pasarán. No debemos, pues, colocar nuestro tesoro en lo que puede pasar (o constituir nuestro corazón), sino en lo que permanece siempre.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15
¿Qué es, pues, mejor, el amontonar sobre la tierra, donde no es segura su conservación, o en el cielo, donde es segura su defensa? ¡Qué necedad tan grande es amontonar bienes donde se ha de dejar, y no enviarlos allí a donde se ha de ir! Coloca tus riquezas allí donde tienes tu patria.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 20,3
Como no todo tesoro de la tierra se destruye por el orín y la polilla ni se roba por los ladrones, añade aquello diciendo: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón». Como si dijese: «Aun cuando no suceda lo primero, no sufrirás pequeña pérdida, apegado a las cosas inferiores, hecho su esclavo, caído del cielo e incapaz de pensar en las cosas sublimes».
San Jerónimo
Esto no debe entenderse solamente del dinero, sino de todas las cosas que se poseen en la tierra. Para el goloso, su dios es el vientre; para el lascivo, su tesoro es la impureza; para el amante, la liviandad. Cada uno es esclavo del que le ha vencido. Allí, pues, tiene su corazón donde tiene su tesoro.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15
Ahora trata sobre la utilidad que se percibe cuando se hace limosna. El que coloca su tesoro en la tierra nada tiene que esperar en el cielo. ¿Qué esperará encontrar en el cielo aquel que nada ha enviado? Por lo tanto, peca dos veces: primero, porque atesora cosas malas, segundo, porque tiene su corazón fijo en la tierra. Asimismo, por causas contrarias obra bien doblemente quien atesora tesoros en el cielo.
Notas
- Por esta metáfora no debe entenderse un rechazo a la materia y a las cosas creadas, sino más bien el rechazo al pecado.
San Juan Crisóstomo homiliae in Matthaeum, hom. 20,3
Después que hizo mención del entendimiento reducido a esclavitud y cautivado, como esto no podía conocerse fácilmente por muchos, pasa a enseñar sobre cosas exteriores, diciendo: «La antorcha de tu cuerpo», etc. Como diciendo: «Si no has conocido aún qué se entiende por detrimento del entendimiento, conócelo ahora en las cosas temporales». Lo que es el ojo para tu cuerpo, eso es el entendimiento para tu alma. Así como una vez perdidos los ojos se pierde el poder para obrar en los demás miembros, porque se les apaga la luz, así, una vez oscurecida la inteligencia, la vida es abrumada por muchos males.
San Jerónimo
Todo esto se refiere a los sentidos, del mismo modo que el cuerpo queda en tinieblas si el ojo no está sano, así el alma, si pierde su inocencia, todos sus sentidos (o lo que es lo mismo, la parte sensible del alma), quedan envueltos en la oscuridad. Por ello dice: «Pues si la lumbre que hay en ti son tinieblas, ¿cuán grandes serán las mismas tinieblas?» Esto es, si el sentido, que es la luz del alma, se oscurece por el vicio, verás cómo aquello que es oscuro por sí mismo será envuelto en tinieblas.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15
Parece que aquí no habla del ojo corporal ni de este cuerpo que se ve en el exterior, porque entonces hubiera dicho: «Si tu ojo fuere sano o enfermo». Pero lo que dice es: «Sencillo o malo». ¿De qué le serviría como luz exterior tener un ojo benigno pero enfermo? Y si le tuviese maligno, pero sano, ¿no le sepultaría en las tinieblas?
San Jerónimo
El hombre que tiene los ojos legañosos ve multiplicadas las luces, mientras que el ojo simple y puro ve las cosas simples y puras.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 15
O bien se habla del ojo interior, no del exterior. Este lucero es la inteligencia, por medio de la cual el alma ve a Dios. Todo aquél que tiene su corazón inclinado hacia Dios tiene su ojo luciente, esto es, su inteligencia está limpia y no está oscurecida por las concupiscencias de la tierra. Las tinieblas, pues, en nosotros, son los sentidos corporales, que siempre apetecen las cosas que son propias de las tinieblas. Por lo tanto, el que tiene su ojo limpio, esto es, la inteligencia espiritual, conserva su cuerpo luminoso, esto es, sin pecado, pues aunque la carne desea las cosas malas el hombre la mortifica por medio del temor divino. Pero el que tiene su ojo malo, esto es, la inteligencia oscurecida por la maldad o perturbada por la concupiscencia, tiene su cuerpo tenebroso. No resiste a la carne cuando desea las cosas malas, porque no tiene esperanza en el cielo, que es la que nos concede valor para resistir a las pasiones.
San Hilario, homiliae in Matthaeum, 5
Hablando del oficio de la luz del ojo, expresó también la luz del corazón, la que, si es sencilla y luciente, permanecerá así, dando al cuerpo la claridad de la eterna luz, e infundirá a la corrupción de la carne el esplendor de su origen, esto es, en la resurrección. Pero si está oscurecido por los pecados y la mala voluntad, el ojo será malo y la naturaleza del cuerpo estará sujeta a los vicios de la inteligencia.
San Agustín, de sermone Domini, 2, 13
O bien debemos entender aquí por ojo nuestra intención, la cual si está limpia y es recta, todas las obras que hacemos según ella son buenas, y a todas éstas llamó Jesús «todo el cuerpo». También el Apóstol llama miembros nuestros a nuestras mismas obras, cuando dice en su carta a los Colosenses: «Mortificad vuestros miembros que están sobre la tierra: la fornicación, la inmundicia», etc ( Col 3,5). Debe considerarse lo que cada uno hace no por la manera que cada uno lo haga, sino según el fin que se proponga. Esta es, pues, en nosotros la luz, porque siempre creemos que hacemos con buen fin todo lo que hacemos: todo lo que se manifiesta se llama luz ( Ef 5,13). Los hechos que se realizan en la sociedad de los hombres tienen para nosotros un éxito dudoso, y por esto los llamó tinieblas. ¿Puedo yo saber, cuando doy una limosna a un pobre, qué es lo que hará con ella? Luego si la misma intención del corazón que ya te es conocida, se oscurece con el deseo de las cosas temporales, con mucha más razón el mismo hecho cuyo resultado es incierto, será tenebroso, porque aun cuando de él resulte alguien beneficiado, como tú no ibas con buena intención, no podrá decirse que aquel beneficio se deba a ti en la forma que haya podido resultarle al otro. Pero si haces algo con buena intención, esto es, con el fin de hacer una obra de caridad, entonces tus acciones serán puras y agradarán en la presencia del Señor.
San Agustín, contra mendacium, 7
Las cosas que son ciertamente pecados no pueden hacerse con buena intención, sea lo que fuere. Todas las acciones de los hombres, según respondan a causas buenas o malas, se llamarán también buenas o malas, cuando por sí mismas no sean pecados. Así como es bueno dar de comer a los pobres si esto se hace por caridad, así también es malo si esto se hace por jactancia. Pero cuando las acciones son ya pecados en sí mismas como el robo, el estupro y otras cosas por el estilo, ¿quién dirá que pueden hacerse por buen motivo, o que no son pecado? Entonces diría cualquiera: «Robemos a los ricos para que tengamos qué dar a los pobres».
San Gregorio Magno, Moralia, 28, 15
O de otro modo: «Si la luz que está en ti son tinieblas», etc. Si aquello que hemos empezado a hacer con buen fin lo estropeamos con una intención torcida, ¿cuánto más tenebrosas serán las cosas que no ignoramos que sean malas, aun cuando las hacemos?
Remigio
La fe se asemeja a la antorcha, porque por ella se ilumina la marcha del hombre interior, esto es, su acción, para que no tropiece, según aquellas palabras del Salmo: «Tu palabra es la antorcha para mis pies» ( Sal 118,105). Pues si ésta estuviese limpia y fuere sencilla, todo tu cuerpo estaría perfectamente iluminado, pero si estuviese sórdida, todo tu cuerpo será tenebroso. O bien por antorcha se entiende el jefe de una iglesia, el cual, con toda propiedad, se llama el ojo, porque debe procurar el bien de toda la feligresía sujeta a él, que sería el cuerpo. Por lo tanto, si el jefe de una iglesia se equivoca, ¿con cuánta más razón se equivocará el pueblo que le está encomendado?
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[1] En R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid 1967, n.551.
[2] Hom. 5 sobre los Evangelios
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