Conocer a Dios, hacer su voluntad, amar, verdad, luz…

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La primera lectura de la misa de hoy, 29 de diciembre, es de la primera carta del apóstol san Juan (2,3-11), y no tiene desperdicio, nos habla de todos esos términos sustantivos que hemos enunciado en el título:

En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él. Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio. Este mandamiento antiguo es la palabra que habéis escuchado. Y, sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo –lo cual es verdadero en él y en vosotros–, pues las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.

Empieza con una precisión clara y rotunda (y máxime teniendo en cuenta lo que supone el término conocer en la mentalidad hebrea de entonces, que estaba íntimamente ligada al hacer; no se daba esa distancia de nuestra separación del teorizar y la práctica, conocimiento suponía realizarlo): En esto sabemos que conocemos a Jesús: en que guardamos sus mandamientos.

Extraigamos, pues esta conclusión: si no hacemos su voluntad, si no cumplimos sus mandamientos, realmente no creemos en Él, por mucho que nos digamos cristianos. Se está autoengañando: Quien dice: «Yo le conozco», y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él.

O lo que es lo mismo, quien se diga, por bautizado pertenecer a los miembros del Señor y que vive de la vida que Él le proporciona, como la vid al sarmiento, no es realmente así si no vive según Él, a su imagen y semejanza, amando, cumpliendo el mandamiento del amor a los demás, que es su mandato de siempre: En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él. Queridos, no os escribo un mandamiento nuevo, sino el mandamiento antiguo que tenéis desde el principio.

Esta voluntad de Dios, sobre lo que quiere que hagamos, es la verdad, la luz, de la que El es es portador pues es ella misma, y estar con Él supone no estar en tinieblas, ver, no tropezar y amar al hermano: la luz verdadera brilla ya. Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.

Este texto tan breve son las líneas maestras de la vida de un cristiano, algo que tendríamos que tener muy presente, llevar en el bolsillo y releerlo, para que no lo olvidáramos —o cegáramos— nunca.

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