Este domingo hemos celebrado Cristo Rey del Universo. Jesucristo reina, ejerce su reinado, con el dinamismo del amor, de la donación, del servicio. El Señor nos enseñó en camino para todos los que le quieran seguir: «El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir» (Mc 10,45).
Todo el que quiera pertenecer al Reino -estar bajo el dinamismo espiritual del reinado de Dios- ha de asemejarse al Hijo portador del Reino. Si Dios siendo Dios se pone al servicio de los hombres, ¡cuánto más nosotros!
La lógica del reino de los cielos choca con la lógica del poder mundano. En la lógica del mundo, reinar quiere decir ser servido; en la lógica divina, reinar quiere decir ponerse al servicio de los demás.
El señorío de Dios es interior y liberador, ya que su ley no es un mandato impositivo, sino una invitación y un ánimo a ser serviciales. Entrar en la dinámica del reinado es hacer lo que Jesucristo hace: conducirse bajo el dinamismo de un amor misericordioso que se plasma en el servicio gratuito a los otros, y especialmente a los más desfavorecidos.
La participación en la misión real de Cristo, o sea, el hecho de re‑descubrir en sí y en los demás la particular dignidad de nuestra vocación, que puede definirse como «realeza». Esta dignidad se expresa en la disponibilidad a servir según el ejemplo de Cristo, que «no ha venido para ser servido, sino para servir» (Mt20,28). Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente «reinar» sólo «sirviendo», a la vez el «servir» exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el «reinar». Para poder servir dina y eficazmente a los otros hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio. Nuestra participación en la misión real de Cristo —concretamente en su «función real» (`munus´)— está íntimamente unida a todo el campo de la moral cristiana y a la vez humana. (San Juan Pablo II: Redemptor hominis, n.21).
El servir se constituye exteriormente en el signo evidente de pertenencia a Cristo Rey, de que Él está en el corazón y reina en él.
Esto nos dice el papa Francisco sobre el reinado de Jesucristo:
El hecho es que la realeza de Jesús es muy diferente de la mundana. «Mi reino —dice a Pilato— no es de este mundo» (Jn 18,36). Él no viene para dominar, sino para servir. No llega con los signos de poder, sino con el poder de los signos. No se ha revestido de insignias valiosas, sino que está desnudo en la cruz. Y es precisamente en la inscripción puesta en la cruz que Jesús es definido como “rey” (cf. Jn 19,19). ¡Su realeza está realmente más allá de los parámetros humanos! Podríamos decir que no es rey como los otros, sino que es Rey para los otros. Pensemos de nuevo en esto: Cristo, delante de Pilato, dice que es el rey en el momento en el que la multitud está en su contra, mientras que cuando le seguían y le aclamaban había tomado distancia de esta aclamación. Jesús se demuestra, así, soberanamente libre del deseo de la fama y de la gloria terrena. Y nosotros, preguntémonos, ¿sabemos imitarle en esto?
En la cruz sólo aparece una frase: «Es el Rey de los judíos» (Lc 23,38). Este es el título: Rey. Sin embargo, cuando miramos a Jesús, nuestra idea de un rey se trastoca.
Se dejó insultar y burlar, para que en cada humillación ninguno de nosotros estuviera solo; se dejó despojar, para que nadie se sintiera despojado de su dignidad; subió a la cruz, para que en cada crucificado de la historia estuviera la presencia de Dios.
Aquí está nuestro Rey, Rey de cada uno de nosotros, Rey del universo porque ha cruzado las fronteras más lejanas de lo humano, ha entrado en los agujeros negros del odio, en los agujeros negros del abandono para iluminar cada vida y abrazar cada realidad. Hermanos, hermanas, ¡este es el Rey que celebramos hoy! No es fácil entenderlo, pero es nuestro Rey.
Él nos ama tal como somos, tal como somos ahora. Nunca se cansa de perdonar, nunca, nunca: siempre te pone en pie, siempre te devuelve la dignidad real. Sí, ¿de dónde viene la salvación? De dejarnos amar por Él, porque sólo así nos liberamos de la esclavitud de nuestro ego, del miedo a estar solos, de pensar que no podemos hacerle frente.
Un Dios cercano, la cercanía es el estilo de Dios: cercanía, con ternura y misericordia. Este es el estilo de Dios. No tiene otro estilo. Cercano, misericordioso y tierno. Tierna y compasiva, cuyos brazos abiertos reconfortan y acarician. ¡Contempla a nuestro Rey!
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