Sabiduría

         “La suprema sabiduría no es un sutil silogizar, sino un rapto amoroso, un beso de Dios y una muerte a lo humano para renacer a Dios”[1].

         Nadie se engañe a sí mismo. Si alguno entre vosotros piensa que es sabio según el mundo, hágase necio para llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Sorprende a los sabios en su astucia” (1 Cor 4,18-19).

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            «Dijo el Mesías: `Dichoso aquel a quien Dios enseña su libro y luego no muere soberbio'».

            Santo Tomás de Aquino, el sapientísimo doctor de la Iglesia católica, llamado el más santo de los sabios y el más sabio de los santos, que escribió mucho y bien, tuvo el mayor rasgo de sabiduría y de humildad, cuando al final de sus días afirmó, tras tener una experiencia mística:

           —Celebrando la liturgia experimenté algo de lo Divino. Aquel día perdí todas las ganas de escribir. En realidad, cuanto he escrito acerca de Dios me parece ahora como si no fuera más que paja.

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            «La sabiduría de esta contemplación es el lenguaje de Dios al alma, de puro espíritu a espíritu. Todo lo que es secreto y no lo saben ni pueden decir, ni tienen gana porque no lo ven» (San Juan de la Cruz)[2]

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         Jesús exultó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios e inteligentes y las revelaste a los pequeños« (Mt 11; Lc 10).

         El estudio alejado de la piedad forma herejes. Se requieren ambos. La piedad vale para todo. Decía santo Tomás que había aprendido más a los pies del crucifijo que en los libros. Lo mismo dice de sí san Bernardo. [3]

         Para saber de Dios, para conocerlo realmente, lo aprendido, lo que te han enseñado, lo que has leído, etc., «puede»  convertirse en un verdadero obstáculo. «Sabido es que no son mejores ni los más inteligentes, ni los más instruidos.» (Unamuno)[4]

         Hay quien confunde ciencia, saber, acumular información y conocimiento con sabiduría. En ese terreno el diablo es un experto, sabe más que todos nosotros juntos, pero no es sabio, sino padre de la mentira; la Verdad, la verdadera sabiduría le es inaccesible.

         Como decía Dostoyevki, existe la inteligencia principal y la inteligencia secundaria. La inteligencia secundaria es la riqueza de las ideas con el arte de manipularlas; sobre ese terreno, los ordenadores son mejores que el hombre. Pero la verdadera inteligencia, la inteligencia principal, es el «candor de una mirada que penetra en el fondo de las cosas».

         Todo ello no es cuestión de capacidad intelectiva, de estudio, de profesionales… Dios se manifiesta, se revela a todos, pues quiere comunicar su salvación a todos los hombres, pero —curiosamente— son los «saben», los que «están de vuelta de todo», los «listos», los que «no se asombran de nada»…, los que lo tiene más difícil, por todos esos «cristales», anteojos, con los que ven la realidad, la vida, las cosas, los signos…, el bien, la bondad, la belleza… Todo eso no les dice nada, no les hace sentir nada.

         A los «sabios» según el mundo —los que se creen en posesión de la verdad, los expertos, los hombres de ciencia, los profesiones, los especialistas— cabe decirles:  no es el conocimiento, el saber, la sabiduría humana…, lo que salva; sino el amor. La ciencia hincha, mas la caridad edifica (1 Cor 8,1b). Cuando Salomón pidió a Dios la sabiduría, Dios le dio un corazón que escucha, es decir, un corazón atento a la voluntad de Dios, dispuesto a realizar lo que Dios amorosamente quiere, que es el Bien para sus hijos.

         Cuando miramos lo que nos sobrepasa (al infinito, la trascendencia, la belleza incomprensible, el ser humano…) y tratamos de definirlo, de conceptualizarlo, de etiquetarlo, de someterlo… es señal de que no hemos visto nada. La superficie es teorizable, lo latente, el trasfondo despierta asombro y respeto.

         Quien es místico y está instalado en el Misterio que sobrepasa la simple mirada superficial de la realidad, las cosas no le afectan en su efecto negativa, pues están desactivadas, no tienen la fuerza-significativa necesaria.

         La inocencia accede, como el espíritu sencillo y del niño, a lo espiritual, a lo que está más allá de lo sensible, para el espíritu inocente es creíble porque lo ve factible.

         La sabiduría no entra en el alma impura, ni la percibe. Debemos tener cabeza y corazón limpios y puros. «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

         La sabiduría del creyente es el gusto por las cosas de Dios, el tener paladar para saborear las cosas espirituales, eternas, es la estima por lo que viene de arriba y que nos hace estar despegados de las cosas pasajeras y relativas del mundo. Según san Bernardo, es el «sabor del bien».

         “Llámase sabiduría, que es sabroso saber; la cual sabiduría dice San Pablo que hablaba entre los perfectos solamente… E dícese sabiduría, porque mediante ella saben los hombres `a qué sabe Dios´ (1Cor 2)»[5]

          Dios le ha dado ganas de obrar como él, a quien Dios le ha comunicado sus gustos, el gusto de la pobreza, el gusto de la debilidad, el gusto por los oprimidos, el gusto por los humildes, el gusto de la justicia, el gusto de la misericordia, el gusto por el hombre.

         «El conocimiento experimental de Dios es uno de los siete dones del Espíritu Santo  —el de sabiduría—, cuyo acto consiste en gustar, por los sentidos espirituales, la suavidad de Dios«[6].

          Sin el corazón no se puede ser verdaderamente inteligente, sabio. «Tú sabes que la razón del hombre tiene su sede en el pecho«[7].

          «No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho» (Santa Teresa)[8].

 

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[1] «AGRAPHA» de origen musulmán.

[2] «Noche oscura…», 1.2, c. 17, 4.

[3] SALES, L.: «La vida espiritual», Madrid, 1977, p. 214

[4] «Del sentimiento trágico de la vida», Sarpe, Madrid 1983, p.296.

[5] P. OSUNA, «Tercer abecedario espiritual», tr. 6, c.s. En ARINTERO, J. G.,  o. c., p.67.

[6] FRAY JUAN DE LOS ANGELES.: «In Cant., 1,3. En ARINTERO, J. G.,  o. c., p.49.

[7] ANONIMO: «El peregrino ruso», Ed. Espiritualidad, Madrid 1984.

[8] «Moradas».

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