«El amor al desvalido, al pobre y al desconocido, son el comienzo del amor fraternal. Amar a los demuestra propia carne y sangre no es hazaña alguna. Los animales aman a sus vástagos y los protegen. El desvalido ama a su dueño, puesto que su vida depende de él; el niño ama a sus padres, pues los necesita. El amor sólo comienza a desarrollarse cuando amamos a quienes no necesitamos para nuestros fines personales. (…) Al tener compasión del desvalido el hombre comienza a desarrollar amor a su hermanos; y al amarse a sí mismo, ama también al que necesita ayuda, al frágil e inseguro ser humano. La compasión implica el elemento de conocimiento e identificación” (E. Fromm)[1].
***** En el siglo XVIII el zar de Rusia, que padecía de gota, hizo llamar una noche a su médico, el cual vivía próximo al palacio; en el trayecto a pie se topó con un hombre lisiado en medio de la acera pidiendo auxilio, el médico se apiadó y le atendió entreteniéndose demasiado tiempo. Cuando llegó a la cámara del zar, éste se hallaba desesperado por el dolor. Sabido el objeto de su tardanza el primer ministro mandó que se le reprendiera y castigara duramente por anteponer el cuidado a un súbdito al del emperador. Cierto día, queriendo comprobar la caridad de sus vasallos, el zar se vistió de mendigo, y salió a la calle. En esto que el médico recibió aviso de que en palacio alguien principal necesitaba de asistencia médica, y como tantas veces fue a pie desde su casa. En el recorrido, se encontró con un pobre que agonizaba en medio de la calle. Sin duda había sufrido un ataque al corazón; y el médico dudaba entre atenderle o seguir su marcha a palacio. Por fin, impelido por la compasión se detuvo y atendió a aquel pobre hombre que se debatía entre la vida y la muerte. Y logró salvarlo. Cuando el médico llegó a palacio, el primer ministro colérico mandó encarcelarlo. Al día siguiente el emperador llamó a su primer ministro y le hizo redactar y llevar en persona el siguiente comunicado: «Mi querido médico, Yo, el zar de Rusia, al que anoche salvaste la vida movido por tu piedad, te nombro mi hombre de confianza otorgándote desde el momento presente la responsabilidad de ser mi primer ministro». *****
Oportuna es la misericordia en el tiempo de la tribulación (Eclo 35,24). Si tienes que amar a alguien que sea superior, que tenga poder, bienes, prestigio,… o a otro alguien que no tenga nada de eso, que tu amor le de preferencia a éste. Seguro que eso es amor. Cuando tengas que optar elige la opción que tenga corazón. Quien elige la opción que tiene corazón no se equivoca nunca. La elección —la acción— compasiva es siempre la mejor. La perfección, es decir la máxima identificación —asemejarnos a Dios— lo es en y por el amor compasivo. «R. Schnackenburg hace notar que Lc 6,36 ofrece sin duda la versión más antigua: ‘Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo’. Mateo habría cambiado ‘compasivo’ por ‘perfecto’”[2]. La perfección, que en términos de fe es el amor, tiene como contenido preciso la compasión, porque como dice Borges «el amor nace de la compasión». Cuando una teoría, una creencia, una verdad,… cualquier cosa por sagrada que la consideremos contradice al amor misericordioso que dimana del corazón cálido conmovido hay que desecharla. ….. Cuántas veces pasamos junto a figuras humanas doloridas, rotas,… y somos incapaces no ya de ayudarles sino ni tan siquiera de hacer un mínimo esfuerzo interior por tratar de comprenderlos, de meternos en su situación, en su piel,… Entrar en el dolor ajeno conmociona y acusa, y entonces tratamos de que esto no ocurra y apretamos el paso, y nos alejamos del lugar sobre todo con la mente y el corazón. El hombre de hoy tan pendiente de sí, enroscado sobre su figura, necesita de la dramatización de la Pasión que educa en la compasión, su meditación nos transporta a los sentimientos dolorosos del otro. ….. Quien no siente la misericordia de Dios, es incapaz de misericordia, y hasta de justicia. Nuestro amor para los demás es un amor de justicia, hay una dignidad compartida. En cambio, el amor de Dios para con nosotros es de misericordia. ,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,, [1] FA, p.54. [2] BÖCKLE, F., Bajo la exigencia del Evangelio, en “Mysterium Salutis” V, Cristiandad, Madrid 1980, p.70. ACTUALIDAD CATÓLICA |
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