El flagelo de la pederastia clerical

Sería de desear que el flagelo ­-que podría mejor definir como autoflagelo, por el continuo exponerse de la jerarquía en un lastimoso reconocimiento de culpas- a que todos los días se nos somete a las creyentes católicos cesara ya.

El portavoz y secretario general de la Conferencia Episcopal Española -y ahora recién nombrado obispo de Ávila, Gil Tamayo declaró reconocer un “silencio cómplice” de la Jerarquía sobre la pederastia.

Este mea culpa, con este término tan de titular, es lo que ha quedado de relieve, cuando lo que vino a afirmar principalmente era el que otras entidades como el Estado, las instituciones o la enseñanza, donde se han dado más casos de pederastia que en la Iglesia, y nadie les obliga ni a pedir perdón… ni a ninguna otra cosa. Esto ha pasado desapercibido, en cambio, el foco una vez ha sido puesto sobre la Iglesia. Aunque en la sociedad haya más responsables y autores de tales perversiones, los únicos que a los ojos del mundo quedan como culpables es el clero, el clero católico.

Tan experta como es la Iglesia en su relación con el mundo, tras 2000 años de historia, y que resulte tan pardilla, habla quizá de lo vergonzante del asunto, de tal manera que la ha dejado descolocada. Porque no cabe otra explicación…

Los casos aquí en España, por mucho que se esfuercen en buscar y rebuscar los medios progresistas…, los casos de pederastia clerical son muy pocos, mínimos en comparación con los que se dan en la sociedad, en cualquier otra profesión, incluidos políticos, educadores, entrenadores deportivos, etc.

Por mucho que insista la Iglesia en pedir perdón a los cuatro vientos, no se le perdonará. En este mundo no existe esa virtud; esa categoría es propia de Dios y los cristianos. Para los medios paganos, que son la mayoría, lo que existe es una confesión de parte, que recibe en veredicto; culpable.

Por lo tanto, bien haría la Iglesia en espabilarse, buscar otra estrategia y dejar de autoflagelarse públicamente, porque resulta imperdonable. Es una cosa atosigarte y hasta de mal gusto estar todos los días con el constante machaque del perdón por la pederastia.

Ya se ha pedido perdón por este horrendo pecado, ahora solo cabe acogerse a la misericordia de Dios, y corregiré y pasar página y aplicarse en ser buenos de cada al presente y futuro, y no quedarse neuróticamente obsesionados en una culpabilidad paralizante.

No hay nada que guste más a los medios masoncetes que este morbo de la clerecía y el desprestigio que conlleva para la Santa Institución.

¡Por el amor de Dios! Los fieles católicos estamos hasta el gorro de este continuo ir al confesionario público con la misma monserga.

Pues está buena la sociedad que vivimos, sus gentes, medios, instituciones… como para dar lecciones de nada. Y en cambio, la Iglesia (llena de gente extraordinaria, ejemplar, como no la hay en esta sociedad) resulta que se expone día tras día al escarnio público. De tanto salir a la escena pública con este desagradabilísimo asunto, da la impresión -es la que está quedando- que la pederastia es algo de la Iglesia, creada por ella y solo ella, y que todos los que a ella pertenecen son unos redomados salidos mentales, maniacos sexuales de los que hay que alejarse cuanto antes. ¡Vaya forma de evangelizar! Esta es la lamentable imagen que se desprende o que da de  todo esto; cuando la sociedad actual está hecha polvo: llena de patologías, sobre todo de desquicie sexual, obscena y consumidora de pornografía, pornografía infantil, prostitución, trata de blancas, con numerosos casos de pedófila y pederastia en los parientes más cercanos, a través de internet y en los colegios.

 

 

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