El Sagrario

Es el lugar más importante de a Tierra. Dios está ahí más real y presente que en ningún otro lugar; luego le seguiría, el centro del alma humana, después allí en medio de donde dos o más están reunidos en su nombre (Mt 18,20), …y finalmente cualquier lugar, pues nada hay que escape a su presencia. Así, pues, esos pocos centímetros del Sagrario, donde se encuentra el pan consagrado del cuerpo de Cristo, exceden a todo el espacio del cosmos entero.

Quien está delante del Sagrario se halla en el centro del universo.

El Sagrario es el lugar de referencia de nuestra fe. Es nuestro hogar existencial, nuestro origen, nuestro sustento y nuestro final, porque en él se encuentra la Palabra creadora, regeneradora y salvadora. De modo que nadie delante del Sagrario se siente solo o perdido, sino en paz . Y esta es una experiencia real y contrastable.

Estar delante del Sagrario imprime carácter. Dios ofrece su gracia, gracia que siempre es transformante, santificante.

Hace ya tiempo, pudimos oír con pena unas palabras de un príncipe de la Iglesia, el arzobispo de Lima, Carlos Castillo, que llegó a decir: “nadie se convierte con el Sagrario”. Aunque -según parece- después las matizó, opinamos lo siguiente: justamente ahí, precisamente ahí, en el Sagrario, se encuentra Aquel que convierte y salva. ¿Donde, pues, mejor se van a producir las conversiones sino allí donde por excelencia está que las produce?

Ha habido concretamente muchas conversiones delante del Sagrario, de personas que en un momento de su vida -sin analizar la causa- entraron en una iglesia que se halla abierta y se produjo un cambio repentino de sus vidas; otros muchos, también «sufrieron» una transformación progresiva, conversión continua, es decir, una mejora interior, que poco a poco se traslucía en un carácter más amable y en una conducta responsable. Y por fin, cuántos -sin que lo sepamos- se han convertido en el mundo debido a las gracias obtenidas por aquellos que delante del Sagrario, en algún lugar lejano, oraron por amor a los demás.

Que se lo diga a san Javier, ese gigante que llevó a Asía (China, Japón, Filipinas…) la Buena Nueva, convirtiendo y sembrando la semilla de la fe, el cual pasaba toda la noche en oración delante del Sagrario. Al igual que tantos y tantos santos, todos; todos ellos se pasaban mucho tiempo adorando al Señor en el Sagrario.

Tan solo nos cabe decir esto: Afirmamos con absoluta rotundidad que los momentos más importantes de una vida son los pasados ante el Sagrario e igualmente que el futuro del mundo depende de las horas que la Humanidad pase ante el Señor ahí eucarísticamente presente.

Esto bien lo sabe la gente sencilla de fe: esos 300 que se necesitan para mantener abierta una capilla de adoración perpetua; al igual que los que realizan adoración permanente o adoración nocturna.

“Siéntate un rato y déjate mirar y recuerda las veces que te miró y te está mirando. Déjate mirar por Él. Es de lo más valioso que un consagrado tiene: la mirada del Señor” (Papa Francisco).

Estar delante del Señor es la experiencia más hermosa. Y, si se ha sido sincero, nunca se olvida, por más tiempo que pase.

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