Dar a conocer a Dios: El nos amó, nos ama y nos amará.

Dios nos amó, nos ama y nos amará. Esto es lo fundamental a dar a conocer. Es la única Verdad que salva y proporciona confianza, esperanza, capacidad de amar.

El mundo ignora cada vez más esta Realidad. Urge hacerla saber, anunciarla, testimoniarla, comunicarla…

Un buen día, a Dios, que es amor efusivo, se le ocurrió crear otros seres a los que invitarles a existir para que participaran de su felicidad eterna, a ser santos como Él, a ser de su familia por siempre, como hijitos suyos. De ahí de ahí arranca todo. Por pura grandeza de su amor estamos nosotros aquí. ¡Alabado sea Dios Creador!

Bendito sea Dios, (…) nos ha elegido antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos  (Cf. Ef 1,3-5)

Consecuencia del amor, que hace libres, otorgando esa dignidad de tener voluntad propia, para que el amor de manifieste en nosotros, asumiéndolo y efusionándolo, a semejanza el amor con que hemos sido creados, y debido a que está sometido a la contingencia humana, puede ser negado, quebrantado… Para que esto no suceda definitivamente, Dios, que jamás deja de amarnos ni dejará, mandó a su Hijo… ¡Alabado sea Dios Salvador!

Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados. (1 Jn 4,10).

En efecto, cuando todavía éramos débiles, Cristo, en el tiempo señalado, murió por los pecadores.(Rom 5,6).

Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo –¡ustedes han sido salvados gratuitamente!– (Ef 2,4-5).

Y nunca —ni ahora y siempre— dejará de estar de continuo con nosotros. Es el Espíritu Santo, presente en nosotros, para que no desfallezcamos y nos sintamos amados con su amor misericordioso e incondicional, del que nada ni nadie podrá apartar de nosotros. ¡Alabado sea Dios Paráclito Consolador!

Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. (Rom 5,5).

El Espíritu de Dios habita en ustedes (1 Cor 3,16).

Esto es cuanto necesita saber el mundo, cada ser humano; es la única realidad verdadera e imperecedera. Lo demás es como hojarasca que se lleva el viento (es una cuestión de tiempo).

¡Dios siempre estará con nosotros, pase lo que pase!

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