Pentecostés, festividad del Espíritu Santo

         “Vine a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo ya que arda!” (Lc  12,49).

 

«¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!;

pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

rompe la tela de este dulce encuentro.» (San Juan de la Cruz)

 

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           Un peregrino que había recorrido el mundo de santuario en santuario, llegó a donde vivía un maestro espiritual con fama de gran santidad.

           —Maestro, durante toda mi vida he llevado una conducta ascética, plena de mortificaciones, sacrificios, renuncias; he cumplido los mandamientos, he compartido con los pobres cuanto tenía y todos los días he orado sin cesar. ¿Qué más debo hacer? ¿qué me falta…?

           El místico maestro, recogido, se quedó mirando atentamente, midiendo la estatura espiritual del hombre que tenía delante. Al rato, se levanto de pronto, extendió los brazos a los alto y todo él suspendiéndose en el aire se transformó en una llama resplandeciente:

           —¡Ser fuego! —dijo.

           Maravillado y perplejo, preguntó el santo varón:

           —¿Y cómo he de hacer para ello?

           —Es lo más fácil del mundo y también lo más difícil…

           —¿Cómo es eso posible, venerable maestro?

           —Fácil, porque todo depende de Dios; difícil, porque nada depende de nosotros. La Gracia lo hace todo y nosotros somos incapaces de no hacer nada. Lo primero es infalible, ya que es lo que el Dios quiere y su amor está presto a abrasarlo todo; lo segundo es problemático, ya que no comprendemos verdaderamente que, llegados a un punto, cuanto podemos hacer está al servicio de lo que no podemos hacer, es decir, dejarnos pasivamente consumir por el fuego de ese amor devorador.

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   Nuestro Dios es fuego devorador  (Hb 12,29).

 “¡Oh fuego santo, qué dulcemente ardes, qué secretamente luces, qué deseablemente abrasas!” (San Agustín, Soliloquios, c. 34).

El Espíritu Santo —dice san Juan de la Cruz— con su “amorosa llama divina… esta hiriendo en el alma, gastándole y consumiéndole las imperfecciones de sus malos hábitos; y ésta es la operación del Espíritu Santo, en la cual la dispone para la divina unión y transformación de amor en Dios” (Llama 1,19).

  Al paso que la llama viva del Espíritu Santo purifica al hombre, lo va iluminando gradualmente y encendiendo en amor. “Se siente estar herida el alma viva y agudamente —dice san Juan de la Cruz— en fuerte amor divino, en cierto sentimiento y barrunto de Dios”

  Por la “llama” entiende aquí el amor del Espíritu Santo. El “consumar” significa aquí acabar y perfeccionar. En decir, pues, el alma que todas las cosas que ha dicho en esta canción se las ha de dar el Amado y las ha ella de poseer con consumado y perfecto amor, absortas todas, y ella con ellas, en amor perfecto amor, y “que no dé pena”, lo cual dice para dar a entender la perfección entra de este amor. Porque, para que lo sea, estas dos propiedades ha de tener, conviene a saber: que consume y transforme el alma en Dios y que no dé pena la inflación y transformación de esta llama en el alma. Lo cual no puede ser sino en el estado beatífico, donde ya eta llama es amor suave, porque en la transformación del alma en ella hay conformidad y satisfacción beatífica de ambas partes (Canción 39).

Sintiéndose ya el alma toda inflamada en la divina unión (…) Parece que, pues con tanta fuerza está transformada en Dios y tan altamente de él poseída y con tan ricas riquezas de dones y virtudes arreada, que están tan cerca de la bienaventuranza, que no la divide sino una leve tela. Y como ve que aquella llama delicada de amor que en ella arde, cada vez que la está envistiendo la está como glorificando con suave y fuerte gloria, tanto que cada vez que la absorbe y embiste le parece que le va a dar la vida eterna, y que va a romper la tela de la vida mortal, y que falta muy poco, y que por esto poco no acaba de ser glorificada esencialmente, dice con gran deseo a la llama —que es Espíritu Santo— que rompa ya a vida mortal por aquel dulce encuentro, en que de veras la acabe de comunicar lo que cada vez parece que la va a dar cuando la encuentra, que es glorificarla entera y perfectamente. (Canción 1)

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Lecturas de hoy Domingo de Pentecostés

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-11):

AL cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo:
«¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».

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Salmo

Sal 103,1ab.24ac.29bc-30.31.34

R/. Envía tu Espíritu, Señor,
y repuebla la faz de la tierra

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas. R/.

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra. R/.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras;
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor. R/.

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Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Romanos  (8, 8-17):

Hermanos: Los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes. Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. En cambio, si Cristo vive en ustedes, aunque su cuerpo siga sujeto a la muerte a causa del pecado, su espíritu vive a causa de la actividad salvadora de Dios. Si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes, entonces el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también les dará vida a sus cuerpos mortales, por obra de su Espíritu, que habita en ustedes.

Por lo tanto, hermanos, no estamos sujetos al desorden egoísta del hombre, para hacer de ese desorden nuestra regla de conducta. Pues si ustedes viven de ese modo, ciertamente serán destruidos. Por el contrario, si con la ayuda del Espíritu destruyen sus malas acciones, entonces vivirán.

Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. No han recibido ustedes un espíritu de esclavos, que los haga temer de nuevo, sino un espíritu de hijos, en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios.

El mismo Espíritu Santo, a una con nuestro propio espíritu, da testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos de Dios y coherederos con Cristo, puesto que sufrimos con él para ser glorificados junto con él.

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Secuencia

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequia,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

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evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (14, 15-16. 23b-26):


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad.

El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras. Y la palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió.

Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho».

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


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