Sin Dios, sin moral y a lo loco

 

El mundo está mal. Es una realidad que nadie contradice. A pesar de que el mundo ha mejorado mucho en su aspecto material, en cambio, en lo que no hemos avanzado, al contrario, ha sido en el aspecto moral.

La televisión, las modas, las canciones, el cine, son mensajeros de sexo, placer, engaño, celos, pasión. ¿Qué mensaje llevan a los jóvenes a películas como: «Las edades de Lulú»; «Cómo ser mujer y no morir en el intento»; «Instinto básico», …? No olvidemos que los jóvenes beben en el cine y en la televisión las ideas básicas sobre la vida. Por eso, Luis María Anson dice: «Los púlpitos de este siglo serán la televisión». Obras como «Inés desabrochada», de Antonio Gala, atacan con irreverencias y mofas a la Eucaristía, a la Iglesia y a los Sacramentos. Hoy son muchos los que presumen de ser libres, sin ataduras ni frenos. La disciplina sin libertad es tiranía, pero la libertad sin disciplina es caos. La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de sí mismo, decía Montaigne.

Se quiere vivir en una auténtica anarquía moral y todo lo que sea respetar unas normas éticas se considera represión. Es represión enseñar a los jóvenes la práctica de la continencia, el dominio de sí mismo o el respeto a los demás. Y es que muchos hombres de hoy no quieren saber nada de Dios ni de moral. Se están convirtiendo en unos seres desvergonzados que cada día se van alejando más de las normas morales, éticas y sociales, haciendo del subjetivismo y de sus intereses personales el patrón de referencia. El hombre de hoy, según Jean Guitton, huye de los grandes temas (la muerte, el sufrimiento, la espiritualidad, el sentido trascendente) y se refugia en temas banales (el fútbol y mucha salsa rosa), porque le tiene miedo a la espiritualidad. «El ruido de la vida actual nos dice Enrique Rojas no deja espacio para escuchar y descubrir la imagen de Dios». Vivimos en una sociedad de consumo donde lo superfluo se convierte en necesario. Y en esta sociedad consumista se organiza la vida para poder vivir sin Dios, pero no sin las cosas. Parece que acabar con los monopolios, decía Cicerón, tiene sus ventajas. Ahora somos más normales con varios dioses que antes con un solo. Hemos creado nuestro propio dios a nuestro gusto. Se cree en un dios que no compromete. La religiosidad, a veces, para manifestarse se vale de fiestas y de folclore.

Hoy nos encontramos con una sociedad en permanente crisis. Por eso predomina lo efímero y transitorio frente a lo estable y duradero. «El pluralismo, la carencia de ideologías sólidas, la debilidad de las creencias, la inseguridad y el relativismo moral son para E. Gervilla algunas de las razones que explican y justifican la permanente crisis». Pero la crisis mayor, la más radical y profunda que se está padeciendo hoy, es la quiebra de la persona humana. Y no podemos olvidar el daño moral que con nuestras actitudes frente a Dios estamos haciendo a nuestros hijos. Los jóvenes según J. Kerkofs han tomado buena nota de los aspectos negativos de nuestro mundo actual: la carrera de armamentos, el paro, la multiplicación de los divorcios, el vacío espiritual generalizado y los grandes interrogantes a propósito del sentido de la vida hacen que buena parte de ellos se refugie en el individualismo y en las experiencias inmediatas (la obsesión por tanta revista pornográfica, por tanta película erótica; por el ambiente de alta tensión sexual que se respira en las calles y que hacen que el sexo se convierta en una droga que cada día pide más). Una juventud eufórica por el alcohol, alucinada por la droga, extenuada por el cansancio y embotada por una música machacona y ruidosa es una juventud estrellada y despeñada. La muerte de los jóvenes se está convirtiendo en una tragedia casi diaria.

A veces nos refugiamos en las leyes que hacen los hombres para justificar nuestra actitud. Y tiene que quedar claro que los hombres podrán hacer leyes justas e injustas, pero esas leyes, que tienen fuerza legal, no tienen carácter definitivo en el orden ético o moral. Una cosa no es buena o mala porque lo permita la ley. Las cosas serán buenas o malas independientemente de la ley civil que las permita o las prohíba. Así, el adulterio será una ofensa a Dios, lo mismo que el aborto, aunque la ley civil lo despenalice. Los principios morales son eternos. No pueden cambiar con el tiempo. Los hombres hacen leyes, pero por encima de las leyes de los hombres está la Ley de Dios.

¿Es rentable vivir a lo loco? Pensemos seriamente en lo que es el hombre. El hombre es un animal racional, pero cuando pierde la racionalidad se convierte en la peor de las fieras. La Historia es testigo de las atrocidades que el hombre ha cometido: guerras, armas nucleares, hornos crematorios, etc. Para Amando de Miguel: «La desorganización social, la pérdida de valores morales y de referentes religiosos, frente a la aparición de valores hedonistas, propician la aparición de la violencia».

Primero ha matado su conciencia; después mata al otro. «Y la solución a los grandes problemas de la humanidad según la madre Teresa de Calcuta no está en los cañones ni en las ametralladoras, sino en el amor y en la comprensión». En su última visita a España, decía Juan Pablo II a los jóvenes: «¿De qué es capaz la humanidad sin interioridad? Sin interioridad el hombre moderno pone en peligro su misma integridad».

Martin L. King decía: «O aprendemos a vivir como hermanos o pereceremos todos juntos, víctimas de nuestra locura». El hombre de hoy, su destino temporal y eterno, su dignidad, está en peligro, porque la humanidad está atravesando un momento particularmente difícil de su historia. Este mundo que se obstina en negar a Dios, porque no existe o porque ha muerto, resulta que no puede vivir sin Dios. Se entiende que el hombre sin Dios no puede comprenderse a sí mismo ni realizarse.

Manuel Garrido López, en La Razón

Fuente: http://www.mercaba.org/ARTICULOS/S/sin_dios_sin_moral_y_a_lo_loco.htm

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.