El orden del corazón

Del mismo modo que hay una lógica de la razón, hay también una lógica del corazón

Como afirmó Ortega, todo lo humano se le escapa a la razón fisicomatemática como el agua por una canastilla. Hace tiempo que la filosofía mejor ha dejado de creer en que la razón científica sea el único método de conocimiento de la realidad, si es que alguna vez lo ha pensado, pero no para abrir paso a la irracionalidad o a la arbitrariedad, sino para establecer una nueva lógica del corazón, por emplear la expresión pascaliana de raíz agustiniana. Sólo desconociendo los desarrollos de la filosofía contemporánea es posible seguir pretendiendo que la ciencia natural agota el ámbito del conocimiento y que el mundo del sentimiento es irracional o arbitrario.

La fe queda salvaguardada de los eventuales ataques de la razón ilustrada de un doble modo. Por un lado, porque ésta no puede dar cuenta de la explicación del sentido y fundamento del mundo y deja por tanto abierto el paso a la fe. Por otro, porque el ámbito de la fe, como perteneciente al ámbito emotivo, no es ajeno al orden de lo racional. La estimativa, el acto de preferir y desdeñar, no son arbitrarios. Creer en la verdad de un mensaje de salvación transmitido mediante la tradición no tiene nada de irracional. La fe no consiste en oscuridad, sino en luz. Del mismo modo que hay una lógica de la razón, hay también una lógica del corazón. Como existe un orden de los conceptos, también existe un orden del corazón.

Revelan un modo de pensar muy extendido en nuestro tiempo, el ordo amoris o, quizá mejor, el desorden, dominante. La expresión procede de san Agustín y coincide bastante aproximadamente con lo que Pascal denominó «lógica del corazón«. Viene a ser algo así como el sistema cordial de preferencias y desdenes que caracterizan a una persona. Así, Scheler afirma que quien posee el ordo amoris de alguien, posee a la persona entera. Nada nos define tan bien como ese sistema estimativo de preferencias. Y nada nos degrada tanto como la tendencia a preferir lo inferior a lo superior, lo más sensible e inmediato a lo más espiritual y mediato. Aquí suele realizar su labor el resentimiento, que rebaja y denigra todo aquello que resulta inalcanzable para el resentido. Por eso, como afirma Julián Marías, la vida moral puede ser entendida como una búsqueda de lo mejor. Pero siempre la excelencia ha sido difícil. La tarea de realizar los valores más altos siempre es dificultosa, e incluso heroica. Las almas vulgares y resentidas siempre antepondrán la realización de los valores sensibles, inferiores. Es fácil, pero no correcto, anteponer la salud de quien vemos, a la vida embrionaria que apenas podemos ver, pero es injusto reducir la vida humana a medio al servicio de la salud. Aquí, en esta preferencia de lo inferior sobre lo superior, se encuentra la clave del desorden moral de nuestro tiempo, de la actual crisis espiritual; en suma, en el desorden del corazón.

Iganacio Sanchez-Camara.

Fuente: http://www.conoze.com/doc.php?doc=5890

 


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