“Aprendamos, pues, a ser misericordiosos por todas las razones que para serlo tenemos; pero, sobre todo, porque también nosotros necesitamos de mucha misericordia. Y no pensemos haber vivido todo el tiempo que no hayamos sido compasivos…” (San Juan Crisóstomo)[1].
El amor compasivo no encuentra límite, y todo cuanto entra en relación con el hombre está expuesto a ese sentimiento profundo e ilimitado.
“Y ni siquiera se contentó con decir: ‘Revestíos de misericordia’, sino ‘de entrañas de misericordia’, a fin de que imitemos el cariño que infunde la naturaleza” [2].
«¿No advertís que llamamos humano lo que respira compasión y bondad, y calificamos de inhumano todo lo que lleve signo alguno de crueldad y dureza? ¿No es así que tomamos por distintivo del hombre la compasión, y lo contrario el de la fiera? De ahí que digamos: Pero ¿eso es un hombre o una fiera y un perro?»[3].
«De ahí que Dios no encomendó esas virtudes a la sola razón, sino que mucha parte de ellas las imprimió en la ley misma de la naturaleza. Así los padres, así las madres, se compadecen de sus hijos, y los hijos de sus padres. (…) Y es que como Dios quería tan ardientemente que se practicara esta compasión, puso ley a la naturaleza que contribuyera en mucha parte a ello, con lo que nos demostraba el empeño que El ponía en su cumplimiento”[4].
Apostar por el ser, por la vida compasiva,… supone padecer la pasión, el padecer del otro, acompañarle en su padecimiento (com-padecer). No hay compasión sin padecimiento, sin la conmoción que supone en trascender hasta el otro, metiéndose en su pie, para sentir lo que él siente y padece, y conmiserarnos.
El egocéntrico y el egoísta es incapaz de compasión, pues es incapaz de salir de su yo, y trasladarse al otro, es incapaz de com-padecer, pues solo padece en sí; encerrado en las paredes de su propia piel como una cárcel, e indiferente ante el sufrimiento ajeno. «Mas ¿no es eso tener sentimientos de fiera, aborrecibles a Dios y repugnantes a la naturaleza, inclinada que es a la compasión? Nadie habrá que lo dude”[5]. Hoy tenemos la gravísima responsabilidad de no perder ese rasgo fundamental y definitorio de la esencia nuestro ser humano: Quien permanece impávido ante la desgracia ajena, quien pasa impasible ignorando las dolencias de cuantas personas yacen en la marginación y la soledad, hace gala de una exasperante deshumanización, manifiesta una pérdida de ser. A nuestro hombre occidental cada vez más le cuadra lo de Nietzsche cuando dice sentir «desprecio y cierta desconfianza respeto a la compasión y a los «corazones cálidos»[6].
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[1] En R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid 1967, n.428.
[2] San Juan Crisóstomo, en R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid 1967, n.473.
[3] R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid 1967, n.481.
[4] R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid 1967, n.428.
[5] SAN CIRILO DE ALEJANDRIA en R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid 1967, n.1159.
[6] Más allá del bien y del mal, Edaf, Madrid 1981, p.167.
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