Tenemos alma. Aunque ya cueste reconocerlo, así es. Y más vale que sea cuanto antes, pues hay mucho en juego.
Lo que no se reconoce es como si no existiera, pues se ignora y no se aprecia, ni se cuida ni se procura su bien. En cambio, para un mundo materialista como el de la cosmovisión actual todos los cuidados están referido al cuidado del cuerpo, de las preocupaciones tangibles, las satisfacciones físicas, las tenencias… Estas servidumbres humillan lo sustantivo del ser humano: su alma.
Ante el actual alejamiento de la consideración de lo que realmente somos, se hace urgente el recuperar la espiritualidad humana. Ha habido un tajo brutal en estos tiempos de aceleramiento en todos los sentidos, materiales (por supuesto), que han socavado esa realidad fundamental del ser humano, la cual nos hace ser lo que somos: seres especialmente espirituales.
Vendrán tiempos —estamos seguros— en que el ser humano recobrará el aprecio por eso tan importantísimo que ha orillado gravemente. En ello nos va la vida…, la presente aquí en la Tierra, y la futura, la eterna, pues somos -como espirituales- inmortales. Esta grandeza inigualable se nos ha sido otorgada por Aquel que nos doy el ser según su imagen y semejanza.
En el momento presente se da un ateísmo práctico (de la gente que, sin abiertamente definirse, pasa de creer y vive como si Dios no existiera, y se comporta no guiado por la conciencia sino según el gusto y para satisfacción propia, en rebeldía íntima contra su ser más genuino) y un ateísmo teórico (que es una exaltación de la materia, que niega lo espiritual del hombre y por consiguiente cualquier otra entidad espiritual, Dios; aquí están totas esas filosofías materialistas, marxistas, nihilistas, estructuralistas, constructivas, ideología de género, etc.).
Este quebrantamiento del ser humano en su dimensión más fundamental, supone una exterminación brutal: lo reduce a un animal o bestia astuta de Robert Spaemann: preocupado por cómo gestionar con eficiencia todas sus “lujurias”, apetencias, deseos e intereses desordenados, sin otro objetivo, sin importarle la verdad ni cualquier otra inquietud.
Esta atrocidad espantosa, que supone el despojamiento de lo más preciado que tenemos y somos, la lamentaba Solzenicyn («Un mundo dividido en pedazos»): «Despojados de nuestra posesión más preciada: nuestra vida espiritual», «Hay un desastre que ya está muy entre nosotros. Estoy refiriéndome a la calamidad de una conciencia desespiritualizada y de un humanismo irreligioso», «La lucha por nuestro planeta, en lo físico y en lo espiritual, esa lucha de proporciones cósmicas no es una vaga cuestión del futuro. Ya ha comenzado. Las fuerzas del mal ya han lanzado su ofensiva decisiva.»
Ya lo advertía la Santísima Virgen en Fátima al tratar de contener el que el comunismo expandiera sus errores al mundo. El materialismo marxista ha propagado el ateísmo, del que se han contagiado otras ideologías como el materialismo liberal; que de forma menos áspera (aunque con una laicismo impositivo) ha llegado, más o menos, a los mismos objetivos: Ir rebajando el nivel de conocimiento de la Verdad en el hombre y vaciarle de su consciencia de transcendencia.
Esta pretensión de acabar con el orden natural establecido de origen por el Creador, es decir de negar la naturaleza espiritual del ser humano, tal y como ha sido creado —“Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Hombre y mujer los creó” (Gn 1, 26 – 27)—, por mucho que se pretenda destruir no se consigue del todo y siempre acaba, en algún momento y en alguna circunstancia, por aparecer y manifestar. La realidad espiritual del hombre está ahí por mucho que se quiera reprimir o negar. «El hombre, que es lo más noble de la creación pro su ser consciente de su realidad procedente de Dios, es todo él una auténtica «memoria Dei», un auténtico eco ontológico, imagen, reproducción de Dios.» (Paul Tillich).
Si se ha tratado desde el ateísmo —sin poder conseguirlo— negar a Dios y al hombre, y ante esta realidad imposible de destruir —por mucho que se pretenda…—, se la trata también de pervertirla, mutándola. Ahora, desde la preservación de lo espiritual, desde el espiritismo y el sincretismo de corrientes esotéricas se pretende subvertir el espíritu humano vocacionado a santidad según su imagen originada de Dios, para vincularlo a un falso dios, su antagónico, Satanás.
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