Sal de la tierra y luz del mundo

En el evangelio (Mt 5,13-16) de la liturgia de hoy, 11 de junio, Jesús nos manda testimoniar lo que somos como cristianos: sal y luz, para un mundo insípido y de tinieblas. Tras la predicación de ayer de las Bienaventuranzas, el Señor continúa el Sermón de la Montaña, diciéndonos: “Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo”. Para ser sal y luz, hay que vivir el espíritu de las Bienaventuranzas.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5,13-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero, para que alumbre a todos los de la casa.
Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos».

Dar sabor es cometido de la misión encomendada a todos los seguidores de Cristo. Estamos llamados a estar en medio de la tierra contagiando sabor a santidad, a espiritualidad cristiana… Dar sabor mostrando a los demás el gusto por las cosas sencillas, aparentemente insignificantes, la satisfacción en trabajos humildes y quehaceres muchas veces tediosos, aburridos, hasta penosos, pero necesarios para el fruncimiento de las cosas y el bien de la sociedad. Dar en cualquier circunstancia de la vida ese sabor especial, un “no se qué” que emana de la persona que vive de Cristo, y se hace captar por la paz, alegría y amabilidad que desprende y expande, a veces muy sutil, pero que da un sabor al entorno que hace que la gente se sienta bien y a gusto con esa presencia. La contraria es aquella que parece ser portadora de desconfianza, de animadversión, de mal rollo, de murmuración, de discordia, etc., en definitiva, de “olor a azufre”.

La luz en sí no la vemos, pero es la que hace ver. La luz es la que hace que no haya oscuridad. Así, pues, espiritualmente, la luz de Cristo es la que disipa las tinieblas. Él es luz, la verdad y el camino. En la medida que nos distanciemos, dejamos de ver, de estar en la verdad, de andar en la dirección del cielo. Sin Cristo no se ve y estamos perdidos. Los que estamos y somos de Él, tenemos la ineludible responsabilidad de ser reflectores de la luz de Cristo para todo el mundo que nos rodea. Hemos de reflejar, emitir, dejar salir fuerza de nosotros lo que llevamos dentro. La Vida que nos habita, la Luz divina que vive en nosotros, como cristianos, ha de alumbrar el espacio en que nos encontramos. Si esto no se percibe es que nuestro ser cristiano no está bien enfocado de Cristo, precisamos de conversión. De modo que quien no “convierte” -aunque sea de manera liviana- a cuantos le rodean es que no alumbramos bien.

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«Dios es Luz, en él no hay tinieblas alguna» (1 Jn 1,5).

«Yo soy la luz del mundo. El que me siga, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». (Jn 8,12).

“Yo he venido como la luz al mudo, para que todo el que cree en mi, no quede en las tinieblas” (Jn 12,46).

“Brilláis como astros en el universo” (Flp 2,15b).

«Que todos sepan que yo soy cristiano, para que todo el mundo juzgue al cristianismo por todos mis actos» (Mounier)[1].

“Erais, en efecto, en otro tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de la luz. (Porque el fruto de la luz consiste en la bondad, en la justicia y en la verdad), juzgando por experiencia qué es lo que agrada al Señor.”  (Ef 5,8-10).

“Conducíos ejemplarmente en medio de los paganos de manera que viendo vuestras buenas obras glorifique a Dios el día de la visitación”  (1 Pe 2,12)

“Esta es la voluntad de Dios que reduzcamos al silencio la ignorancia de los insensatos con nuestra conducta ejemplar” (1 Pe 2,15).

“Nada como la misericordia caracteriza al cristiano; nada es así admirado, aun por parte de los incrédulos, como ver que practicamos la misericordia.” (San Juan Crisóstomo[2]).

“Ser luz para otros y con otros: he ahí  nuestra tarea en la Iglesia. La presencia de tales vidas en la Iglesia y en el mundo es de la mayor importancia. Esas vidas no sólo inflaman y ponen al rojo vivo el vivir y el obrar del individuo. No sólo irradian en la quietud de la meditación, incidiendo sobre el individuo, haciéndolo resplandecer e incluso poniéndolo al rojo vivo, sino que además iluminan a otros, y dan forma y visibilidad a la energía y profundidad que se reflejan luego en los actos externos de otros. La presencia del amor vivo y del Espíritu Santo son de suprema importancia para toda comunidad cristiana.” (K. Tilmann[3]).

“También la luz representa a la Iglesia, porque no tiene luz propia, sino que la recibe del Hijo unigénito de Dios, el cual en muchas pasajes de la Escritura alegóricamente es llamado sol”. (San Agustín[4]).

“(Laicos, fieles cristianos) Están llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento.” (Vaticano II[5])

 “En este campo (medio social en que viven), los seglares pueden ejercer el apostolado del compañero con el compañero. Es aquí donde se complementa el testimonio de la vida con el testimonio de la palabra. En el campo del trabajo, de la profesión, del estudio, de la vecindad, del descanso o de la convivencia, son los seglares los más aptos para ayudar a sus hermanos. n.13

Los seglares cumplen en el mundo esta misión de la Iglesia, ante todo, con la concordancia entre su vida y su fe, con la que se convierten en luz del mundo; con la honradez en todos los negocios, la cual atrae a todos hacia el amor de la verdad y del bine y, finalmente, a Cristo y a la Iglesia; con la caridad fraterna, pro al que, participando en las condiciones de vida, trabajo, sufrimientos y aspiraciones de los hermanos, disponen insensiblemente los corazones de todos hacia la acción de la gracia salvadora; con la plena conciencia de su papel en la edificación de la sociedad, pro la que se esfuerzan en llenar de magnanimidad cristiana su actividad doméstica, social y profesional. De esta forma, su modo de proceder va penetrando poco a poco en el ambiente, de su vida y de su trabajo.” (Vaticano II[6])

El mundo necesita “claridad y esplendor” (san Jerónimo)  para no vivir en las tinieblas. En nuestros días, conviene recordar lo que Paul Claudel preguntó a los cristianos: “Vosotros, los que veis, ¿qué habéis hecho de la luz?” (E. Romero[7])

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C. CARRETO[8]:

         Quien reduce el Evangelio a fórmulas será un frío administrador, pero nunca un profeta.

         Jesús vino a traer fuego a la tierra, no el catecismo. 163

         El “contemplata aliis tradere” era de evidencia meridiana. Debes transmitir tu contemplación, no tu sabiduría o, peor aún, tu cultura. 163

         Sólo quien contempla la cara de Dios y permanece como extasiado, puede decir con eficacia al hermano: ven a ver y tú mismo caerás en la cuenta de lo hermosos que es. 163-164.

         Arrastrar a los otros a la contemplación: he aquí el alma de todo apostado. Y esto sólo se puede hacer cuando uno va por delante en la contemplación. 164

         Hacer de tal modo que la luz de Jesús habite en ti, es condición indispensable para que puedas alumbrar a cualquiera que se te acerque.

         No busques otra cosa si quieres ser apóstol. De anda servirá tu ciencia; contará únicamente tu capacidad de recibir la luz de Dios que se te ofrece en Cristo. 165

         Yo he visto qué significa la luz en el rostro de quien está cara a cara con el ser trascendente. Nada tiene de extraño; lo sorprendente sería lo contrario, puesto que Dios es Dios, y no una pared o una estrella. 228

 

 

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[1] «Oeuvres», IV, p.635.

[2] «Sobre Lázaro» 1119/535

[3] Camino al centro, Sal Terraje, Santander, 1985, p.146.

[4] Enarr. In Ps. 10,3: CCL 38,42.

[5] II  Lumen gentium  n. 31.

[6] Decreto Apostolicam actuositatem n. 13.

[7] “No escondáis el bien”: Alfa y Omega 293 (2002), p.15.

[8] Más allá de las cosas, Paulinas, Madrid, 1969.

 

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