- A la bondad, al amar, al ser… les es propio e inherente el confiar, el creer. El espíritu se siente en paz. .Con una paz que es más de la que otorgan la coherencia, la verisimilitud, lo razonable a un asentimiento; es una paz cualitativamente distinta a la del mundo.
- Hay muchas personas de fe, según parece creyentes —con ellos también escépticos y ateos— que tiene una idea equivocada de lo que supone Dios para ellos, al igual que la idea que se han forjado de Él. Piensan que Dios necesita de ellos, que les quiere para que le sirvan, para tenernos cual esclavos sumisos rindiéndole pleitesía, que le hagamos sacrificios, ofrendas, etc., en definitiva que le entreguemos la vida, que demos su sangre por El… Cuando en realidad es al contrario: El es el que da la sangre por nosotros, el que está nuestra disposición, el que se ofrece para hacernos felices (sin que necesite de nosotros para serlo Él).
- El triunfo del diablo es hacer creer que no existe. Lo cual se da muy mucho hoy día. Peco cuando se niega la existencia de los demonios se corre el peligro de dejarle la puerta abierta para su acción sea más poderosa y para que las personas no reconozcan su acción y no se pueden proteger adecuadamente.
- Negar a Dios implica serias e imprevisibles consecuencias. Entre ellas las de una vida ética y virtuosa de manera plena; lo cual afecta —como ya afirmaban los clásicos— a la felicidad. “No hay virtud sin religión, ni felicidad sin virtud”, decía don Ramón y Cajal, biólogo, premio Novel. No hay felicidad sin virtud, ni virtud sin religión.
- El ser humano necesita ser salvado, y no lo comprende hasta que punto. De modo que en su dramática inconsciencia desprecia la salvación, el amor misericordioso de Dios y por ende a Dios mismo. En esto está todo seriamente en juego. La Buena Nueva, el Reino, cuanto Cristo ha hecho…
- Si Dios no existe, el mal tiene la última palabra. Y si esto es así, el mal de cada hombre, todo mal, está justificado, o aún más, no necesita ni justificarse. Es su sentir natural, su destino, su medio y su fin. La lógica del malo es una lógica aplastante, dominante, la única verdadera y sensata, definitiva.
- No puede ser mentira la palabra de quien afronta por su verdad algo como esto: «Cinco veces recibí de los judíos los treinta y nueve latigazos; tres veces fui azotado con varas, una vez apedreado, naufragué tres veces; he pasado en los abismos del mar un día y una noche; incontables viajes con peligros de ríos, peligros de salteadores, peligros de los de mi raza, peligros de los paganos, peligros en la ciudad, peligros en los desiertos, peligros en el mar, peligros de los falsos hermanos.» (2 Cor 11,24-26).
- Con demasiada frecuencia pasamos el tiempo mirándonos a nosotros mismos. Entre lamentos y dandonos pena -sintiendonos pecadores, etc.- (y no digamos ya si es una cuestión de orgullo o de justicarnos…). Deberíamos ser tan humildes de olvidarnos de nosotros mismos (y de ser olvidados por los demás). Todo eso entorpece de lo que realmente es interesante: Dios es el únicamente importante.
- El teísmo es una visión del mundo más consoladora y segura. La esperanza del creyente es una fortaleza contra la amargura tan a veces insoportable del drama de la vida si esta carece de más sentido.
- «La gente del mundo -decía Teresa- es hábil en el arte de conciliar las satisfacciones de aquí abajo con las exigencias de Dios.» En las «artes» de este mundo la gente sin escrúpulos, sin conciencia, sin nobleza de corazón, siempre podrá obtener mayores réditos ya que podrá usar arteramente (astutamente) de mañas ilícitas, de las que no harán uso los hijos de la luz: «Los hijos de este mundo son más astutos para sus cosas que los hijos de la luz» (Lc 16,8b).
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