En España -que es lo que nos toca más cerca-, según las estadísticas, aumenta la corrupción, la violencia, los delitos, la exacerbación sexual, la inmoralidad, la insolidaridad y la mala educación. Y también aumenta la apostasía religiosa. Se puede trazar dos líneas que marchan al unísono, en paralelo, avanzan el empeoramiento de la calidad social y la práctica religiosa. Estas dos realidades son un hecho incontestable, y lo es también su mutua incidencia.
Pero este retroceso social y religioso no es sólo español, lo es de todo Occidente. Un dato: En Inglaterra el número de gente joven que se declara sin ninguna religión supera al que sí pertenece a alguna confesión; y por otra parte, se dan datos como este: en trimestre pasado en Londres murieron asesinadas 59 personas. Otro ejemplo de sociedad decadente es Holanda, que muy pronto será un país totalmente ateo, y sin embargo, hay que ver sus tasas de abortos, de eutanasias, de consumo de drogas, de desestructuración familiar…
En España, últimamente saltan a la luz pública casos de agresiones sexuales, violaciones y acosos; y la gente parece asombrarse: «¡cómo puede suceder esto!». Esta sociedad, como todas las occidentales, cada vez están más enfermas, mental y moralmente hablando. La exacerbación sexual ha llegado a ser tan persistente y su consideración tan banal, que ya, en apenas despuntando la pubertad, las relaciones sexuales se hacen frecuentes y a más tierna edad.
Hay un deterioro social, fruto de la irresponsabilidad, de la dejación de los padres, de la falta de sensibilidad en los medios de comunicación, donde la canalla anida, haciendo de la difamación, la calumnia, el chismorreo, la pornografía, la idolatría por el dinero, y el desmadre en general, una forma de mostrarse en público.
En Occidente este estilo mercenario, desvergonzado y materialista de la vida se ha impuesto sin el menor reparo como algo habitual en nuestras sociedades. Esto se tiene por progre; y cualquier comentario crítico al respecto se expone a que le lluevan las críticas y la censura de lo políticamente incorrecto, tachándole de intolerante, cavernícola, fomentador de odio, etc.
En estas sociedades ya no se puede decir qué es lo bueno y qué lo malo, qué está bien y qué mal. Como tampoco se puede hablar de religión. Así nos va. Luego no se extrañen…