Pensamientos de Fe (58)

  1. «Quien conoce el bien que debe hacer y no lo hace es culpable.» (Sant 4,17). El pecado de omisión, como el posponer hacer el bien que puede que ese futuro no exista…, conlleva una responsabilidad moral: “quien conoce el bien que debe hacer y no lo hace es culpable”.     
  2. La tibieza es la equidistancia entre el bien y el mal, entre el cielo y el infierno, entre la fe y el ateísmo, es el inmovilismo, la mediocridad, la raya entre la luz y las tinieblas… A estos Cristo les dijo os vomito, porque si estuvierais de la otra parte aún podríais reaccionar… tras experimentar nítidamente el escándalo del mal, la sensación de perdición, el tocar fondo, el aprecio del contraste, etc. «Porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca» (Ap 3,16).
  3. Solo la fe y la visión teológica que interpreta en sus justos términos la realidad, y esta es una clarividente verdad: el mundo vive y prospera gracias a la bendición del justo, a la oración de piedad, a esta oración de piedad, el santo, el justo, el intercesor, el sacerdote, el obispo, el Papa, el laico, cualquier bautizado eleva incesantemente por los hombres, en todo lugar y en todo tiempo de la historia. (Papa Francisco).
  4. Los ateos niegan a Dios mayormente porque no entienden el mundo del espíritu. Para ellos no hay más realidad que la que pueden ver o demostrar. Viven condicionados determinantemente por lo que ven y tocan.
  5. La fe cristiana no se puede vivir sin una perspectiva de esperanza que va más allá de la realización histórica, aquí, en esta vida. La fe se prueba en esa esperanza en la que se verán realizadas las promesas. Así es: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.» (Lc 6,21-24).
  6. Sentirse necesitado no es humillante, sino que responde a nuestra condición de seres humanos. Y reconocer esto exige la humildad suficiente como para sabernos necesitados de los demás, para confiar que los demás nos van a amar. En Dios esa confianza(fe) es absoluta, pues Dios nos ama incondicionalmente.
  7. La conversión no es en sí el final de una larga búsqueda, sino más bien todo un proceso siempre continuo, desde un inicio de un encuentro de Dios, y de su gracia presente actuante; siempre yendo más allá, mucho más allá, hasta la intimidad insondable de la Trinidad. Siempre estaremos en esta vida en estado conversión permanente.
  8. Decía santa Teresa de Jesús sobre la experiencia contemplativa de encuentro íntimo con Dios: «Una fragancia como si en aquel hondón interior estuviese un brasero adonde se echasen olorosos perfumes» (Moradas Cuartas, cap. II, p.81). Algo que han vivido, aunque con otras palabras todos los verdaderos santos contemplativos, y a lo que estamos invitados todos.
  9. La seducción del rostro de Cristo corre toda de su parte, en gracia absoluta, nosotros no podemos hacer nada por ella, pero sí que podemos no entorpecerla. Este es el riesgo de todo vínculo con el Señor: el que podamos obstaculizar su movimiento de aproximación a nuestra alma. Este cuidado debería ser nuestro empeño constante y mayor.
  10. Al igual que Jesús en la multiplicación de los panes y los peces, quiso servirse de esa raquítica participación humana que aportaba de cinco panes y dos peces, para  alimentar a cinco mil personas, de igual modo quiere que en todo haya una aportación, por ínfima que sea, de nuestra parte. Dios quiere un gesto de nuestra libertad, pero que puede ser determinante. Ahí, sin saberlo, nos jugamos todo.

 

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