Pensamientos de Fe (26)

  1. El alma de cada ser humano se convierte en un campo de batalla, donde Dios trata de reinar liberándola de las tinieblas que la inundan. En este empeño Dios expuso lo máximo: la cruz.   
  2. La historia de la humanidad esta transida por la feroz lucha entre la luz y las tinieblas. Hay en el mundo una lucha que muchos ignoran, porque no se ve o porque el asunto que se dirime no es estimado: Es la batalla espiritual. Y ésta es más terrible que los otros combates.
  3. Dios se hace tan humilde, tan servidor…, ¡nos quiere tanto!…, que se nos manifiesta en la insignificancia.
  4. Así nos habla Dios: “No nos habla sólo en la Biblia, ni en las secretas inspiraciones de nuestros corazones, sino también en los acontecimientos públicos y patentes de nuestro tiempo, y, sobre todo, a través de la Iglesia.” (Th. Merton), a través de otras personas, de la naturaleza, de la vida en general… Todo puede convertirse en mediaciones de las que Dios se sirva para comunicarnos algo. Dios nos habla
  5. Sorprende que Dios pueda ser tan humilde, tan metido en lo pequeño. Si descubriéramos a Dios ahí, en lo aparentemente insignificante, comprenderíamos a amar nuestra rutina cotidiana, la nada de nuestras circunstancias.
  6. Presentarse ante Dios como si no desentonáramos ante su presencia es no habernos dado cuenta de la distancia infinita, no reconocerlo es hacer insalvable la distancia, esta falta de humildad que parece tan poca cosa resulta terrible. Humildad: reconocimiento de nuestra dignidad a la luz de la dignidad divina.
  7. Hay que ser humilde, muy humilde, para ser agradecido, para mostrarse en deuda. A nadie nos gusta sentirnos así, y resulta fundamental tener ese espíritu abierto de humildad. Nos gusta en cambio más ser de a los que se nos debe algo. Hay que tener mucha grandeza para dar y no someter a quien se da, ni sutil ni afectiva ni psicológicamente.
  8. La cosa más sencilla y humilde. Si está animada por la gratuidad divina, vale más que todo el mundo entero, porque aquello es eterno como cosa de Dios, como todo lo suyo. Lo otro, lo intramundano es perecedero. Una insignificante florecilla silvestre si es tocada por el dedo de Dios vale más que los jardines de Babilonia.
  9. Todo el misterio de nuestro obrar y vivir consiste en ser dóciles, dejarnos llevar, permitir que la “fuerza” suave, invisible y misteriosa, que nos “empuja”, que nos inclina desde dentro, que nos hace tender, siempre y en cada momento, a optar por el bondad, por hacer el bien, por dar una respuesta amorosa a las cosas, a lo que nos sucede y a las personas.
  10. Una de las cosas más graves de los tiempos actuales es esa falta de atractivo del bien, la bondad y el amor; ese alejamiento, opacidad, pone de manifiesto de que como al diablo resulta inaccesible ese orden, ese nivel elevado, ese clima de amistad de Dios. Sin magnetismo hacia ese polo divino, son arrastrados por la corriente de las tinieblas.

 

ACTUALIDAD CATÓLICA