El ser humano se está volviendo irreconocible. La humanidad está desfigurándose como nunca antes, desde el pecado original. Se está quedando sin conciencia, es decir, sin la sensibilidad que íntimamente le clama —impera— a determinarse por el bien. Y esto es gravísimo: conduce a un mundo des-almado (sin alma).
Si al mundo le arrebatamos el alma, es como si le rebatáramos a Dios. El alma —cada alma humana— es templo de Dios en la tierra. Decía Calderón de la Barca en El Alcalde de Zalamea: «el alma de sólo de Dios». Si desterramos el alma, desterramos…, y se cumple entonces aquello de «El mundo está bajo el poder del Maligno». Luego no hay tragedia igual.
Desde el fondo del ser humano, la presencia del Espíritu divino hace resonar su voz en la conciencia. La conciencia es la que dignifica, ennoblece y eleva a ser humano, asemejándole a Dios, le santifica.
¿Por qué el mundo va mal? Porque las conciencias andan mal. ¿Por qué la sociedad, la humanidad, anda mal? Porque el ser humano anda mal. Y ¿por qué anda mal este? Porque no puede ¡vivir sin Dios!
El mundo ni nada puede existir sin Dios, nada se sostiene sin Él. El más grave error de la persona y la humanidad es pensar que puede subsistir sin Dios. El verdadero drama es el gravísimo error de no comprender ni sospechar hasta qué punto necesitamos de Dios. Negar a Dios implica serias e imprevisibles consecuencias: a inmediato y corto plazo la decadencia interior o des-gracia (perdida del estado de gracia) y a largo, la condenación. Y en esta tarea de prescindir de Cristo Dios está empeñado el Occidente.
Esto se da hoy día “con absoluta naturalidad”, intelectual o prácticamente, lo que manifestaba Jean Paul Sartre -existencialista ateo-: «aun en el caso de que Dios existiera, seguiría todo igual». Al autor de la “Nausea” cabe hacerle —cuanto menos— la observación que la creencia en Dios le hubiera liberado del vacío del sinsentido de su vida. Esto está trayendo, pese a la hiperexcitación por el cúmulo de encadenamientos de todo tipo de placeres que amortiguan la sensación de desfondamiento del alma, una cada vez mayor tase de suicidios. Y esto sin citar otras clases de males también dramáticos… (O todos los males).
El hombre de actual en su soberbia desecha a Dios, como si no necesitara de Él; incapaz de comprender que si Dios no existiera nada seguiría igual, pues el mundo dejaría de existir y el ser humano con él. Cristo es el Señor de todo, el que da estructura estable al ser de cuanto existe. Por Él, el Verbo, todo fue hecho, y excepcionalmente ser humano, a la que diseñó a su imagen y semejanza. Que la Humanidad se revuelva —consciente o no— contra esa marca de origen hace sufrir a la creación hasta extremos inauditos.
Pero, pese a todo y gracias a Dios, estamos salvados. Esto es definitivo. Ya le podemos poner causas y rechazarle y tratar de expulsarle del mundo, que Dios, en su Hijo, con su sangre, ha comprado el mundo y le pertenece. El mundo ya le pertenecía, pues fue obra suya, Él lo creo; pero la subversión de la libertad humana lo trastorno todo.
Ahora bien, Dios parece retirarse, silenciosamente permanecer como al margen, contemplando el espectáculo, sin hacer ostentación de su poder y sin reclamar su derecho bien ganado en la cruz. ¿Por qué de este misterio? Dios, en su día, nos sacará de dudas (a los pobres o carentes de fe).
Si el ser humano no recupera su alma, tomando conciencia de la presencia real y necesaria de Dios en ella, no será feliz, andará perdido y sin destino, errante y haciendo sufrir… Nada realmente digno y valioso puede suceder fuera de Cristo, quien nos ofrece todo gratuitamente.
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