M. GARCÍA MORENTE, Ejercicios Espirituales

 

Les ofrecemos unas líneas seleccionadas de don Manuel García Morente “Ejercicios Espirituales[1]. García Morente (1886-1942) fue uno de los más importantes filósofos españoles de la primera mitad del siglo XX.  Fue agnóstico que se convirtió tras el asesinato de su yerno por ser católico en la guerra civil y al tener posteriormente una tumbativa experiencia mística, llegando a ser sacerdote.  

         “El alma sin religión pierde su unidad; no sabe qué hacer, qué querer, qué desear; y sus resoluciones, privadas de esa cohesión unitaria que sólo el fundamento sobrenatural confiere, son contradictorias, disidentes, caprichosas y subversivas”. 15

         ¿En qué puedo yo mostrarme generoso ante Dios? Bien veo que sólo en un punto puedo yo ser generoso; en la donación de mi libertad. Lo único de que el Señor nos deja disponer es del libre albedrío. Pues bien; yo hago libremente donación de mi libertad. Sin dejar de ser libre, quiero ahora ser esclavo de Dios por mi libre voluntad. Quiero querer lo que El quiera; no sólo aceptarlo, sino quererlo. (…)  adoptar, como si fuera mía la voluntad de Dios. 40

         Concédame el Señor la gracia de hacer buenas meditaciones, que me declaren patente la voluntad divina, para abrazarme al punto a ella.  (…) Renuncio libremente a tener propia voluntad, quiero libremente lo que Dios quiera. 40-1

         Creador = Dios.  Todo lo real demuestra la realidad de Dios, pues todo lo real es contingente, salvo la realidad necesaria, que creó la realidad contingente. La Realidad de Dios, siendo absoluta (infinita, etc.), es necesariamente absoluto bien, absoluto valor y fuente o manantial de toda realidad de todo bien y valor relativos. El Creador  = absolutamente amable. ¡Enciéndeme, Señor, en amor inextinguible de tu infinita bondad! (41-2)

         Criatura = todo ser contingente = yo. El ser o realidad de la criatura es recibido; Dios lo da; crear significa propiamente dar el ser. Luego la criatura por sí misma no es; es decir, es nada. Está entre el ser infinito (Dios) y la nada (infinita); pero ese ser relativo y medio procede de Dios, fuente de todo ser. El hombre (yo) entre dos infinitos (Pascal): el infinito positivo de Dios creador y el infinito negativo de la nada de donde Dios le sacó. (42)

         La relación de la criatura con el Creador es: a) Relación de absoluta dependencia. b) De absoluta sumisión. La estatua no se rebela contra el escultor. Pero el hombre tiene libertad  -que Dios le ha dado-. Puede, pues, revelarse. Sí; puede. Pero no debe. O, mejor dicho, debe no rebelarse, sino libremente someterse. Esto es lo propiamente humano. Esa libertad de que puedo mal usar o bien usar es el ápice entre los dos infinitos; por eso es lo humano. Todos los ejercicios son para ver bien claro cuál sea el uso que debo hacer de mi libertad (como criatura que soy) (42)

      Buscar a Dios en todo. Toda indagación filosófica y científica es búsqueda de excelencias divinas. La investigación que no se sustenta en Dios es absurda. Pues ¿qué se busca? Una realidad, algo que es; luego algo que es bueno; y todo bien y todo ser procede de Dios. En toda cosa, por nimia que sea, por oculta e incógnita, hallar a Dios. (43)

         Servir. ¿Qué Dios no necesita mis servíos? Pero yo deseo y quiero dárselos, aunque El no los necesite. Soy yo el que necesito servirle, esto es, hacer ciegamente su voluntad santa. 44

         Dios mío, te amo y te amaría, aun cuando este amor no me diese la salvación eterna. Sé que me la dará. Pero no es por ella por lo que te amo. Ella es para mí un término seguro, pero no es formalmente el objeto y fin de mi amor hacia ti. Es más bien un sin superpuesto, superañadido, que accede al único fin mío, que es amarte por ti sólo. (45)   

         Como criaturas no tiene las cosas preferencia metafísica u ontológica sobre el hombre ni el hombre sobre ellas. Tan criatura soy yo como ese árbol. Nuestro ser es derivado y contingente y finito, tan infinitamente alejado del ser de Dios como todo finito está lejos infinitamente de lo infinito. Esto quiere decir que el hombre y las cosas están ontológicamente en el mismo plano. (…) Ese fin propio e inalterable de cada cosa no es otro sino la gloria de Dios, que se manifiesta en la riqueza, variedad y armonía de la creación. Ahora bien, el hombre tiene sobre las demás cosas unas ventajas estructurales; la inteligencia y la libertad. (…) El hombre es la única cosa criada que tiene inteligencia, es decir, conciencia de su propio ser y de su fin, y libertad, es decir, posibilidad de hacer o no hacer lo conveniente o disconveniente para la consecución de su fin. Por eso los otros seres, que no tienen ni inteligencia ni libertad, no saben ni pueden por sí mismos realizar su fin. (46)

         El hombre no puede o mejor no debe hacer con las cosas todo lo que quiera, sino sólo lo que le sirva a su propio fin. El usufructuario, no propietario de la creación, cuyo único dueño es Dios. (47)

         El placer y el dolor no debe entrar en la cuenta de nuestras resoluciones. Si vienen manados pro Dios, es decir, si el recto uso de las cosas nos los causan, aceptémoslo como de  Dios. Pero de ninguna manera buscarlos expresamente. Ni el placer, ni el dolor. La ascética buena no me parece que haya de ser ni el cultivo del dolor ni el sistemático rechazar todo placer. En sí mismos, ni el dolor ni el placer son ni pueden ser fines propios del hombre. Y si a veces debemos buscar de propósito el dolor, cuando sentimos, por ejemplo, la obligación de hacer penitencia, ha de ser como un medio, no como fin propio; como el medio de mostrar a Dios nuestra disposición para servirle, pese a cuanto este servicio tenga de panoso y doloroso. Un alma que verdaderamente  ama a Dios, ni siquiera piensa de antemano en cúcalos utilitarios o hedonísticos. Bien sabe Dios que jamás la idea de lo que iba a sufrir física y moralmente al ponerme a su servicio, fue parte a detenerme un sólo instante en mi resolución. 49

         Si debemos usar las cosas creadas, no por cuanto nos afecten (placentera o dolorosamente), sino en tanto en cuanto, independientemente de todos afecto de placer o de dolor en ellas, nos ayuden a conseguir el fin, entonces es preciso que el hombre se ejercite en ese hábito de prescindir de las pasiones. Si el hombre fuese siempre y en absoluto dócil a la consecución mentalmente formada, toda conducta humana sería racional y buena. 50

        Dice el Santo que la indiferencia ha de recaer “en todo lo que es concedido a la libertad de neutro libre albedrío”. Eso es ser verdaderamente libre, no dejarse esclavizar por el apego natural a las cosas gratas. 53

         Ni lo grato, en cuanto que es grato; ni lo ingrato, en cuanto que es ingrato, pueden ser objeto de mi voluntad. Objeto de ésta no puede ser sino siempre el mismo hacer voluntad de Dios, hacer mía la voluntad de Dios, hacer pro mi voluntad lo que más conduce a la mayor gloria de Dios. 54

         Nuestra elección ha de recaer sobre aquellos medios que mejor nos conduzcan al fin. (…) La regla contenida en este “mejor” es, por el momento, formal; en cada caso se irá especificando, pues en cada caso he de ver yo claramente cuál sea la mejor resolución a tomar para mejor alcanzar el fin. 54

         No negar jamás a Nuestro Señor nada que me pida, nada. Aunque me pidiera lo que más quiero en el mundo, la vida de mis hijas  -que quiero más, cien veces, que mi propia vida-  se la daría sin vacilar. 55

         Yo, que he hipotecado para siempre mi voluntad a Nuestro Señor; yo, que aspiro resueltamente a la santidad, a la beatitud, a la unión con Dios. 55-6

         Hay un rasgo común a estos dos pecados primeros de los ángeles y del hombre: es, a mi juicio, la soberbia. Porque Dios, para que sus criaturas racionales tuviesen el supremo don del merecimiento, los hizo libres y responsables. Pero ese regalo o merced de la libertad encendió en ellos la soberbia, el orgullo de no depender, y los llevó a olvidarse de su condición radical de criaturas. Ya lo insinúa San Ignacio cuando dice: “…no se queriendo ayudar de su libertad para hacer reverencia y obediencia a su Criador y Señor”. Es decir, que el pecado de los ángeles  -y también, en último término, el de Adán-  fue el de no hacer uso de la libertad (cosa creada) en tanto en cuanto, etc. (principio y fundamento). 57

         La fe perdida, la soberbia de un pensamiento autónomo construyendo sistemas del Universo sin Dios o, lo que es lo mismo, con un dios que de Dios sólo tiene el nombre. Luego más triunfos todavía.  (60)

         Y es que todo lo que se refiere a las circunstancias del “más allá” cae -como tan excelentemente ha visto Santo Tomás- bajo el principio de la `Analogía entis’. Nosotros no tenemos del ente real más que la idea extraída de nuestro conocimiento sensible. Esa idea extraída de nuestro conocimiento sensible. Esa idea, la aplicamos a todo ente, incluso al trascendente (Dios, la vida eter, etc. ). Pero debemos tener bien cuenta que en esa aplicación a los entes no sensibles de las ideas formadas por nosotros en vista del ene sensible, desempeña un papel capital el principio de la analogía.  -Por eso nuestro conocimiento de lo transcendente es puramente analógico.- Sólo la revelación puede completarlo, y en ese complemento que la revelación nos proporciona conviene también tener en cuenta el antropomorfismo en la forma de expresión.  (63-4)

         Todo el ser del hombre, como finito que es, tiende y aspira a Dios infinito, anhela la posesión de la beatitud eterna, clama a gritos en el mundo por la perfección absoluta, de que vemos aquí en la tierra un pálido reflejo. 64

         Sólo va al infierno el que quiere. 65

         El juicio de cada alma debe completarse con el juicio de todas las almas. El hombre no es enteramente hombre sino en la humanidad. Como el cristiano no es verdaderamente cristiano sino en la Iglesia. Y el dogma de la comunión de los santos no significa otra cosa. Cada pecado, por individual que sea, interesa a toda la humanidad. El juicio particular y el general son, pues correlativos, se implican y suponen mutuamente. 68

         La vida es un quehacer, el quehacer de sí mismo. Vi, para el hombre, es construirse su vida, hacerse su vida. Tu vida y tú sois una sola cosa. Como haya sido  tu vida, así eres tú y serás tú `in aeternum’ . 73

         Admirablemente lo dice San Ignacio: “Para que (yo) más le ame y le siga”. El hombre no puede fácilmente amar a una idea. Un Dios-idea no es objeto de amor. Si acaso lo será de temor. Esta es la falla de toda filosofía que pretenda suplantar a la religión. Esta es la falla del modernismo que pretende considerar los dogmas como símbolos del sentimiento religioso subjetivo. Pero si se me dice que Jesucristo es un mero símbolo, ¿cómo voy yo a poder amar a un símbolo? No. Jesucristo no es un símbolo ni una idea. Es un hombre real y verdadero, de car y hueso, que tiene hambre y sed y sueño, que sufre y padece, que llora y ríe, que teme y espera; es un hombre, en todo el sentido de la palabra. Pero también es Dios. Y si yo amo a Jesucristo como puedo amarlo, con amor real de hombre a hombre, es claro que amo a Dios. Luego la mejor manera que Dios pudo discurrir de ser amado de veras y ser seguido de veras  -no sólo en idea, sino en verdadero afecto-, es hacerse hombre, totalmente hombre, sin dejar de ser Dios.  (83)

         Sólo en Dios cabe la grandeza inmensurable de descender de lo infinito a lo finito de la divinidad a la humanidad. (…) El amor que consiste en hacerse, por amor nuestro, modelo viviente de todas las virtudes humanas, elevándolas al mayor grado que cabe entre hombres. L vida oculta de Jesús y su vida pública son el dechado de lo que el hombre debe ser y hacer. Mira, alma, lo que es la Encarnación: es el acto de Dios, que muestra prácticamente, como hombre, lo que el hombre puede ser y hacer, si quiere. Ahí tienes el modelo. Amalo, síguelo, imítalo. 84-5.

         Lucifer ofrece la riqueza, los bienes materiales. Cuando tú sueñas con una posición opulenta en el mundo, con abundancia de comodidades, con gustos satisfechos sin tasa, con lujos en comidas y vestidos, es Lucifer quien pone ante tus ojos todos esos sueños. (…) es Lucifer quien hace planear ante tus ojos el señuelo de esa gloria mundana. (..) Siendo rico, serás honrado y principal. Peo el fruto que sacará s de riqueza y honres será inevitablemente la soberbia. Fíjate bien, la soberbia, el pecado fundamental; el que cometió Lucifer e hizo cometer a Adán, él que quiere hacerte cometer a ti para enrolarte en su cuadrilla y apartarte de Cristo. La gradiación es eficacia infalible: riqueza, honores y soberbia. 103

         Lo que eliges es justo lo contario de lo que abandonas. 104

         Siendo pobre y sin honores ni preeminencias, serás humilde. Cuando seas humilde estarás entrenado en el supremo grado de la perfección cristiana. 104-5

         Los Ejercicios de San Ignacio son como una férrea máquina de hacer santos. 105

      La aniquilación del santo ante Dios no es el retorno a la nada (de donde salió por obra de Dios), sino la integración en el todo que Dios es. (Bien entendido que no hay aquí peligro de panteísmo, justamente porque el panteísmo confunde esencialmente el todo con la nada. Véase Hegel). Porque el ser, aun el limitado de la criatura, no puede retornar a la nada. Hay razones metafísicas de ello (contra el idealismo panteísta). El retorno a la nada sería la operación estrictamente ifnersa de la creación, operación que sólo el Creador podría realizar. La criatura que voluntariamente se anula en Dios no retorna, pues, a la nada, sino, por el contrario, reconoce su nada propia y, anegándose en Dios, se sume en la infinitud positiva del Ser infinito actual, Es decir, se salva, entrando desde luego en la eternidad. (119)

         El sermón de la Montaña es, sin duda, la más sublime expresión que la  Humanidad conoce de la verdad moral y religiosa. Ante esas divinas palabras, que colman las ansias del corazón más levantado , se han inclinado reverente los hombres, todos los hombre, los de todas las creencias, incluso las más opuestas y hostiles al Cristianismo. (…) Jesucristo, Dios mismo, enseña a los hombres: la moral del amor. ¡La moral del amor!. (…) Y san Agustín resume toda la moral cristiana en una breve frase: “Ama et fac quod vis”. (…) La redención por el amor, que ha levantado al hombre hasta las puertas del cielo. (…) Nadie, absolutamente nadie, antes de Cristo savía nilo que era sabía ni lo que era el amor ni que el amor pudiera ser la clave central de toda vida moral y religiosa. El amor de Platón, el “eros” filosófico, es un sentimiento privado y personal, algo así como el afán de saber, el atractivo que ciertas cosas poseen. A ningún antiguo, ni siquiera a los judíos, puedo ocurrírseles nunca que a Dios se le pueda amar. Cicerón lo dice taxativamente: “A los dioses se les teme, se les halaga, se les respeta, pero no se les puede amar”. (…) La religión musaica no se funda en el amor, sino en el temor de Dios. Y he aquí lo tremendamente inaudito de la predicación de Cristo: el precepto del mutuo amor, del amor incluso a los enemigos. (124-5)

         Los que tienen hambre y sed de justicia serán salvados en el reino de los cielos, porque aquí la justicia es siempre imperfecta, precisamente porque quiere basarse sobre la razón pura y no sobre el amor puro, como la justicia divina. (126)

         Los pobres son bienaventurados, más infinitamente que los ricos, porque su corazón, no ocupado con las riquezas del mundo, es más capaz de amor, o sea, es más digno del reino de los cielos. Lo que lloran serán consolados, porque los que lloran piden amor que no tienen en esta tierra. Los mansos son bienaventurados, porque en ellos radica la ternura humana, la esencia del amor. Los pacíficos serán llamados hijos de Dios, porque la paz es el amor frente a la guerra, que es el odio. Los misericordiosos son bienaventurados, porque aman y compadecen y consuelan, y el amar mismo recibe ya como una recompensa el amante. El amor en cierto modo se completa y perfecciona a sí mismo, y en su ejercicio, aun no correspondido, hay como una autocorrespondencia que satisface al alma. Los limpios de corazón verán a Dios, porque ellos sonríen amorosamente a todo lo que es de Dios. Los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados en el reino de los cielos, porque aquí la justicia es siempre imperfecta, precisamente porque quiere basarse sobre la razón para y no sobre el amor puro, como la justicia divina. Los que padecen persecución del odio tendrán, no lo duden, la compensación del amor en el reino de los cielos. 125-6

         Yo diría que los hombres se dividen en dos grupos: los que aman, que son los cristianos, y los que no aman, que son los paganos. Y aun creo que (a lo que no aman) a los paganos les bastaría sentirse amados para amar, es decir, convertirse en cristianos. El arma más eficaz de todo apostolado es el amor. (126-7)   

         Cristo les enseña (a los apóstoles) a amar, amándolos, contagiándoles del inmenso amor de Jesús a los hombres. 127

         Ahora bien; la realidad efectiva del amor en el corazón humano requiere que el corazón esté libre de afectos y aficiones al mundo. No se puede servir al mismo tiempo a Dios y a Mammón. Es, pues, la pobreza (actual o de espíritu) condición indispensable para el amor apostólico. (…) El comunismo de bienes, que la comunidad cristiana primitiva practicaba, no es sino la elección del precepto de pobreza como base del mutuo amor. 127

         Todo cuerpo humano es sensible al dolor físico. Toda alma humana es sensible al asco moral del pecado. Todo espíritu humano es sensible a la ingratitud y a la (relativa) inutilidad de un sacrificio. 132

 

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[1] Espasa-Calpe, Madrid 1961.