Todo es amor

“Quia amasti me, feciste me amabilem”, decía san Agustín. “Porque me amaste primero me hiciste también amable y capaz de amar”.

Nuestra razón de ser es el amor, el amor de Dios. Nuestra vida tiene su origen en él, se sustenta en él y tiene como fin la plenitud del mismo; la felicidad y la santidad eternas se cifran en la plenitud del amor.

Dios es amor, y nosotros que hemos sido creados a Su imagen y semejanza, estamos marcados por el amor de origen, amor que nos constituye como seres, pues de ese troquel divino, cuya matriz es el Hijo, hemos sido configurados los humanos; de modo que en la medida que amamos activamos nuestro ser, es decir, somos.

Hemos sido amados, lo somos y lo seremos. Todo ello sin que lo merezcamos. El Dios del amor es así: un ser misericordioso, que no se cansa de amar, aunque nosotros le hagamos tantos feos. Su amor por nosotros es inquebrantable.

La apuesta de Dios es tan incondicional y su amor misericordioso tan grande que, como vemos en estas fechas navideñas, es capaz de despojarse de su rango, de renunciar a sus riquezas para hacerse pobre, más pobre que cualquier de nosotros, naciendo en la humildad de un establo.  

Dios nos creo por amor y nos recrea con el amor de su Hijo; nos da la vida y nos salva. El amor de Dios, pues, además de otorgarnos el ser, nos libera de todo temor… 

La experiencia de ese Amor nos dispone y dinamiza para amar -tal y como dice san Agustín: al amarnos nos amabiliza nos sobreputa místicamente a amar-. El Espíritu de Dios, presente en nosotros, nos vitaliza, nos hace participes de la vida amorosa de Dios, viviendo en su reinado -Reino- de amor, santificados, “divinizados”.

 

Estas son las primeras lecturas de las misas de los días 8 y 9 de enero, de la primera carta del apóstol san Juan, donde se nos dicen cosas hermosas del Amor

Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados.  (4,7-10).

Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amarnos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. (4,11-18),

 

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