Del lado donde crece el desierto

Atravesaron un desierto inhabitable (Sab 11,2a).

¿Y vosotros, habituados al mal, podréis hacer el bien? Yo os dispersaré como pajuela arrebatada por el viento del desierto. Esta es tu parte, la suerte que te he asignado  -dice Yavé- por haberte olvidado de mí, poniendo tu confianza en la mentira (Jer 13,23-25).

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         Un sufí famoso por sus dotes proféticas fue visitado en el desierto de Sahara por un grupo de beduinos y beréberes al objeto de saber cómo iban a concluir sus luchas tribales y quién estaba en la voluntad de Alá de finalmente quedarse con los oasis y la parte del vergel y quién con el desierto.

           El sufí se puso a orar en silencio, y al rato, volviendo en sí, dijo:

          —El desierto será para los dos.

          —¿Cómo es posible eso? ¿A alguno nos ha de corresponder el vergel; alguien ganará?

           —Ambos perderéis —sentenció tajante el sufí.

           —En todas las guerras ha habido siempre vencedores y vencidos replicaron ellos, inquietos y perplejos.

           —Visto desde Dios eso no es así    —hizo una pausa,  y concluyó con pena:  Ambos estáis del lado de donde crece el desierto.

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¿Nos humanizamos o estamos del lado donde crece el desierto?

Vivimos en un mundo tremendo, donde la violencia parece consagrarse como la última palabra, la resolución de imponer la propia voluntad, sin importar las víctimas ni la propia degradación.

La paz profunda es sutil, delicada, sólo hace falta que privemos a los que nos rodean de nuestra amabilidad, simpatía y consideración.

Si no nos sentimos en paz con los demás y en comunión solidaria con todos los seres humanos, quiere decir que nos hemos deshumanizado, en el sentido de que no hay una identidad humana compartida, un ‘pazos’ común, se ha quebrado la sim-patía (con ‘pazos’), dosel o placenta común en la que nos encontramos y a la que pertenecemos como miembros de una génesis compartida, naturaleza –especie humana– en la que participamos; no reconocer a los demás humanos, es des-humanizarlos, arrojarlos fuera del espacio común de la humanidad. Algo dentro de nosotros nos hace extraños, se ha roto, nos alejamos, sin simpatía, sin compasión, de la humanidad que nos constituye.

La carencia de ese sentimiento nos reduce notablemente la capacidad de sentir, de resonancia afectiva,…. nuestro interior se torna yermo, como un desierto ganando espacio dentro, en un progresivo deterioro, en una pérdida de conciencia, de sensibilidad, de sentimiento de culpa,…

Todo ello conduce a un aniquilamiento de la personalidad moral, que predispone y de degenera en violencia, más o menos soterrada.

«Todo acto de violencia denuncia la inferioridad moral de quien lo comete», decía el padre polaco asesinado Popieluszko[1].

Tenemos ya el gusto demasiado definido por la ambición, por las pasiones deshumanizadas, y el corazón se nos ha quedado sin pálpito, ha perdido calidez.

El deshumanizarse, el hacerse perder bondad, suavidad,  humildad, nobleza,… es el peor daño que usted se puede infringirse a sí mismo. Es herirse mortalmente en el alma.

La paz de Cristo reine en vuestros corazones en la que fuisteis llamados para construir un cuerpo único (Col 3,15).

 

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[1] En RS, nº 652, Diciembre 1984, p.36.

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