Santa Josefina Bakhita, 8 de febrero

En la santidad de los pequeños y humildes es donde se aprecia con mayor evidencia el don de Dios, su gracia, el Espíritu Santo actuando y transformando a una persona, como J. Bakhita, aunque sea inculta y no disponga de grandes conocimientos, aunque sea una persona “irrelevante”, una mujer esclava, negra, sin nada ni nadie…, hasta llevarla a la santidad dotándola de una capacidad de perdón excepcional, sobrenatural.

Dios es maravilloso y su misericordia para con todos nosotros es ilimitada y sin acepción de persona alguna. El don de Sí a cualquiera de sus hijos es real y está siempre presente y ofrecido, esperando a que alguien de nosotros, como J. Bakhita, se preste, lo acoja y se deje hacer, sean cual sean las circunstancias personales, aún en medio del más agresivo egoísmo y de la más despiadada miseria. Es milagroso…; pero es que Dios es así: un misterio insondable de amor misericordioso.

Quien no haya vista la película de la vida de esta santa, procure verla. Se la recomendamos encarecidamente.

 

Esta es la estremecedora historia de santa Josefina Bakhita:

La conmovedora existencia de esta mártir africana, doctora del perdón, dio la vuelta al mundo cuando san Juan Pablo II la canonizó el 1 de octubre de 2.000. Fue la suya una vida que interpela sobre ese insondable misterio del amor de Dios que se impone sobre la felonía y brutalidad de algunos seres humanos. Ella encarnó admirablemente la indicación de Cristo de perdonar sin límites: «hasta setenta veces siete» (Mt, 18, 22).

Vino al mundo en un continente con una tradición de siglos de esclavitud aterradora. Nunca supo ni su fecha exacta de nacimiento, aunque pudo producirse en 1.869 en Olgossa-Darfur, Sudán, en la tribu de los dagiu, y tampoco recordó su nombre, borrado para siempre por la conmoción de un hecho espantoso que le acaeció alrededor de sus 9 años. Bakhita, que significa “afortunada”, es el nombre que se le puso cuando fue secuestrada, ya que por la fuerte impresión, nunca llegó a recordar su verdadero nombre. Josefina es el nombre que recibió en el bautismo.

Fue capturada por dos negreros (buscadores de esclavos) mientras paseaba con una amiga, a la que dejaron marchar. Aproximadamente Bakhita tenía nueve años. Atemorizada y traumatizada no fue capaz de decir su nombre cuando se lo preguntaron, y entonces al comprarla sus amos la llamaron Bakhita, «afortunada», aunque el simbolismo encerrado en este significado le sería develado por completo a través de un atroz camino signado por la cruz.

Tenía tres hermanos y dos hermanas, una de ellas era su gemela. Otra había desaparecido antes en manos de diferentes negreros; tan cruel separación produjo una honda amargura en toda la familia.

Luego de ser capturada, Bakhita fue llevada a la ciudad de El Obeid y Kartoum, donde fue vendida  en el mercado de esclavos. En total sería vendida y revendida a cinco amos distintos, siendo maltratada junto a otros esclavos como «bestias de carga», encadenada, brutalmente golpeada, humillada, pasando hambre y sed, hacinada en nauseabundos espacios. Por varias veces intentó escapar, pero no lo consiguió. Con quien más sufrió malos tratos, humillaciones y torturas fue con su cuarto amo, cuando tenía unos 13 años. Fue tatuada con una chuchilla, le realizaron 114 incisiones, y para evitar infecciones le colocaron sal durante un mes. Cuenta ella misma: «seis en el pecho, setenta en el vientre y cuarenta y ocho en el brazo derecho». Para evitar infecciones le aplicaron sal durante un mes: «Sentía que iba a morir en cualquier momento, en especial cuando me colocaban la sal». 

El comerciante italiano Calixto Leganini compró a Bakhita por quinta vez en 1882, y fue así que por primera vez Bakhita era tratada bien.

Por quinta vez, en 1.882 fue comprada por quinta vez por el cónsul italiano Calixto Legnani. Desde su rapto, fue la primera vez en que ella se dio cuenta con una agradable sorpresa de que nadie le daba órdenes, de que no se utilizaba el látigo y de que se la trataba de un modo amable y cordial. Bakhita conoció en casa del cónsul la serenidad, el afecto y hasta momentos de gozo, aunque siempre mitigados por la ausencia de su familia, que ya había perdido para siempre y que ella recordaba con nostalgia. «Esta vez fui realmente afortunada porque el nuevo patrón era un hombre bueno y me quería mucho […]. No había reproches, ni castigos, ni golpes, y a mí me parecía imposible gozar de tanta paz y tranquilidad», diría ella misma. 

En 1884 Leganini se vio en la obligación de dejar Jartum, tras la llegada de tropas Mahdis. Bakhita se negó a dejar a su amo, y consiguió viajar con él y su amigo Augusto Michieli, a Italia. La señora Michieli deseó tener esclavos, y el cónsul se desprendió de Bakhita, a la que su nueva ama destinó como niñera de su hija Minnina de quien sería amiga.

En 1888 cuando la familia Michieli compró un hotel en Suakin, el matrimonio abondonó Italia, dejando a Bakhita y a Minnina bajo el amparo de las hermanas de Santa Magdalena de Canosa de Venecia. El administrador de la familia, Cecchini, le regaló un crucifijo que ella contemplaba sintiendo una indescriptible emoción en lo más íntimo de su ser. A través de la formación recibida, comprendió que el Dios de los cristianos «había permanecido en su corazón» y le había ayudado a soportar la esclavitud. En un momento dado, expresó: «Si volviese a encontrar a aquellos negreros que me raptaron y torturaron, me arrodillaría para besar sus manos porque, si no hubiese sucedido esto, ahora no sería cristiana y religiosa». ¿Quién puede decir algo así, con una trayectoria tan dramática como la suya, si no es por una gracia que procede de lo alto?

Bakhita y Minnina ingresaron al noviciado del Instituto de las Hermanas de la Caridad en Venecia, tras ser aconsejadas por las hermanas. Esta congregación fue fundada en 1808 con el nombre de Instituto de las Hermanas de la Caridad en Venecia, pero son más conocidas como Hermanas de Canossa. Cada día era ocasión para conocer más al Dios «que me ha traído hasta aquí de esta extraña forma». 

 

Después de varios meses de catecumenado, el 9 de enero de 1.890 recibió el bautismo, la comunión y la confirmación de manos del cardenal de Venecia, tomando el nombre de Josefina Margarita Afortunada. Ese día no sabía cómo expresar su alegría. Sus grandes ojos expresivos brillaban revelando una intensa conmoción. Se la vio besar con frecuencia la fuente bautismal al tiempo que decía: «Aquí he sido hecha hija de Dios».

La Señora de Michieli volvió de Sudán a llevarse a Bakhita y a su hija, pero con un gran coraje, Bakhita se negó a ir y prefirió quedarse con las Hermanas de Canossa. La esclavitud era ilegal en Italia, por lo que la señora de Michieli no pudo forzar a Bakhita, y es así que permaneció en el Instituto y su vocación la llevó a convertirse en una de las Hermanas de la Orden el 7 de diciembre de 1893, a los 38 años de edad. Trasladada a Venecia desempeñó trabajos humildes, a la par que cuidaba a los pobres. Durante más de cincuenta años, esta humilde Hija de la Caridad, verdadero testimonio del amor de Dios, vivió dándose a las diversas ocupaciones de la casa de Schio: fue cocinera, costurera, bordadora y portera.

No fue agraciada con dones extraordinarios, en el sentido de hacer milagros o fenómenos sobrenaturales; pero su fama de santidad la precedió. Impresiona su modestia y humildad,  por su sentido del humor y su alegría en medio de la tragedia que asoló su existencia, mantuvo una fe firme en su interior y cumplió siempre sus obligaciones diarias. Su humildad, su sencillez y su permanente sonrisa conquistaron el corazón de todos los vecinos de Schio. Las Hermanas la estimaron por su dulzura inalterable, por su bondad exquisita y por su profundo deseo de dar a conocer al Señor: «¡Sed buenos, amad al Señor, rezad por los que no le conocen. Considerad la gran gracia de conocer a Dios!».

En 1910 tuvo que narrar su autobiografia por obediencia. Publicada en 1929, a partir de 1930, le fue ordenada a ir a Venecia a contar su historia, y después a viajar por toda Italia dando conferencias y percibiendo ingresos para la orden. La salud de Bakhita se fue debilitando hacia sus últimos años y tuvo que postrarse a una silla de ruedas, la cual no le impidió seguir viajando, aunque todo ese tiempo fue de dolor y enfermedad.

Cuando agonizaba revivió los días terribles de su esclavitud y con relativa frecuencia suplicaba a la enfermera que la asistía: «Aflojad un poco más las cadenas… me hacen daño».

Falleció el 8 de febrero de 1947 en Schio (Italia), siendo sus últimas palabras para la Santísima Virgen María: “Madonna! Madonna!”. Mientras que su última sonrisa testimoniaba su encuentro con la Madre del Señor.

Miles de personas, en una fila ininterrumpida, fueron a darle el último adiós, expresando así el respeto y admiración que sentían hacia ella. Fue velada por tres días, durante los cuales, cuenta la gente, sus articulaciones aún permanecían calientes y las madres cogían su mano para colocarla sobre la cabeza de sus hijos para que les otorgase la salvación. Su reputación como una santa se ha consolidado. Josefina ha sido recordada y respetada en Schio, donde vivió muchos años, como Nostra Madre Moretta, la querida «Madre Negra».

Fue santificada por el pueblo, por lo que en 1959 la diócesis local comenzó las investigaciones para encontrarla venerable. Todo salió muy bien y fue así que el 1 de diciembre de 1978 fue declarada Venerable. Por tanto, el proceso para declararla santa empezó con gran auge y el 17 de mayo de 1992 fue beatificada y día 1 de octubre del 2000 por el papa Juan Pablo II, y se declaró día oficial de culto el 8 de febrero. Su canonización del Su espiritualidad y fuerza la han convertido en Nuestra Hermana Universal, como la denominó el Papa.

Fuentes: aciprensa, archimadrid y Isabel Orellana Vilches en es.zenit

 

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