Nos han implantado lo del «políticamente correcto» que es como el título de ciudadanía, y si no te plegas a esta verdad totalitaria acabas siendo expulsado de la polis, cual leproso pestoso. A esto se han aplicado todas las fuerzas político-mediáticas-financieras de la progresía: de modo que los parlamentos legislan a favor de este axioma, promulgando leyes y más leyes, que totalizan toda la vida de la gente, inmiscuyéndose hasta en la esfera privada, y creando a medida, ad hoc, la ley del odio para aplicar disuasoriamente -cuanto menos- a según qué objetivo (ejemplo: si hay que restringir el derecho de manifestación a los provida que rezan…, se hace una ley que les meta miedo -represión hasta con castigo de cárcel-), y así con todo lo que contradiga su «políticamente correcto» (lo que ellos han dictaminado que es la verdad única y universal, que ha de «asumirse», someterse, si o no). Algo por el estilo ocurre con lo de la ideología de género: hay profesores, médicos, religiosos, deportistas, etc., que no están de acuerdo, pero que callan y consisten, y si no, corren el serio riesgo de tener que pagar un alto riesgo profesional, y menor escala, te sacan de las redes sociales (ahí está, como ejemplo hasta ahora, Twitter, que esperemos que Elon Musk cumpla lo prometido de no censurar a nadie y que en todo caso sea la Justicia la que resuelva según ley).
El ámbito de la fe religiosa, especialmente la cristiana, se ve totalmente afectada por esos planteamientos coactivos y no democráticos; pues la doctrina de la Iglesia asigna la mayor dignidad y respeto a cada persona, al otorgar personalidad y autonomía por el libre albedrio o libertad a decidir responsablemente según la propia conciencia, instancia última e invulnerable. Esta libertad religiosa resulta insoportable para la seudodemocracia de los tiempos presentes, pues y como dice Eulogio López: «El que discrepe de mí -y recordemos que la progresía del Nuevo Orden Mundial (NOM) no es otra cosa que cristofobia y cristianofobia- no es demócrata ergo, debe ser expulsado de la democracia, lo que es tanto como ser expulsado de la vida pública. A esto siempre se le ha llamado totalitarismo, pero, al parecer, ahora no nos damos cuenta.»
Todos los resortes democráticos están siendo sometidos a la voluntad del poder «politico», ya no hay espacio para el discrepante, para mostrar un pensamiento distinto; todo está siendo volado y todos los contrapesos están desapareciendo (Motesquieu ha muerto): el poder judicial, la prensa independiente, la educación, la religión, la familia, etc., están en sí desapareciendo.
“Me pregunto cuánto tiempo vamos a seguir teniendo estas instituciones al ritmo que las estamos socavando, y también me pregunto qué nos quedará cuando hayan desparecido o se hayan deteriorado”, manifiestó el juez del Tribunal Supremo estadounidense, Clarence Thomas, a propósito de la reciente filtración de una sentencia que anula la protección constitucional del aborto. “Y no creo que las perspectivas sean buenas si seguimos perdiéndolas”.
Mucho nos tememos que no tardando se produzcan prohibiciones expresas de que se digan según qué cosas…, y se censuren partes de la Biblia, de los sermones de los sacerdotes y hasta de celebraciones…, incluso la representación de Cristo en la cruz. En fin, que habrá un clima de persecución fáctica, en nombre la «democracia». Al tiempo.
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