
Hoy, 3 de julio, celebramos al apóstol santo Tomás. Uno de los doce apóstoles que -como todos ellos, a excepción de san Juan- testimonió su fe con su sangre. Y que como consta en la lectura del evangelio del día (ver más abajo), la fe se hace central en personaje, al que Jesús si dirige especialmente, pues dudaba de lo que oyó de los demás apóstoles cuando, al estar ausente en la tarde del domingo de resurrección, Jesús se les apareció resucitado.
La escena es de los más plástica y convincente: Jesús le pide que palpe las heridas de su pasión. Y le dice: «y no seas incrédulo, sino creyente.»
Entonces Tomás exclamó con una confesión total: «¡Señor mío y Dios mío!».
Pero esa una declaración del reconocimiento del señorío y divinidad de Jesús resucitado, producto de la comprobación, de la ausencia de fe; de ahí Jesús dijera: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Es decir, agraciados los que tenga fe (los que crean si haber visto como Tomás).
Quizá resultara demasiado hermoso (el que Jesús hubiera resucitado), para creerlo. Pero en ello, hay un grado de obturación, de terca desconfianza, de falta de pureza, de inocencia, de espíritu de la infancia, de estar disponibles a la verdad, a confiar en la palabra…, a dejarse sorprender, fascinar, a enamorarse de la Verdad.
Tener fe, como dice el Señor, es una dicha. Y el muchas partes de los evangelios el mismo Jesús afirma que hay confesiones de fe, que no proceden de la carne sino del Padre; es decir, que no son de cosecha propia sino gracia, don de Dios.
Para recibir este don se requiere una disposición a acogerlo. Hoy esto se ha hecho complicado; pues se precisa de un grado de humanidad.
Hay una correlación entre la deshumanización y la carencia de fe. La importancia de la fe para mantenernos humanos en una sociedad que cada vez nos deshumaniza más. Cada vez va a hacer más falta creer en ese Dios que ha creado y salvado lo humano a pesar de sus miserias. La urgencia de la fe se hace patente. Ya no se trata de tener fe para acercarse a Dios, sino para seguir siendo humanos.
La fe ha de fascinar y solo en una humanidad no escéptica y refractaria puede exclamar, sin haber visto: «¡Señor mío y Dios mío!»
Pedir pruebas en la fe, quebranta la virtualidad de la misma. Pues su esencia radica en la confianza, en una confianza amorosa y fascinada por aquel objeto de fe que es un Dios Amor, digno de toda confianza. Y porque la fe es una virtud teologal; no es de origen humano, sino divino.
Los que tenemos fe hemos de estar eternamente agradecidos. Es el bien mayor, y se nos ha dado gratuitamente.
Lectura del santo evangelio según san Juan (20,24-29):
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús.
Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.
Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
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Palabras de papa Francisco
(Regina Caeli. 16-4-2023. Domingo de la Divina Misericordia. Tomás, el “apóstol incrédulo”)
El Evangelio nos narra dos apariciones de Jesús resucitado a los discípulos y en particular a Tomás, el “apóstol incrédulo” (cfr. Jn 20,24-29).
Tomás, en realidad, no es el único al que le cuesta creer, es más, nos representa un poco a todos nosotros. De hecho, no siempre es fácil creer, especialmente cuando, como en su caso, se ha sufrido una gran decepción. Después de una gran decepción es difícil creer. Ha seguido a Jesús durante años, corriendo riesgos y soportando penalidades, pero el Maestro fue crucificado como un delincuente y nadie lo ha liberado, ¡nadie ha hecho nada! Ha muerto y todos tienen miedo. ¿Cómo fiarse todavía? ¿Cómo fiarse de la noticia que dice que está vivo? La duda está dentro de él.
Pero Tomás demuestra que tiene valentía: mientras los otros están encerrados en el cenáculo por el miedo, él sale, con el riesgo de que alguien pueda reconocerlo, denunciarlo y arrestarlo. Podríamos incluso pensar que, con su valentía, merecería más que los otros encontrar al Señor resucitado. Sin embargo, precisamente por haberse alejado, cuando Jesús se aparece por primera vez a los discípulos la noche de Pascua, Tomás no está y pierde la ocasión. Se había alejado de la comunidad. ¿Cómo podrá recuperarla? Solo volviendo con los otros, volviendo allí, en esa familia que ha dejado asustada y triste. Cuando lo hace, cuando vuelve, le dicen que Jesús ha venido, pero a él le cuesta creer; quisiera ver sus llagas. Y Jesús le complace: ocho días después, aparece de nuevo en medio de sus discípulos y le muestra sus llagas, las manos, los pies, esas llagas que son las pruebas de su amor, que son los canales siempre abiertos de su misericordia.
Reflexionemos sobre estos hechos. Para creer, Tomás quisiera una señal extraordinaria: tocar las llagas. Jesús se las muestra, pero de forma ordinaria, presentándose ante de todos, en la comunidad, no fuera. Como diciéndole: si tú quieres encontrarme no busques lejos, quédate en la comunidad, con los otros; y no te vayas, reza con ellos, parte con ellos el pan. Y nos lo dice a nosotros también. Es ahí que puedes encontrarme, es ahí que te mostraré, impresas en mi cuerpo, las señales de las llagas: las señales del Amor que vence el odio, del Perdón que desarma la venganza, las señales de la Vida que derrota la muerte. Es ahí, en la comunidad, que descubrirás mi rostro, mientras compartes con los hermanos momentos de oscuridad y de miedo, aferrándote aún más fuerte a ellos. Sin la comunidad es difícil encontrar a Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, la invitación hecha a Tomás es válida también para nosotros. Nosotros, ¿dónde buscamos al Resucitado? ¿En algún evento especial, en alguna manifestación religiosa espectacular o sorprendente, únicamente en nuestras emociones o sensaciones? ¿O en la comunidad, en la Iglesia, aceptando el desafío de quedarnos, aunque no sea perfecta? No obstante todos sus límites y sus caídas, que son nuestros límites y nuestras caídas, nuestra Madre Iglesia es el Cuerpo de Cristo; y es ahí, en el Cuerpo de Cristo, que se encuentran impresas, aún y para siempre, las señales más grandes de su amor. Pero, preguntémonos si, en nombre de este amor, en nombre de las llagas de Jesús, estamos dispuestos a abrir los brazos a quien está herido por la vida, sin excluir a nadie de la misericordia de Dios, sino acogiendo a todos; a cada uno como un hermano, como una hermana. Dios acoge a todos, Dios acoge a todos.
Que María, Madre de Misericordia, nos ayude a amar a la Iglesia y a hacer una casa acogedora para todos.
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Datos biográficos
Sabemos poco de su vida con certeza. Escuetamente lo que dice de él el Evangelio, y precisamente el evangelista san Juan, el único que menciona algunas de sus intervenciones. No conocemos cosas sobre su origen, desconocemos su ascendencia, y ni siquiera tenemos noticias del momento de su vocación, salvo lo genérico que corresponde a todos. Su nombre aparece en las listas de los Apóstoles y siempre junto al evangelista y apóstol Mateo. Su mismo nombre es extraño al texto bíblico, incluido el del Antiguo Testamento. San Juan dice que se le apodaba «Dídimo» cuya traducción castellana sonaría «El Mellizo»; pero ni aun esto nos da pistas para adquirir más datos puesto que no consta de quién pudo ser gemelo, ya que en las Actas que llevan su nombre y en la Doctrina Apostolorum, donde sí aparece como mellizo de Judas, son escritos apócrifos que se han de rechazar por lo fantasioso y otras cosas.
Pertenece al campo de la leyenda, de la simple hipótesis y de la conjetura el que hubiera sido arquitecto, como lo dejó plasmado Rafael con la simbólica escuadra de su trabajo, o que procediera de familia humilde, como dicen otras fuentes. Ni siquiera consta el hecho de su martirio, sino por una tradición menor. Que se celebre su fiesta el día 3 de julio desde el siglo vi se debe a la fecha del traslado de sus restos a Edesa.
Cierto: es uno de los Doce, que aparece con carácter fuerte, decidido, valiente y animoso desde el primer momento en que el Evangelio (Jn 11, 1-6) habla de una intervención suya, proponiendo a los colegas acompañar a Jesús a Jerusalén cuando los ánimos están caídos por el ambiente adverso: «Vamos nosotros también a morir con Él».
Otra de sus intervenciones fue la misma noche de la Pascua, en el cenáculo. Hablaba Jesús con un lenguaje tan subido que la cabeza de Tomás no entiende lo que dice; está diciendo que se marcha, que no pueden ir ellos a donde él va, que la separación no va a ser definitiva, y que ellos ya conocen el camino. Esto llamó la atención de Tomás hasta el punto de interrumpir las palabras del Señor, pidiendo explicación a lo que escucha: «No sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Sus esperanzas de ocupar un buen puesto en el Reino se debieron de ver frustradas con la deserción miedosa a partir del acontecimiento de Getsemaní. Se decía a sí mismo que allí fue donde empezó el fracaso más fuerte de su vida. Años perdidos, ilusiones rotas y esperanzas en la papelera. Después vino lo irremediable: todo ese mundo atroz de sufrimientos físicos y morales por donde pasa el que se condena a muerte, aunque fuera inocente como su Maestro. Todo terminó con la cruz vergonzosa y en la tumba fría. ¡Qué pena haber amado tanto, y que aquello tan radiante hubiera sido solo un hermoso sueño! Pero había más: a la frustración por Jesús muerto había que añadir un dato: él era su amigo, lo sabían todos, lo buscarían y terminaría mal, ¡buenos eran aquellos mandamás para dejar un cabo suelto! Era preciso aguantar la amargura, pero lejos. Sí, lo mejor era romper con el pasado y distanciarse de las amistades, desapareciendo.
Quizá por eso no estuvo presente cuando estaban diez el Domingo por la tarde y le vieron. Lo buscaron y se lo dijeron, pero no se fió. ¿Que está vivo Jesús? ¿El muerto? ¿Que lo ha visto la de Magdala? ¿Que los que marchaban a Emaús lo han descubierto? ¿Que todos menos yo lo habéis visto? ¿Que habéis hablado con Él? ¡Dejadme de cuentos! ¿Y dónde está en este momento, en qué casa, por qué calles anda, qué suelo pisa, por qué se esconde, qué hace ahora, por qué no lo acompañáis, de quién tiene miedo? Es un chorro de preguntas sin respuesta. A la pena y angustia se está uniendo el enfado y el despecho porque los ve alegres y él no ha echado la pena del cuerpo. Ni entiende ni goza; los comentarios son sin sentido, propios de locos o de fulleros. Adopta una actitud terca y desconfiadísima. ¡Pruebas! ¡Mis dedos en sus llagas y mi mano en la del pecho!
«Señor mío y Dios mío», dijo a los ocho días el alma de Tomás, cuando Jesús se puso en medio, sin que nadie abriera las puertas bien cerradas como consecuencia del miedo. Fue una confesión de fe en la divinidad de Jesucristo, que sabía hasta lo de los dedos y las manos. No hizo falta tocarlo, y hasta bendijo Él a los que creyeran sin ver. Lección aprendida. Es la fe que Dios da, para cuya aceptación no hay que pedir pruebas. El incrédulo ha llegado más lejos formulándola.
Lo demás es leyenda de lo posible; lo describen haciendo apostolado o siendo testigo por tierras de la gentilidad. Concuerdan las tradiciones –imposibles de comprobar– en señalar sus pasos hacia el Oriente, pero no se ponen de acuerdo para asentarlo en Irak, Irán, Beluchistán, India, Persia, Pakistán o el Tíbet. ¡Qué más da! Su alma noble y enamorada fue diciendo con la mayor de las elocuencias –la humildad– que Jesús es el camino, que murió, que está vivo y que salva a quien se deja salvar.
Archimadrid
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Catena Aurea
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 85
Hallándose reunidos todos los discípulos, sólo faltaba Tomás, a consecuencia de la primera dispersión, por lo que dice: «Tomás, uno de los doce, que se llama Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús».
Alcuino
En griego, se llama Dídimo, en latín, doble 1 a causa de la vacilación de su corazón en creer. También quiere decir abismo, porque penetró la profundidad de los abismos de Dios.
San Gregorio, ut supra
No fue casualidad que aquel discípulo elegido estuviese ausente, sino obra de la divina clemencia, para que mientras el discípulo incrédulo palpaba en el cuerpo de su Maestro las heridas, curara en nosotros las de nuestra infidelidad. Más provechosa nos ha sido para nuestra fe la incredulidad de Tomás, que la fe de todos los discípulos, porque mientras él, tocando, es restablecido en la fe, nuestro espíritu se confirma en ella, deponiendo toda duda.
Beda
Se preguntará por qué refiere el Evangelista que Tomás faltaba en aquel momento, cuando Lucas afirma que dos discípulos que habían ido a Emaús, volvieron a Jerusalén, encontrando reunidos a los doce. Pero es menester entender que medió cierto espacio de tiempo desde la hora que se ausentó Tomás y la que estuvo Jesús en medio de ellos.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 86
Así como es censurable la ligereza en creerlo todo, así también lo es el acusar a Tomás groseramente. Diciendo los Apóstoles: «Hemos visto al Señor», no creyó, no tanto por desacreditarles, cuanto por creerlo imposible. Por eso sigue: «Dijéronle, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor; pero él les contestó: Si no viere en sus manos el taladro de los clavos, y metiese mi dedo en la herida de ellos, y mi mano en el lado del Señor, no creeré». Este, más grosero que los otros, buscaba la fe por los sentidos (como el tacto), y ni siquiera daba crédito a sus ojos. Así que no le bastó el decir si no lo viese, sino que añadió: «Y metiese el dedo», etc.
Notas
- En griego, Didumoj, mellizo.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 86
Considera la clemencia del Creador, que por salvar su alma se aparece y se acerca, enseñando sus heridas. Sin duda que los discípulos que lo anunciaban, y el mismo Jesús que lo había prometido, eran dignos de fe. Pero, sin embargo, porque Tomás lo exigía, el Señor no le desoyó. No se le aparece al momento, sino pasados ocho días, para que, advertido entre tanto por los discípulos, se inflamara más su deseo y fuera más fiel en adelante. Así dice: «Pasados ocho días, estaban otra vez sus discípulos dentro, y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las puertas, y se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros».
San Agustín, in serm. Pass.
¿Me preguntas en qué consiste la extensión del cuerpo de Jesús, habiendo entrado cerradas las puertas? Yo te respondo: Si anduvo sobre el mar, ¿dónde está el peso de su cuerpo? El Señor lo hizo como Señor. ¿Acaso porque resucitó dejó de serlo?
Crisóstomo, ut supra
Presentóse, pues, Jesús y no esperó a que Tomás preguntase, sino que para hacerle ver que cuando hablaba a sus condiscípulos le estaba oyendo, usa de sus mismas palabras, y en primer lugar lo reprende y lo corrige. Así sigue: «Después dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y toca mis manos y alarga la tuya, e introdúcela en mi costado». Luego le instruye, diciendo: «No quieras ser incrédulo, sino fiel». Ved aquí la duda de la incredulidad antes de que recibieran el Espíritu Santo, pero no después, que permanecieron firmes. Digno es de averiguarse por qué el cuerpo incorruptible conservaba las llagas de los clavos, pero no te admires, pues era por condescendencia, para demostrarles que era el mismo que había sido crucificado.
San Agustín, De Symbolo
Podía, si hubiera querido, haber hecho desaparecer de su cuerpo resucitado y glorificado todas las señales de sus heridas; pero El sabía por qué las conservaba. Pues así como convenció a Tomás, que no creyó sin haber tocado y visto, así las enseñará a sus enemigos, no para decirles como a Tomás: «Porque viste, creíste», sino para que, reprendiéndolos con la verdad les diga: He aquí al hombre a quien crucificasteis; ved las heridas que le inferisteis; reconoced el costado que alanceasteis; que por vosotros, y para vosotros fue abierto, y sin embargo no quisisteis entrar.
San Agustín, De civ. Dei., 22, 20
No sé cómo nos atrae de tal manera el amor a los bienaventurados mártires, que desearíamos ver en el cielo las cicatrices que por el nombre de Cristo recibieron en sus cuerpos, y quizá las veremos, pues no serán en ellos deformidad, sino dignidad. Y aunque recibidas en sus cuerpos, brillarán en ellos, no como hermosura corporal, sino como de heroísmo. Pero ni aunque haya sido amputado algún miembro, aparecerán sin él en la resurrección, pues se les tiene ofrecido que ni un cabello de su cabeza perecerá ( Lc 21,18). Y aun será debido que en aquel nuevo reino aparezca la carne mortal con las señales de las heridas de los miembros que, si bien cortados, no fueron perdidos, sino restituidos, porque cualquier deformidad causada en el cuerpo, no será entonces defecto, sino prueba de virtud.
San Gregorio, In Evang. hom. 26
El Señor ofreció su cuerpo, que introdujo por puertas cerradas, para que le tocara. Con lo cual probó dos milagros contrarios entre sí, si humanamente se considera: demostrar después de su resurrección, que era incorruptible y palpable, pues lo que se toca es necesariamente corruptible, y no es palpable lo que no se corrompe. Incorruptible, pues, y palpable se mostró el Señor para probarnos que El conservaba después de su resurrección la misma naturaleza que nosotros, y una gloria diferente.
San Gregorio, Moralium, 13, 31
Nuestro cuerpo en la gloria de nuestra resurrección será sutil por efecto de la espiritualidad de la persona divina, pero palpable por la realidad de la naturaleza corporal (y no como dijo Eutyches), impalpable y más sutil que el aire y los vientos.
San Agustín, in Ioannem, tract., 121
Tomás, viendo y tocando al hombre, le confesaba Dios, a quien no veía ni tocaba. Pero por lo que veía y tocaba, depuesta toda duda, creía; por eso sigue: «Respondió Tomás y le dijo: Señor mío y Dios mío».
Teofilacto
Aquel que primero se había mostrado infiel, después de tocar el costado del Señor se convierte en el mejor teólogo, pues disertó sobre las dos naturalezas de Cristo en una sola persona porque diciendo «Señor mío», confesó la naturaleza humana y diciendo «Dios mío» confesó la divina y un solo Dios y Señor.
Sigue: «Porque me viste, creíste».
San Agustín, ut supra
No dice me tocaste, sino me viste, porque el sentido de la vista se generaliza en los otros cuatro sentidos; como cuando decimos: Oye, y verás qué bien suena; huele, y verás qué bien sabe; toca, y verás qué buen temple. Por esto, al decir el Señor «Pon tu dedo aquí, y mira mis manos» ¿qué otra cosa quiere decir sino toca y mira? Y esto que él no tenía ojos en el dedo, pero bien sea mirando, bien tocando, le dice: «Porque me viste, creíste». Aunque pudiera decirse que el discípulo no se hubiera atrevido a tocarle, cuando el Señor se ofreciera a ello.
San Gregorio, In Evang. hom. 26
Pero como diga el Apóstol que la fe es la sustancia de cosas que se esperan ( Heb 11,1), pero que no se ven evidentemente, se deduce que, en las que están a la vista, no cabe fe, sino conocimiento. Si, pues, Tomás vio y tocó, ¿por qué se le dice «Porque me viste, creíste»? Pero una cosa vio y otra creyó; vio al hombre, y confesó a Dios. Mucho alegra lo que sigue: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron». En esta sentencia estamos especialmente comprendidos, porque Aquel a quien no hemos visto en carne lo vemos por la fe, si la acompañamos con las obras, pues aquel cree verdaderamente que ejecuta obrando lo que cree.
San Agustín, ut supra
Usó en sus palabras el tiempo de pretérito, como si fuera ya hecho lo que conocía en su predestinación que había de suceder.
Crisóstomo, in Ioannem, hom. 86
Si alguno dijera, ojalá hubiese vivido en aquellos tiempos, y hubiese visto al Señor haciendo milagros, que se acoja a esta palabra: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron».
Teofilacto
Esto se refiere a aquellos discípulos que sin tocar las llagas de los clavos ni del costado creyeron.
Crisóstomo, ut supra
Como Juan había referido menos que los otros evangelistas, añadió: «Otros muchos milagros hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritos en este libro», pero no se ha dicho más que lo suficiente para atraer a los oyentes a la fe. Pero me parece que se refiere aquí los milagros que acontecieron después de su resurrección y por esto dice: «En presencia de sus discípulos», con los cuales solamente trató después de su resurrección. En seguida, para que sepas que no sólo se hacían estos milagros en gracia de sus discípulos, añade: «Esto está escrito, para que creáis que Jesús es Cristo Hijo de Dios», cuyas palabras están dirigidas generalmente a todos los hombres. Y para demostrar que la fe, no sólo es útil a aquel que cree, sino también a nosotros mismos, añade: «Y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre», esto es, en Jesucristo, porque El es la vida.
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