«El secreto de Dios es para sus fieles» (Sal 25,14)

«Por el amor nos unimos y nos juntamos con Dios (…). Por el amor se llega a ver los secretos del mismo Dios» (San Agustín)[1].

El ser mismo de Dios es Amor: “Dios es Amor (1 Jn 4,8.16). Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (cf. 1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); Él mismo es una eterna comunión de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha predestinado a todos a participar en esa caridad trinitaria.

 

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            Se presentó un muchacho que venía de muy lejanas tierras en la casa de un maestro espiritual muy conocido por su sabiduría y bondad.

           —¿Qué desea, joven?

           —Deseo me enseñe el secreto de la sabiduría, de la perfección y de la santidad.

           El maestro fijó sus ojos en él y le observó lentamente, y reparó en sus pies descalzos:

           —¿Dónde están tus zapatos, que traes los pies destrozados?

           —Maestro sabio y bueno, a mitad del viaje me encontré con un mendigo y se los di. Desde entonces he hecho el camino descalzo.

           —¡Ah!… Mi querido joven —suspiró profundo—. Yo no te puedo enseñar el secreto que me pides, pues está en ti, va contigo y donde quieras que vayas te acompaña. ¡Que Dios te bendiga!

           El maestro se inclinó y le besó los pies.

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            Cuando uno lleva el secreto de la vida consigo y no lo percibe, además de sabio es santo.

            Quien se descalza ante otro hombre, y sobre todo si este hombre no tiene apariencia de hombre, y lo reconoce como tal, su mirada es perfecta.

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Las cosas de Dios exceden al ser humano.

El secreto interior no se puede conocer y comunicar por medios directos, sólo el amor compasivo de alguna manera nos lo revela.

En la caridad, en el amor misericordioso, el Misterio se revela «sensible». “Todos los caminos del Señor son misericordia y verdad (Sal 24,10).

Sabemos que la perfección cristiana está esencialmente en el amor.   El amor es gracia, y mientras no sea esto no estamos en el secreto del corazón del Reino.

El «rey» Herodes no reconoce al Rey, como tampoco Pilatos, cuando le tenían a ojos vista. Pertenecen a un orden distinto; el reino de la caridad les es inaccesible.

Quien ama, quien vive el bien, adquiere una sensibilidad «natural», una inclinación como una corriente que arrastra hacia las cosas de Dios.  Los secretos de Dios son inescrutables, pero sí comunicables.

«Contemplad los misterios del amor, y podréis contemplar el seno del Padre, que sólo su Hijo unigénito ha revelado. Porque la esencia de Dios es amor, y fue por amor como se hizo manifiesto a nosotros”[2].

Contemplación es no simplemente una forma de conocer junto a otras. Lo característico suyo no reside solamente en una especialidad del proceso del conocer mismo. Lo que marca y distingue a la contemplación es más bien esto: es un conocer encendido por el amor. «Sin el amor no habría contemplación». La contemplación es un percibir amante. Es visión amorosa del amado.

San Agustín pone el amor, la caridad, en el primer plano de la vida intelectual del hombre. El conocimiento no se da sin amor. Amemos, por tanto, para comprender.

La única forma de alcanzar el conocimiento «total» consiste en el acto de amar; ese acto transciende al pensamiento, transciende las palabras, penetra y bucea el interior, entra en la cámara secreta, íntima, donde la realidad más profunda se encuentra.

El conocimiento de lo secreto, de la íntima realidad de otra persona, implica una simpatía, una conexión de confianza que permite el encuentro, el adentramiento, el amor íntimo. Sin amor no hay verdadero conocimiento entre personas, pues no se penetra en ese espacio de la intimidad.

Platón afirmaba que el conocimiento es un forma de familiaridad. Y «San Agustín nos dice cómo su madre tenía conocimiento connatural, por el hecho de su fe cristiana, una inteligencia tal de los misterios y de los sacramentos, que él no pudo conseguir hasta muchos años después de su conversión”[3].

 

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[1] Manual, c.18, en AR, p.439.

[2] CL, n.200.

[3] RAGUIN, Y., Atención a Dios, Narcea, Madrid 1979, p.99.

 

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