Seguramente haya que recomenzar a evangelizar por la periferia, como lo hicieron los primeros cristianos a las afueras de Roma. Pues hoy más nunca son válidas las palabras de san Antonio de Padua: «Solamente los pobres, los humildes, reciben el mensaje de Cristo. Son ellos que están sedientos de la Palabra de vida y de la sabiduría salvadora: los pobres, los incultos, los hombres del campo y las ancianas; nosotros los mundanos en cambio, estamos rebosantes de palabras y embriagados de la sabiduría terrenal”.
En esta tesitura se encontraba el papa Francisco. No obstante, cabe decir, que ya la periferia no se sitúa en un lugar concreto, y hasta ni tan siquiera es del todo cierto que el pobre de espíritu, el humilde, las almas sencillas… existan en ningún lugar; las personas actuales no son campos con aptitudes para el labrantío, es decir, para sembrar la semilla, todas las almas están muy trilladas, endurecidas, refractarias al mensaje de la Buena Nueva. Y en sí en cuanto a la periferia no existe como tal, pues han sido colonizadas por las Internet, las redes sociales, Netflix, etc., no hay ya ningún jovencito de cualquier parte que no tenga un móvil 5G, ni hogar por chabola que sea, que no disponga de un televisor don 50 canales… Nada escapa al globalismo Woke. Como dijera el propio papa Francisco: «Estamos en una era de colonización ideológica y mediática”.
Hay sin duda, como nunca, una sensibilidad procedente de la inocencia, de la frescura —aunque fuera en tiempos de brutalidad— que predisponía a ser tocados interiormente por un anuncio de verdad y amor. Hoy esta innata capacidad con la que es ser humano nace se ha perdido o marchitado, además del pecado original y/o por su prolongación contaminante por acumulación de pecados, también por un espíritu del tiempo o mundanidad que sofocan cualquier resonancia interior…, a no ser en acontecimientos puntuales que provocan una ruptura de nivel, y que provocan conversiones muy concretas, pero mínimos.
Por ello, pensamos que hemos de estar preparados para dar la batalla cultural —con los argumentos lógicos de los valores del Evangelio— a un mundo que va a llegar a un momento que no se aguanta a sí mismo, porque carece de una cultura verdadera y todo desprende sabor a muerte, la más cada vez llamada «cultura de la muerte«, que se ve en no solo ya la aceptación de aborto y la eutanasia como derechos, sino en su deriva a la perversión y el encanallamiento, la sociedad occidental —y cada vez más global— va camino de un abismo de mal; tan solo hay que comprobar las estadísticas que hacen aflorar la maldad existente: la criminalidad, las violaciones, el consumo de drogas, la pornografía, las enfermedad psicológicas con su abundante farmacopea, las rupturas de familias, la soledad, la penetración de ideologías anticientíficas…., y así podríamos seguir dando datos irrefutables de la verdad objetiva de una sociedad cada vez más inmoral y corrupta; lista para ser combatida. Y aquí juega un papel esencial el anuncio del Evangelio. Y desde la doctrina de la fe cristiana hemos de hace palmarias las contradicciones de esta la pseudocultura mundana y denunciar proféticamente la marcha de un mundo fácil, caprichoso, egoísta e irresponsable, que yerra en su objetivo felicidad de los seres humanos, de su destino, de su realización, de su bondad, de su grandeza y de su destino abierto a trascender en otra vida más perfecta, santa y eterna. Algo que no va a encontrar en una cultura de pecado y muerte.
Todo foro es válido. Allí donde haya un ser humano que puede oír y escuchar la palabra que viene de Dios, el enviado del Señor la ha de proclamar. Y de alguna manera, todos, en cuanto creyentes de la Verdad eterna, que se nos ha revelado en su potencia amatoria, somos llamados y enviados a anunciarla con toda nuestra vida. Hemos de espejar exteriormente, sin que se pueda reprimir, la verdad que interiormente nos alumbra. El cristiano no puede reblar ante plantar cara a un mundo manifiestamente mejorable y que se muestre hostil a la Cristo, el único que tiene palabras de vida eterna.
El ser humano verdaderamente sólo puede buscar su autorrealización perfecta, dichosa y feliz, en la santidad. Y esta, este tesoro, lo posee el credo de la Iglesia Católica, responsable por mandato divino de llevarlo a toda la humanidad. Este apostolado de santificación nos compete a todos, en todo momento y lugar.

